La Última Página

Capítulo 2: Memorias en la oscuridad

La primera vez que Jadiel pisó el Centro de Formación Cognitiva, lo hizo con los ojos bajos y los dientes apretados. Tenía quince años, un rostro que aún no sabía defenderse, y el corazón lleno de preguntas que no podía compartir con nadie. Desde su selección como Monitor en entrenamiento, el mundo parecía aún más hueco, como si todo lo humano se hubiera quedado atrás.

Pero no todos en el Centro estaban rotos por dentro.

Ahí conoció a Saúl , un chico nervioso, flaco como un suspiro, que hablaba poco, pero leía gestos como si fueran palabras. Se sentaban juntos a la hora del racionamiento, donde los alimentos sabían igual que las órdenes: insípidos y fríos.

—¿Tú también sientes que algo está… fuera de lugar? —le dijo una vez Saúl en voz baja, como quien lanza una cuerda al abismo esperando que alguien la agarre.

Jadiel lo miró. Pensó en mentir. Pensó en huir. Pero el silencio le dolía más.

—Sí. Lo siento desde siempre —respondió.

Ese “sí” fue el inicio de algo.

También estaba lucas, el superior encargado de su formación, un hombre de rostro pétreo, pero con grietas en la mirada. Nunca decía nada fuera del protocolo, pero a veces dejaba que ciertas preguntas pasaran sin reportarlas. Un día, mientras repasaban los “síntomas de desviación”, Jadiel lanzó una frase con filo:

—¿Y si soñar no fuera un delito?

Lucas lo miró fijo. Se acercó tanto que su voz no fue más que aire caliente:

—Hay preguntas que se hacen para ver quién escucha… no para obtener respuesta.

Y siguió como si nada.

Ese día, Jadiel entendió que incluso en las filas del sistema, algunos aún recordaban cómo se siente tener alma.

Una noche, cuando el sueño le pesaba más que el cuerpo, soñó con su madre. No estaba muerta. La veía viva, sentada frente a él, en una habitación sin ventanas. Le hablaba sin palabras, solo con gestos. Le mostraba sus manos: estaban manchadas de tinta.

Cuando despertó, la frase que había leído en aquella hoja escondida resonaba de nuevo en su cabeza, pero distinta, como si alguien la recitara desde dentro.

Al salir al pasillo, vio una figura conocida entre las sombras. Era la chica de la cicatriz.

—Me llamo Luna —dijo, sin presentarse del todo—. Hay un lugar donde los recuerdos no están prohibidos. ¿Quieres venir?

Jadiel la siguió.

Atravesaron ductos de ventilación, pasillos sellados, cámaras inactivas por segundos estratégicos. Bajaron cinco niveles sin decir una palabra. Hasta que, por fin, llegaron a una sala circular iluminada por velas, escondida tras un panel olvidado.

Había cinco personas.

Saúl estaba allí. Lucas también.

Y al centro, una mujer de pelo blanco le sonrió como si ya lo conociera.

—Bienvenido, Jadiel. Aquí no fingimos. Aquí recordamos.

En las paredes, frases escritas a mano. En las miradas, cicatrices distintas. En el aire, el temblor de algo sagrado: una historia colectiva que aún no había sido silenciada.

Jadiel no habló.

Solo respiró hondo.

Por primera vez, el aire olía a verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.