Capítulo 7: El renacer del hierro
Renata se sentó un momento en la vieja silla de mimbre de la cocina, cerrando los ojos para tomar un pequeño y merecido descanso. Llevaba despierta desde las cuatro de la mañana y el cansancio físico empezaba a pasarle factura. Sin embargo, la tregua duró poco. La puerta se abrió de golpe y Lucía entró corriendo, con los ojos abiertos de par en par y las manos moviéndose a una velocidad frenética, haciendo la seña clara de «¡Ven, mamá, sígueme rápido!».
A Renata se le heló la sangre. El instinto de madre la hizo ponerse en pie de un salto mientras el corazón le daba un vuelco violento en el pecho. Pensó lo peor: que Mateo había tenido un accidente con las herramientas, que Bruno había perdido la paciencia o que algo grave había ocurrido en el patio. Mil dificultades e imágenes catastróficas se le pasaron por la cabeza en los pocos segundos que tardó en cruzar el pasillo hacia el exterior. Abrió la puerta trasera con el alma en un hilo, pero lo que vio al salir la dejó completamente paralizada, con la boca abierta.
No había sangre, ni gritos, ni caos. El viejo molino manual, que llevaba más de una década arrumbado bajo una lona como una chatarra oxidada, relucía en todo su esplendor. El metal había sido pulido hasta recuperar su brillo original, y el nuevo sistema de poleas recicladas que habían diseñado giraba con una suavidad asombrosa. Quien manejaba la manivela principal con movimientos firmes y rítmicos era Bruno, manteniendo un compás perfecto que hace que el grano de trigo crujiera de manera uniforme. Pero lo que realmente le dio un vuelco al corazón de Renata fue ver a su lado a un risueño, orgulloso y completamente calmado Mateo. El niño sostenía un saco de tela limpio, recibiendo con una sonrisa de oreja a oreja la primera cascada de harina fresca, fina y aromática que salía del conducto. Mateo no estaba saltando, no estaba gritando, ni miraba hacia los lados con ansiedad. Estaba en un estado de concentración absoluta y feliz, trabajando codo a codo con el hombre amargado de la ciudad. Bruno miró de reojo a Renata, detuvo el molino por un segundo y, con un sutil gesto de la cabeza, le demostró que el motor de su hijo no estaba roto; solo necesitaba que alguien se tomara el tiempo de entender su velocidad.