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Capítulo 7: Donde mueren las palabras

El eco de las pisadas sonaba distinto en aquel túnel.

Manu fue quien lo descubrió. Un cruce entre dos conductos antiguos bajo la ciudad, donde las luces parpadeaban como si algo respirara ahí dentro. Jadiel lo acompañó con Jimena a su lado. Era el turno de revisar ese sector para esconder el nuevo lote de hojas impresas.

Pero lo que encontraron no fue polvo ni ruinas. Fue una puerta.

Sellada con códigos antiguos. Electrónica oxidada. Letras casi borradas.

“Archivo Sombra - Nivel 0.”

—¿Nivel cero? —susurró Jadiel—. ¿Antes del sistema?

Jimena rozó la cerradura con los dedos.
—Puedo intentar descifrarla —dijo con esa calma que solo tienen los niños que han sobrevivido a más de lo que deberían.

Una hora después, la puerta se abrió con un gemido metálico. Y el aire que salió no olía a muerte. Olía a tiempo.

Dentro había estanterías, servidores viejos, cajas selladas. Miles de documentos. Dibujos. Fotografías.

Libros.

Libros intactos.

Y en el centro, una placa grabada:

“Proyecto LEM — Legado Emocional de la Memoria”

Jimena leyó los nombres.
Jadiel se arrodilló ante una caja.
Gorka llegó con los demás. Martha tembló.

—Esto no es solo un archivo —dijo Inara—. Es una trinchera del pasado. Aquí guardaban lo que no querían destruir, pero tampoco mostrar.

Durante semanas, trabajaron restaurando el lugar. Los niños, cada vez más numerosos, llegaban con dibujos, relatos, frases que sus abuelos susurraban antes de dormir. Se convirtieron en escribas, en ilustradores, en portadores del arte.

Jadiel los veía trabajar y entendía:
la rebelión no era una guerra, era una escuela.

Desde el archivo secreto comenzaron a emitir señales. Frases codificadas, trozos de poemas. Las dejaban en canales abiertos, en vidrieras abandonadas, en papeles que los barrenderos encontraban y guardaban en sus bolsillos.

Una de ellas decía:

“Aquí no enterramos palabras. Las sembramos.”

Y el rumor se esparció.

En el norte, una mujer leyó un fragmento de un cuento infantil y lloró sin saber por qué.
En el sur, un viejo artesano enseñó a tres niños a encuadernar con retazos.
En el oeste, un grupo de niñas comenzó a pintar murales con versos robados del viento.

El sistema intentó taparlo todo con ruido, con miedo, con más pantallas vacías.

Pero era tarde. La palabra ya no tenía dueño.

La imprenta portátil dio lugar a una nueva: más grande, aún móvil, escondida en vagones olvidados de un tren subterráneo.

Y por fin, una noche, Jadiel imprimió el primer libro completo desde la prohibición.

No un manifiesto. No una guía.

Era el cuento de Jimena. Su vida. Su memoria.

Título: “Lo que no me dejaron leer.”

Cuando Jadiel lo sostuvo, no lloró.

Solo lo abrazó como si fuera un hermano perdido.

Gorka lo miró desde el fondo y murmuró:
—Ahora sí. Que nos busquen. Que nos lean.

Y sin que nadie lo pidiera, todos los presentes dejaron su firma en la última página del ejemplar.

No con nombre.

Sino con algo más verdadero:
una palabra que los había salvado.




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