La Última Oportunidad

REGISTRO 20 "Nadie lo mencionó"

El sudor le escurría por la frente, se le pegaba a la nuca. Ya era la segunda vez que saltaba la barda y no encontraba la forma de rodearla. Intentó empujar un contenedor. La espalda le ardió por el esfuerzo y ni siquiera se movió medio centímetro.
—Ya vete...
Escuchó los sollozos tras el muro de concreto.
Olvidó el contenedor. Se acercó jadeando de nuevo para saltarlo.
—¡No puedo! — titubeó al caer del otro lado y sin querer volvió a tropezar con los escombros, raspándose las rodillas solo para llegar al cuerpo de su madre.— ¡Ven, te cargo!

Los gritos, demasiadas voces que no cabían en la misma boca. Dientes castañeando al mismo tiempo.
Intentó levantarla, ella se dejó caer de lado. Las piernas ya no eran capaces de sostener ese peso muerto. Dzhek se dejó caer con ella, la abrazó con fuerza mientras el cuerpo no dejaba de temblarle.
—¡Ayúdame, por favor! —le pidió sin dejar de apretarla, luchando por levantarla.— ¡Solo salta! ¡Tienes que saltar!

Ella rompió a llorar, la respiración se le había roto y apenas respondía; se dejó caer una vez más.
—Ya te dije que no puedo.

Dzhek no lo entendía, eran solo unos metros que para ella eran imposibles. Escucharon los pasos en la entrada del callejón, el aroma putrefacto invadiendo sus narices; no entendían en qué momento las calles se habían llenado de bestias. Si solo había sido un accidente, una alarma de un reloj viejo, y aparecieron de entre los edificios como una marea.
Y ahora estaba allí, Dzhek congelado, los ojos fijos en la entrada del callejón entre escombros, sin salida, esperando lo inevitable.
—¡Me oyes! ¡Pon atención! —Ella lo tomó por los hombros, lo apartó de su cuerpo hasta tenerlo de frente; él sentía cómo le clavaba los dedos en la piel.
Dzhek solo asintió. Las lágrimas empezaron a caerle por la cara, bajó la mirada y se encontró con la pierna hinchada de su madre que poco servía para mantenerla de pie.
—Escúchame bien... vas a saltar... y vas a correr, rápido. No mires, no escuches, no vas a regresar. —Lo sacudió apretadole los hombros.—¡¿Entiendes?!

—No. —se le cortó la voz al responder.

Ella lo volvió a abrazar una última vez; escuchaba más cerca los pasos, las voces... los gritos.
—¡Yo te amo! pero corre... tienes que correr. ¡Pero ya vete! ¡Vete de aquí!

Ella lo empujó en el momento en que una de las bestias saltó encima suyo, él apenas tuvo el tiempo para levantarse del suelo, por encima del hombro vio a la segunda caer sobre su madre y solo después de haber alcanzado a saltar por el borde del muro. La escuchó gritar.
Ya no volvió a mirar atrás; empezó a correr entre las ruinas que se alzaban y dejaban caer sus sombras sobre él, esqueletos de concreto oscuro que parecían juzgarlo con ojos muertos.
Las lágrimas le estaban entorpeciendo la vista, no vio lo que lo había hecho caer en el camino; el ardor le subió desde las rodillas hasta la espalda. Bajo sus manos, allí donde la sangre se derramaba entre sus dedos y astillas de vidrio esparcidas por el suelo, se encontró con un espejo roto.
Tenía un reflejo, pero no era el suyo.

Cerró los ojos, el ruido de las bestias y los gritos apagándose se volvió más lejano entre los escombros.
Se pasó la mano por la cabeza arrancándose el sudor; el mecanismo de la mano le crujió en el oído. Un quejido le escapó de la garganta a medias. No había abierto los ojos porque las luces blancas del edificio le quemaban la vista.
La lengua se le pegó al paladar reseco cuando intentó hablar.
—¿Qué reloj es? —El tono le salió ronco.

—El reloj doce.— Escuchó la voz de su padre.— Levántate. Es tarde.

Dzhek se incorporó sobre la orilla de la cama de su padre, aún con la sábana en las rodillas. Allí el cuerpo le dolía menos que en su catre. Bostezó cabizbajo. Su padre continuó; la voz no tenía ningún rastro de molestia.
—¿Puedo saber por qué el ciclo anterior te ausentaste? —Rovgart seguía de frente al escritorio, organizando documentos con las manos rígidas. Daba pequeños golpes contra la madera para alinear las hojas.

Dzhek tensó la quijada, sacudió un poco los hombros adoloridos buscando qué decir. Las palabras se le quedaban cortas mientras intentaba hacer encajar el mundo cuando apenas despertaba. Incluso había perdido toda la noción del tiempo.
—No me he sentido bien. —respondió.

Rovgart dejó las hojas apiladas a un lado sobre el escritorio, perfectamente alineadas en un bloque blanco. Se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con movimientos circulares demasiado lentos.
—¿Por qué no volviste a avisarme?

—Porque estabas ocupado. —añadió Dzhek, mirándolo fijamente. Levantó la mano, luego se rascó el tabique de la nariz con un movimiento lento. Las tuercas de la mano repiquetearon dentro de la carcasa metálica.

Rovgart se puso de nuevo las gafas.
—Eso no es excusa. —explicó.— Solo tuve un registro médico de consulta, y los segmentos pasados han sido solo ausencias injustificadas. —Exhaló por la nariz y recargó la espalda contra el mueble, que crujió al cargar su peso.
—Tu rendimiento está decayendo. Confié en que ibas a superar las expectativas que tenía. Que podías sobresalir incluso por encima de tu compañero Isaak... pero parece que no estás listo para eso.

Dzhek inclinó levemente la cabeza a un lado; sus ojos verdes se entrecerraron un poco.
—Ya sé...

Ambos se miraron. La luz sobre sus cabezas titiló y perdió fuerza hasta desdibujar sus sombras sobre la pared gris.
Rovgart fijó los ojos en él. No esperaba del todo esa respuesta. Apretó los labios; solo pudo exhalar e incorporarse de su lugar.
—Pues de ahora en adelante voy a supervisarte. Necesito que empieces a poner más atención en tus prácticas y los repasos... Perdiste una prueba simulacro de la Proberka. Es urgente que retomes el hilo para tu próxima categorización.

Unos pequeños golpes insistentes pero débiles sonaron en la puerta, Rovgart se acercó en el primer instante para abrir. Dzhek tras él agachó la cabeza pasándose la mano por la cara intentando borrarse el rastro somnoliento, las palabras de su padre volvieron a resonar una vez más en su mente mientras escuchaba la conversación de fondo a medias bajo el umbral.
— Señor, preguntaron si podía ir al área de mantenimiento... volvieron a tener problemas en el edificio.— Isaak hablaba demasiado bajo. Dzhek notaba cómo iba tragándose las palabras a media oración.




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