Las ramas podridas del barranco crujieron al abrirse paso. Arbustos pegajosos le rozaron el traje y los troncos torcidos se convirtieron en brazos abiertos del bosque enfermo esperándolo en el vacío. Golpeó algo duro, quizá una roca o algo más. El aire se le fue de golpe. El mundo giró bajo el visor y cerró los ojos por instinto. El precipicio parecía no terminar nunca y solo pudo estirar los brazos buscando frenarse con algo que apenas alcanzó a rozar.
Los dedos mecánicos tronaron apenas logrando atrapar algo. Abrió los ojos de golpe, buscando dónde apoyar los pies, pero la tierra se desmoronó bajo las botas. El corazón le golpeaba las costillas. Habia quedado colgado de una raíz. Tan delgada que apenas soportaba su peso. La respiración le empañaba el visor sin dejarle ver exactamente donde apoyarse.
Debajo, los murmullos no eran voces claras. Eran sílabas rotas arrastradas por lenguas.
“…duele…” decian demasiadas bocas para un solo sonido.
Giró la cabeza hacia el precipicio.
El fondo estaba cubierto de restos. Huesos dispersos sobre pedazos de ropa que todavía conservaban color bajo la niebla. Y sobre todo aquello, las criaturas. Raquíticas de ojos vacíos seguían escarbando con las manos huesudas de entre los restos putridos.
En ese momento sintió algo húmedo que le pegaba la tela del uniforme al muslo... ese hilo tibio le recorrió la pierna.
La prótesis hizo un clink! Al trabarse el sonido se pegó a los árboles. Ningún músculo le respondió. La respiración le rebotó dentro de la máscara.
Entonces uno de los Liomenos levantó la cabeza. Luego otro. El traqueteo de dientes astillados empezó a subir desde el fondo del barranco.
Al unisonó extendieron los brazos hacia él. Había al menos tres metros de distancia. Demasiado inclinados para alcanzarlo… pero lo suficiente para que una caída lo arrojara directo a sus uñas mugrientas. Uno de ellos empezó a trepar sobre los demás empujando cuerpos a ciegas. Otro golpeó la roca con la cabeza intentando acercarse más.
“Hambre…”
—¡22! —se filtró por el casco.
Jack levantó la vista. Sus compañeros asomaban desde arriba, sus siluetas se habían borrado detrás de las linternas.
—¡Reacciona, 22!
No pudo mover la lengua. Apretó los ojos con fuerza y la raíz se quejó bajo sus dedos, un tirón cedió contra su peso.
— ¡¿Cómo se cayó?! — la señal del casco se entrecortó.
— ¡No sé, estaba aquí! — respondió otro a medias.
— ¡Terminen de instalar eso! — gritó alguien más.
Un pitido sonó dentro de su casco. La alarma lo hizo sobresaltarse. Los Liomenos, debajo, se amontonaban unos sobre otros, retorciéndose, levantando los rostros huecos. El enjambre se agitaba buscando alcanzarlo.
Los demás Probnik y Spurnik también lo escucharon. Era el aviso del cambio de filtro. Recordándoles que el tiempo no tenía paciencia y seguía en cuenta regresiva.
— ¡No se queden mirando! — gritó Hartmann. — ¡Cambien sus filtros! ¡Su equipo tiene correas, aten una línea de seguridad a los árboles!
El sonido de las mochilas recorrió el barranco. Manos torpes comenzaron a trabajar con prisa. Hebillas chocaron y correas se tensaron rozando contra las cortezas podridas.
— ¡22, necesitas cambiarte ese filtro…! ¡¿Dónde están tus filtros?! — La voz de Hartmann resonó dentro del casco.
Jack apretó con más fuerza la raíz. La madera se desprendió unos centímetros más de la tierra.
Seguía mirando al vacío. Las manos raquíticas estirándose hacia él.
— No puedo… — susurró, con hilo de voz cortado.
— ¡Dzhek! ¡Reacciona! — gritó Zuerst desde el intercomunicador.
El pitido volvió a sonar en su casco, ahora más veces. La alarma le picaba en los tímpanos... un insecto clavadose en su cabeza, advirtiendole que la espera no sería eterna. La prótesis chirrió al reajustar el peso. Las juntas soltaron una chispa verde que se perdió entre la hojarasca.
Dzhek parpadeó dos veces. Alzó la cabeza. La raíz se estaba saliendo de lugar. Raphael había empezado a descender.
— ¡Añadan otra correa! — gritó Raphael. — ¡Se le está agotando el filtro!
Dzhek sentía el sudor frío en la mano sana. Miró hacia abajo otra vez con los dientes rechinando, estaba a solo un pequeño salto.
Un tronco inclinado sobresalía entre la tierra. Lo bastante grueso para sostenerlo. Aun así, si no cruzaba del todo el vacío, el fondo seguía abierto esperando.
La mochila estaba arriba fuera de alcance. Los filtros seguían allí. Pero recordó el chaleco... aún llevaba el repuesto que Danik le había dado. El pecho le dolía para respirar.
— ¡Sostengan! — ordenó Raphael descendiendo. Hartmann recorría la línea, comprobando tensiones. La correa se había terminado. Solo quedaba improvisar una cadena con los cuerpos. Probniks y Spurnik se unieron sin decir nada, hombro con hombro, guantes agarrando arneses. Raphael extendió la mano.
La raíz no iba a sostener más. La tierra empezó a abrirse, dejando al descubierto la base.
La alarma lo estaba aturdiendo. Dzhek agachó la cabeza sin opción.
Torció el cuerpo para tomar impulso y
soltó la raíz antes de poder arrepentirse.
La tierra se desmoronó bajo su espalda. La prótesis se abrió de golpe con un ¡clank! Al destrabarse repentinamente.
Todos, al ver la raíz desprenderse de la tierra contuvieron el aliento, esperando lo inevitable.
Las bestias no retrocedieron. Ante la brusquedad del movimiento se inclinaron hacia delante con urgencia.
“Hambre…”
Dzhek cayó contra la corteza y se aferró a ella como si el barranco intentara arrancarlo del mundo. Quedó casi al borde. A unos centímetros de la nada.
Su respiración se coló en el intercomunicador del resto del grupo. Al fin apoyó la espalda contra la madera y buscó a toda prisa en el chaleco. Sacó el cilindro. Contuvo el aliento. Con la mano libre desenroscó el filtro y colocó el nuevo con urgencia. Escuchó el clic de la rosca y exhaló con fuerza.