Las máquinas hacían vibrar las paredes de concreto. El golpeteo de los ensamblajes metálicos taladraba los oídos y aun así, el personal del taller continuaba trabajando, permitiendo que el ruido los acompañara. Desesperante e incesante. Interrumpiendose apenas en lapsos mínimos antes de disolverse y regresar.
Jack no era la excepción. Trabajaba con los dientes apretados cada vez que una pieza de metal caía al fondo del pasillo. Sus ojos verdes fijaban la punta del cautín en la siguiente soldadura, pero el brillo del estaño le abrasaba la vista. La vista le temblaba, incapaz de sostener el enfoque. La prótesis tardó en reacomodar los dedos y calibrar la presión. Tk-tk-tk-tk.
Volvió a apoyarse en el pad mientras el cuello permanecía anclado en una tensión dolorosa.
El estaño se resistía a fluir.
—Uno, dos, tres…— contó en voz baja.
La mano tembló y la soldadura se derramó cuando el extractor emitió de nuevo ese ruido correoso. Arrugó la nariz al percibir el aroma del metal caliente pegado al aire.
Se levantó la cabeza con la visión borrosa y observó su error: una gota fuera de su lugar, mínima, irreparable. La luz parecía más intensa que antes. Se frotó los párpados con el dorso de la otra mano, intentó levantar el cautín, y los dedos se cerraron con fuerza involuntaria.
Una caja de herramientas cayó al fondo. La sala, en cualquier dirección que se mirara respiraba con ronquera el polvo y óxido que incluso permanecia atorado en la garganta.
Jack soltó el cautín y apoyó la frente un segundo en el borde de la mesa. Ese sonido
seguía allí Insistiendo.
Estiró la mano y atrajo la Kronenko hasta su costado. Giró el dial con torpeza ajustando la frecuencia hasta dar con una melodía, música mal filtrada, atravesada por ráfagas de estática. No era una buena canción pero era suficiente. Los golpes de fondo se alejaron sin desaparecer. El extractor, las voces, los pasos comenzaron a diluirse transformandose en un espacio que se cierra sin aviso.
Jack volvió a soldar.
“Dicen que al partir no vuelve,
que la guerra no da amor.
Pero yo vi en sus ojos verdes
la promesa y el valor.”
La canción se acomodó en su cabeza torpemente de la misma manera que una manta mal colocada que da calor, haciéndolo parpadear más de la cuenta.
El cuerpo se le aflojó sin pedir permiso y el peso de los hombros descendió. Los dedos no soltaron la herramienta pero dejaron de apretar con firmeza. El mundo se inclinó y no registró el momento exacto en que cerró los ojos. No fue sueño, mas bien fue un apagón mínimo del que no se dió cuenta.
Una sombra se movió a su espalda. El sonido de pasos cruzó el concreto detrás de él. Luego apareció una sensación hueca en el estómago y un peso extraño sobre el cuerpo, imposible de asimilar. Abrió los ojos de golpe, con un sobresalto la misma sensación que si le hubiesen retirado del suelo de los pies y dejado caer al vacío.
Giró el torso sin saber si debía sostener o empujar.
—¡No!
La prótesis reaccionó antes que él.
¡CLACK!
Agujas invisibles se le clavaron en el brazo ya rígido. El grito lo terminó de despertar. Frente a él estaba Isaak, recargado contra la mesa de atrás, los ojos abiertos en exceso, sosteniéndose el brazo mientras respiraba agitado.
No parecía herido. Solo alterado.
El taller quedó tragado por el silencio incomodo. Jack parpadeó una vez más. Giró la cabeza y recorrió el espacio con la mandíbula tensa. Los demás trabajadores observaban en silencio.
Isaak levantó la vista despacio.
—No pasó nada, estoy bien. Solo fue un tropiezo.
Nadie dijo más. Los murmullos regresaron bajos y separados. El trabajo se reanudó, el ruido habitual volvió, pero cargado de duda.
Jack habló en voz baja.
— Estabas detrás de mi...
Carraspéo sin lograr regular la respiración. Un olor a metal caliente, cercano al ozono, le subió por la garganta. Bajó la mirada hacia sus manos temblorosas. El brazo se había congelado. La prótesis, caliente, no dejaba de tronar y emitir ruidos áridos: crrk–shkt–tck–crrk.
—No te escuché. — dijo al fin cayendo en cuenta que había reaccionado igual que en las ruinas. Igual que cuando algo se movía demasiado cerca.
Igual que cuando no había tiempo para preguntar.
—No te preocupes… fue reflejo... supongo.—Respondió Isaak, con una media sonrisa nerviosa y torcida.— Creo que aún tienes miedo.
Eso último se le quedó clavado a Dzhek.
Clink. Tic.
—No… — Los músculos del muñón vibraban.
No hubo tiempo de asimilar nada.
El sonido de los tacones irrumpió la rutina del lugar. Otra vez, ese rostro de labios rojos apareció por la puerta. Miró a los compañeros, al orden aparente. Todo estaba en su sitio, salvo un detalle.
El sonido no era puro, el aire aún tenía la melodía de la Kronenko sobre la mesa.
— Esto no es un cabaret.
Ella miró al equipo.
— Apaga eso.
Ni siquiera esperó respuesta.
Anotó algo en su libreta y siguió caminando.
Isaak se sobó la mano con nerviosismo y esperó a que todo volviera a la normalidad y que el sonido se fuera antes de sentarse junto a Jack, aunque jaló la silla unos centímetros más lejos de lo normal, pareciendo que el aire alrededor de él le quemara.
— Jack te sientes ¿Bien?— Pasó saliva.
Dzhek seguía mirando a la mesa, llevaba las ojeras marcadas en el rostro los hombros vencidos y solo negó con la cabeza.
Ajustó el cautín. No lo necesitaba. La prótesis siseó, recalibrando algo que no estaba roto.
— No. Así me veo cuando estoy perfecto.
Isaak había dicho Jack.
Pero quien levantó la cabeza fue Dzhek.
Isaak dejó escapar una risa nerviosa y se llevó la mano a su propio cabello peinandolo de forma innecesaria.
— Digo... es que... pienso yo que estarías mejor si te quedaras, solo aquí, conmigo... con tu padre... ¿Sabes? No te lo he dicho pero.— Hizo una pausa lo suficiente para esperar que Jack lo mirara pero él no lo hizo.— Verás… había una historia que nos contaban. Decían que cuando alguien mentía, llegaba un pájaro sin alas y le robaba los susurros mientras dormía…