Capítulo 6: El compás del orden
El patio trasero de la panadería se transformó en un campo de ingeniería rústica. Mateo estaba arrodillado sobre la tierra, con las manos completamente cubiertas de grasa negra y una llave inglesa en la mano, desmontando con un cuidado casi milimétrico el eje oxidado del viejo molino. Bruno permanecía de pie a su lado, observando cada movimiento de sus manos. Cada vez que la atención de Mateo amagaba con dispersarse hacia el vuelo de un pájaro o el ruido de un camión a la distancia, la voz seca y firme del chef lo traía de vuelta al presente.
—Concéntrate en la tuerca, Mateo. Si la forces en la dirección equivocada, barrerás la rosca. Un buen mecánico piensa antes de apretar.
El muchacho respiraba hondo, asentía y volvía a enfocar sus ojos en el metal, experimentando una paz mental que el aula de clases jamás le había otorgado. Lucía entraba y salía del patio a paso ligero, actuando como el ángel guardán del taller. Con una sonrisa radiante, les llevaba pequeñas tazas de agua fresca y trozos de pan dulce tostado que ella misma acomodaba en una bandeja de madera, asegurándose de limpiarles el sudor de la frente con un paño limpio y hablándoles con señas rápidas para animarlos a seguir.
Mientras tanto, en el interior de la cocina, la atmósfera era inusualmente pacífica, tanto que a Renata comenzaba a parecerle extraña. Acostumbrada al caos diario, a los gritos de Mateo corriendo por los pasillos y a la frustración silenciosa de Lucía al no poder comunicarse, el silencio sepulcral de la casa la inquietaba. Miraba de reojo la puerta del patio a través de la ventana. Le resultaba desconcertante que sus hijos, que solían ser tan reacios con los extraños debido al rechazo del pueblo, llevaran horas conviviendo con ese ayudante de carácter amargado y déspota. Y lo que más le extrañaba era el propio Bruno. El hombre que ayer había entrado criticándolo todo con arrogancia, hoy mostraba una paciencia implacable para guiar el torbellino de Mateo y un respeto absoluto hacia el silencio de Lucía. Renata se limpió las manos llenas de harina en su delantal, intrigada, sintiendo que detrás de la fachada áspera de ese cocinero de ciudad se ocultaba un misterio que estaba empezando a cambiar el ritmo de su hogar.