Capítulo 5: El engranaje perfecto
Renata miraba el reloj de la pared con evidente desesperación. Tenía tres tandas de pan en el horno tradicional que requerían supervisión exacta, pero Mateo seguía moviéndose por la cocina a la velocidad de la luz, tirando harina por accidente y distrayéndola con preguntas interminables sobre el funcionamiento de las palancas del gas. Lucía, desde una esquina, intentaba calmar a su hermano con señas rápidas, pero el torbellino del TDAH era más fuerte esa mañana. Renata sentía que la cabeza le iba a estallar; no podía concentrarse y el pan corría el riesgo de quemarse. Bruno, que lo observaba todo apoyado contra el mesón de madera, exhaló un suspiro largo y se desabrochó los puños de la camisa.
—Renata, concéntrate en el horno —dijo Bruno con su habitual tono seco, pero con una firmeza que trajo alivio inmediato al lugar—. Yo me llevo a estos dos. Que me enseñen el resto de la propiedad y los alrededores. Me vendrá bien estirar las piernas.
Renata lo miró con sorpresa y gratitud eterna mientras se limpiaba el sudor de la frente con el delantal. Bruno les hizo una seña a los mellizos. Lucía entró en acción de inmediato, con los ojos brillando de entusiasmo por poder interactuar con la única persona fuera de su familia que la entendía. Tomó a Bruno de la chaqueta y lo guió con pasos decididos hacia los patios traseros, los antiguos silos de almacenamiento y los callejones del barrio, explicándole todo el mapa del lugar con un lenguaje de señas enérgico y fluido.
Mientras caminaban y Lucía le mostraba el entorno, la brillante mente de Bruno no descansaba. El chef ejecutivo comenzó a idear en secreto un plan estratégico para sacar a flote la panadería, analizando qué materias primas locales se podían aprovechar de los campos agrícolas vecinos y cómo optimizar el espacio sin gastar una fortuna. Eso sí, tenía que hacerlo de a poco, de forma sutil, cuidando minuciosamente que Renata no sospechara jamás que él era el nuevo dueño multimillonario que venía a demoler el barrio. Para ejecutar su plan sin levantar sospechas, Bruno encontró la pieza clave en Mateo, quien caminaba a su lado pateando piedritas y saltando sobre los bordes de las aceras. Bruno entendió que la hiperactividad del TDAH no era una debilidad, sino un exceso de motor que necesitaba dirección.
—Mateo —llamó Bruno, deteniéndose frente a un viejo molino de grano manual que estaba arrumbado en el patio—. El déficit de este lugar es que dependemos de comprar la harina procesada y eso eleva los costos. Un verdadero inventor no compra lo que puede fabricar. Quiero que tú y yo desarmemos este molino, le adaptemos un sistema de poleas más ligero y calculemos cuántos kilos de grano podemos moler por hora.
Mateo se quedó estático, con los ojos abiertos de par en par. Nadie en el pueblo le había pedido nunca que calculara nada, ni mucho menos que arreglara una máquina; siempre le decían que se quedara quieto. El reto encendió una chispa de hiperfoco en su cerebro.
—¡Yo puedo hacer eso! —exclamó Mateo, emocionado—. Si usamos los rodamientos de la bicicleta vieja que está en el sótano, el giro será el doble de rápido, y si molemos trigo integral podemos inventar unas galletas rústicas con miel de la zona, porque a los abuelitos del hogar de ancianos les encantan las cosas dulces pero no pueden comer azúcar refinada y...
—Despacio —lo interrumpió Bruno, poniendo una mano firme sobre su hombro, logrando que el niño lo mirara fijamente—. Una idea a la vez. Primero el molino, luego las galletas. Tú vas a ser mi estratega aquí adentro. Vamos a arreglar las deficiencias de la panadería de tu madre, y tú vas a ser quien le enseñe a ella los nuevos elementos para la venta. ¿Trato hecho?
Mateo asintió con una energía desbordante, pero esta vez completamente enfocada en una meta real. Lucía sonrió desde su silencio, uniendo sus manos en un aplauso silencioso. Bruno esbozó una imperceptible sonrisa. Había encontrado la forma de salvar el negocio en secreto, manteniendo la mente de Mateo enfocada y ganándose, paso a paso, el respeto de esa familia.