La Última Oportunidad

REGISTRO 18 "No sigas al gato"

Las máquinas hacían vibrar las paredes de concreto. El golpeteo de los ensamblajes metálicos taladraba los oídos y aun así, el personal del taller continuaba trabajando, permitiendo que el ruido insesante los acompañara. Interrumpiendose apenas una fracción de tiempo antes de disolverse y regresar.
Jack no era la excepción. Seguía trabajando con el rostro crispado cada vez que una pieza de la plancha caía al fondo del pasillo. Sus ojos verdes fijaban la punta del cautín en la siguiente soldadura, pero el brillo del estaño le deslumbraba. Incapaz de sostener el enfoque. La prótesis tardó en reacomodar los dedos y calibrar su presión. Tk-tk-tk-tk.

Volvió a apoyarse en el pad con el cuello anclado a una tensión dolorosa.
El estaño se resistía a fluir.
—Uno, dos, tres…— contó en voz baja.
La mano se le sacudió un poco y la soldadura se derramó cuando el extractor emitió de nuevo ese ruido correoso. Arrugó la nariz al percibir el aroma ferroso y caliente.

Se levantó la cabeza con la visión borrosa y observó su error: una gota fuera de su lugar tan pequeña pero irreparable. La luz parecía más intensa que antes. Se frotó los párpados con el dorso de la otra mano, intentó levantar el cautín cerrando los dedos con fuerza involuntaria.
Una caja de herramientas cayó al fondo. La sala, en cualquier dirección que se mirara se ahogaba con la ronquera del polvo oxidado que se quedaba pegado a las gargantas.

Jack soltó el cautín y apoyó la frente un momento en el borde de la mesa. Ese sonido
seguía allí Insistiendo. Estiró la mano y atrajo la Kronenko hasta su costado. Giró el dial ajustando la frecuencia hasta dar con música mal filtrada entre ráfagas de estática. No era buena pero era suficiente. El extractor, las voces, los pasos comenzaron a desvanecerse en un espacio que poco a poco se cerraba.
Jack volvió a soldar.
“Dicen que al partir no vuelve,
que la guerra no da amor.
Pero yo vi en sus ojos verdes
la promesa y el valor.”

La canción se acomodó en su cabeza torpemente de la misma manera que una manta mal puesta y con eso empezó a parpadear más de la cuenta.
El cuerpo se le aflojó sin pedir permiso. Los dedos no soltaron la herramienta pero dejaron de apretar. El mundo se inclinó y no registró el momento exacto en que cerró los ojos. Fue un apagón del que no se dió cuenta.

Una sombra se movió a su espalda. El sonido de pasos cruzó el concreto detrás de él. Luego apareció una sensación hueca en el estómago, imposible de asimilar. Abrió los ojos de golpe, con un sobresalto por la misma sensación de haber perdido el suelo bajo los pies.
Giró el torso sin saber si debía sostenerse o empujar.
—¡No!
La prótesis reaccionó antes que él
¡CLACK!
Sintió el filo de agujas encajandose en su brazo ya rígido. El grito lo terminó de despertar. Frente a él estaba Isaak, recargado contra la mesa de atrás, los ojos abiertos en exceso, sosteniéndose el brazo y respirando alterado.
El taller quedó incomodamente callado. Jack parpadeó una vez más. Giró la cabeza y recorrió el espacio apretando los dientes. Los demás trabajadores observaban sin palabras.

Isaak levantó la vista despacio.
—No pasó nada, estoy bien. Solo fue un tropiezo.

Nadie protestó. Los murmullos regresaron. El trabajo se reanudó pero esta vez con el peso de la duda.
Jack habló en voz baja.
— Estabas detrás de mi...— Carraspéo sin lograr regular la respiración. Un hedor cercano al ozono le subió por la garganta. Bajó la mirada hacia sus manos inquietas. El brazo se había paralizado. La prótesis caliente no dejaba de tronar y emitir ruidos áridos: crrk–shkt–tck–crrk.
—No te escuché. — dijo al fin cayendo en cuenta que había reaccionado igual que en las ruinas. Igual que cuando algo se movía demasiado cerca.
Igual que cuando no había tiempo para preguntar.

—No te preocupes… fue reflejo... supongo.—Respondió Isaak, con una media sonrisa torcida.— Creo que aún tienes miedo.

Eso último se le quedó clavado a Dzhek.
Clink. Tic.
—No… — Los músculos del muñón vibraron.

No hubo tiempo de asimilar nada.
El sonido de los tacones irrumpió la rutina del lugar. Otra vez, ese rostro de labios rojos apareció por la puerta. Miró a los compañeros, al orden aparente. Todo estaba en su sitio, salvo un detalle. El sonido no era puro, aún tenía la melodía de la Kronenko sobre la mesa.
— Esto no es un cabaret.
Ella miró al equipo.
— Apaga eso.
Ni siquiera esperó respuesta.
Anotó algo en su libreta y siguió caminando.

Isaak se sobó la mano con nerviosismo y esperó a que todo volviera a la normalidad y que el sonido se fuera antes de sentarse junto a Jack, aunque jaló la silla unos centímetros más lejos de lo normal, pareciendo que tan solo estar cerca de él quemara.
— Jack te sientes ¿Bien? — Preguntó inclinándose un poco.

Dzhek seguía mirando a la mesa, llevaba las ojeras marcadas en el rostro y los hombros vencidos. solo se limitó a negar con la cabeza.
Ajustó el cautín. La prótesis siseó recalibrando algo que no estaba roto.
— No. Así me veo cuando estoy perfecto

Isaak había dicho Jack.
Pero quien levantó la cabeza fue Dzhek.

Isaak dejó escapar una risa nerviosa y se llevó la mano a su propio cabello peinandolo de forma innecesaria.
— Digo... es que... pienso yo que estarías mejor si te quedaras, solo aquí, conmigo... con tu padre... ¿Sabes? No te lo he dicho pero.— Hizo una pausa lo suficiente para esperar que Jack lo mirara pero él no lo hizo.— Verás… había una historia que nos contaban. Decían que cuando alguien mentía, llegaba un pájaro sin alas y le robaba los susurros mientras dormía…

— Esas historias también me las contaba mamá.— Respondió Jack agachando la cabeza de nuevo la protesis tronaba bajito con los dedos pesados.

— ¿Y todavía la extrañas?.— preguntó Isaak mirandolo con las gafas caidas a media nariz,




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