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CAPÍTULO 1 LA LETRA A

7:48 AM

El celular vibra en la mesita. Y vibra. Y vibra.

Eira Ashworth se tapa la cara con la almohada. Su pelo rojo cobre es un nido enredado que le cubre media cara. Las sábanas blancas están pateadas en el suelo, hechas bola junto a un cuaderno de bocetos abierto.

Cinco minutos más, piensa. Solo cinco...

Se ha vuelto una costumbre para ella repetir esas palabras y que se le haga tarde para llegar a todos los lugares, se diría que es parte de su personalidad.

Abre un ojo. La pantalla del celular le escupe la hora: 7:48 AM.

Literatura con Morgana Vane empieza a las 8:00. El campus está a quince minutos corriendo.

—¿QUÉ?—

Se sienta de jalón en la cama y grita. El corazón se le sube a la garganta.

Salta de la cama con tanta prisa que el pie se le enreda en la sábana. Al caer de lado, tira el cuaderno de dibujos que estaba en la orilla. Las hojas sueltas salen volando por todo el cuarto como palomas asustadas.

En el suelo quedan esparcidos: lunas crecientes dibujadas a lápiz, coronas rotas con tinta corrida, y él. Siempre él. Un chico de pelo negro con reflejos azulados imposibles, ojos tristes que Eira jura no haber visto nunca. Y sin embargo lo dibuja desde los catorce.

No hay tiempo de recogerlos. Los patea para hacerse camino.

El cuarto es un desastre honesto de estudiante de arte. Tazas de café vacías con aros marrones en el escritorio. Libros de historia del arte abiertos, uno encima de otro. Un suéter azul marino colgado en el respaldo de la silla. Y en la pared, clavado con tachuelas, un corcho lleno de dibujos a lápiz. Todos tienen dos cosas en común: ojos que cargan algo pesado, y lunas en todas sus fases.

Se pone lo primero que encuentra: un suéter crema oversized que le llega a medio muslo, jeans que estaban en el suelo, tenis sin agujetas. Ni se mira al espejo. Se hace un chongo mal hecho y lo atraviesa con el primer lápiz que agarra del escritorio.

Del borde del escritorio toma una manzana verde, medio mordida de ayer. Le da otra mordida mientras abre la puerta de su dormitorio y sale corriendo, azotándola.

*8:12 AM. Salón 204, Facultad de Letras.*

Eira empuja la puerta del salón sin aliento. La manzana todavía en la mano.

Treinta pares de ojos se voltean al mismo tiempo. Incluidos los de *Zaïr Drayke*, sentado en tercera fila. Piel morena ligera, pelo castaño con tonos rojizos despeinado, ojos verdes. Levanta la vista de su cuaderno y le dedica una sonrisa torcida, mitad burla mitad... ¿alivio? Como si llevara toda la mañana esperando que apareciera.

Deja el bolígrafo con demasiada fuerza. El ruido hace que dos alumnos volteen.

Al frente, recargada en el escritorio con los brazos cruzados, está ella.

*Profesora Morgana Vane.*

Pelo negro azabache recogido en un moño elegante del que escapan dos mechones. Ojos azul tan oscuro que bajo la luz del fluorescente parecen negros. Blazer negro impecable sobre una blusa de seda color vino. Cuarenta años, pero su piel no pasa de treinta. En la muñeca izquierda, un tatuaje de constelaciones que desaparece bajo la manga.

Y es su tía. La hermana menor de su mamá. La que le prepara té de manzanilla cuando Amelia, su madre, está demasiado ocupada con sus pacientes para notar que su hija tiene pesadillas.

Margot no grita. Peor: sonríe. Es esa sonrisa que no le llega a los ojos y que Eira conoce desde niña. La sonrisa de _te tengo_.

—Señorita Ashworth— su voz es miel espesa. —8:12. Qué puntualidad tan... característica.—

El salón suelta risitas ahogadas. Eira siente que las mejillas le arden.

—Lo siento, profe... tía... profesora Morgana— se corrige, y el rojo le sube hasta las orejas. —Mi despertador y yo...—

—Tu despertador y tú tienen una relación tóxica, querida— la interrumpe Margot, despegándose del escritorio. Camina lento hacia ella, los tacones marcando cada paso. —Toma asiento. Ya que llegaste a dar el espectáculo, serás mi ejemplo de hoy.—

Eira se desploma en el asiento vacío junto a Zaïr. Él desliza una nota doblada sobre su mesa sin mirarla: ¿Otra vez?

Ella le responde pateándole el pie por debajo de la mesa. Él no se queja. Solo guarda la nota en su bolsillo como si fuera importante. Como si no quisiera tirarla.

Margot llega al pizarrón. Toma un gis blanco y escribe con trazos seguros: *"EL FINAL LO ESCRIBES TÚ"*.

El gis truena cuando pone el punto.

—Silencio— dice. No alza la voz. No necesita. Todo el salón se calla como si alguien hubiera bajado un interruptor. —Gracias a la impuntualidad crónica de mi queridísima sobrina, cambiamos el temario del mes.—

Un gemido colectivo recorre el salón.

—Van a leer esta historia— levanta un libro. Pasta negra, sin título grabado, sin autor. Viejo. Huele a polvo, a biblioteca cerrada y a algo más. A incienso. —Romance. Reinos. Traición. La clase de cuento que te quita el sueño y te lo devuelve en pesadillas. *Yo contaré el inicio*. Ustedes escribirán el final.—

Abre el libro con un movimiento teatral. Las páginas están *en blanco*. Todas. Excepto la última, que está arrancada con violencia. Los bordes del papel están rasgados, como si alguien hubiera peleado por esa página.

—Pero tenemos un problema— Margot pasea la mirada por el salón, deteniéndose en cada alumno hasta llegar a Eira. —*No tiene final*.—

El salón murmura. Zaïr baja la vista a su cuaderno. Sus nudillos se ponen blancos de tanto apretar el bolígrafo. Cuando vuelve a mirar al frente, tiene la mandíbula tensa.

—Y para aprobar mi clase— continúa Margot —alguien tiene que escribirlo. Frente a todos. Sin notas. Sin ayuda. En un mes.—

Un mes. Treinta días. Eira respira. Con eso puede trabajar.

—Y elegí a la señorita Ashworth— los ojos azul oscuro de Margot la atraviesan. —Después de todo...— hace una pausa que dura una eternidad —...la protagonista es una chica que *no recuerda quién es*. Te queda el papel a la medida, ¿no crees, sobrina?—



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En el texto hay: fantasia amor magia

Editado: 08.05.2026

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