Capítulo 16: El peso de una firma
En la suite del hotel del pueblo, Bruno caminaba de un lado a otro con la corbata desanudada y la respiración contenida. La imagen de Lucía llorando en silencio y las palabras heridas de Renata daban vueltas en su cabeza, golpeándolo con más fuerza que cualquier fracaso financiero. Su mirada déspota y amargada había desaparecido; en su lugar, solo quedaba la desesperación de un hombre que lo tenía todo en el banco, pero lo acababa de perder todo en el corazón. Tomó el teléfono y marcó directamente el número de su bufete de abogados principales en la capital. Su voz no titubeó, recuperando la autoridad implacable de los de la Vega.
—Quiero que cancelen el proyecto del centro comercial en el barrio de la panadería de forma inmediata —ordenó Bruno, interrumpiendo el saludo de su asesor legal—. Ese terreno no es tan importante para el conglomerado. No lo necesitamos. Busquen otro predio en la periferia de la ciudad.
—Pero, señor de la Vega, las penalizaciones por rescindir los contratos con las constructoras locales nos costarán millones de dólares —replicó el abogado, alarmado desde el otro lado de la línea.
—No me importa el costo —sentenció Bruno con frialdad—. Rediseñen el plan. Ya pensaré en algo que podamos construir en esa zona en el futuro, pero con una condición innegociable: no afectará la panadería de Renata ni romperá el entorno rural de la comunidad. Quiero que ese barrio permanezca intacto. Hagan los papeles de propiedad y pónganlos a nombre de Renata como una donación anónima e irrevocable. Tienen hasta mañana al amanecer.
Colgó el teléfono y miró por la ventana hacia el horizonte oscuro del pueblo. Había usado su poder multimillonario para deshacer el nudo que él mismo había creado, pero sabía que un documento legal impreso no iba a curar la decepción de la familia.