-Tú... tú estás completamente loca -Leia miraba a su hermana con los ojos muy abiertos-. ¿Cómo se te ocurre faltarle el respeto a uno de los señores?
-Ah, tampoco fue para tanto -Emma suspiró y luego levantó su brazo-. Estoy infectada, ¿recuerdas? No creo que ese señor sea tan idiota como para dañar a una valiosa joya del Gran Señor.
Leia la miró por unos instantes con el ceño fruncido; estaba enojada y preocupada por Emma, pero al ver el brazo de su hermana, unos pequeños destellos de tristeza y desesperación se manifestaron en sus ojos grises. La pequeña niña miró a su hermana por unos segundos más y luego simplemente suspiró.
-Trata de no meterte en problemas de nuevo, por favor.
-Es una promesa -dijo Emma mientras se inclinaba, posando su brazo izquierdo en su espalda y mirando a su hermana. Esta última la observó por unos minutos y luego volvió a suspirar.
-Estás cruzando los dedos tras tu espalda.
-Oh, ¿lo hice? No me había dado cuenta.
Tras escuchar esa burla, Leia suspiró por tercera vez y luego empezó a caminar más rápido. Emma la observó por unos momentos, sonrió levemente y luego siguió a su hermana hacia las murallas interiores de las tierras del Gran Señor.
Todo el domo estaba dividido en tres zonas principales delimitadas por gigantescos muros de metal oxidado. La primera zona, y la más grande, era aquella ocupada por los humanos comunes; esta, a su vez, estaba dividida en cuatro distritos diferentes delimitados por murallas sin vigilancia.
La segunda zona era comúnmente llamada "Zona de trabajo", un lugar dividido en varias secciones donde los humanos iban todos los días para hacer sus labores, desde las más básicas como servir a los señores, cuidar de las cosechas y ayudar en el mantenimiento de las murallas, entre otras cosas.
La tercera zona era denominada la Torre Negra; era la residencia personal del Gran Señor y de sus seguidores más cercanos. También era el lugar a donde los humanos que sobrevivían a su corrupción eran llevados para su "audiencia con el Gran Señor".
Nadie sabía qué es lo que pasaba en esa audiencia; sin embargo, todo aquel que era citado nunca más volvía. O bueno, casi nadie, pues en toda la historia de la humanidad dentro del domo negro, solo dos personas habían logrado volver vivas: Lord Mortis y Lady Malena, los dos señores más fuertes después del propio Gran Señor y sus portavoces oficiales.
Al recordar a ambos Lores, Emma puso una cara de repulsión y luego siguió caminando junto al resto de humanos que se dirigían a sus respectivos trabajos, algunos con miradas sombrías, otros cansadas y algunos con ojos rojos por las lágrimas.
"Así que hoy floreció más de un corrupto", pensó Emma y luego miró su brazo. "¿Cuándo floreceré yo también?".
Con un suspiro, Emma siguió caminando y pronto llegaron a una bifurcación en donde las hermanas se despidieron. Leia trabajaba en uno de los puestos de cosecha, mientras que Emma estaba bajo el mando directo de Teris, el "jefe" de la fragua.
Emma siguió su camino sumida en sus pensamientos hasta que llegó a unas pequeñas escaleras que descendían hacia los niveles subterráneos de la zona de trabajo.
"Ah, hasta aquí se siente el calor".
Emma miró las escaleras levemente iluminadas por lámparas blancas y descendió por ellas sintiendo cómo, poco a poco, el calor aumentaba. La fragua era el lugar donde Emma trabajaba. Aquel lugar era usado tanto para crear las armaduras y armas de sus señores, como para fabricar las placas de metal que reforzaban los muros y para la creación de los centinelas.
El lugar consistía en un gigantesco complejo subterráneo equipado con todo tipo de maquinaria, desde poderosos hornos de fundición hasta grandes máquinas de rodillos usadas para crear finas pero resistentes láminas de metal.
Emma entró a la fragua sudando por el calor sofocante, mientras sus narices eran golpeadas por el hedor a metal quemado. Saludando a algunos trabajadores, caminó por el complejo buscando con la mirada a su jefe.
Teris era el "jefe" de la fragua. Aunque ese título no era oficial -pues el puesto lo ocupaba un señor que rara vez aparecía-, la mayoría de los humanos lo consideraba así porque el viejo se encargaba de dirigir y guiar a todos. Pronto, Emma encontró al viejo Teris parado cerca de uno de los hornos, hablando con otras personas.
Al ver al viejo, Emma sonrió; sin embargo, en el momento en que sus ojos se posaron en las "personas" con las que Teris hablaba, su mirada se volvió terriblemente sombría. Frente al viejo se encontraban dos figuras. Una de ellas era alta, midiendo poco más de cuatro metros. Ataviada con una armadura de metal, la criatura era una monstruosa amalgama deforme de piel completamente negra, cubierta con una costra de color morado oscuro. Su brazo derecho era más grande que el izquierdo y no poseía manos; en su lugar, el brazo parecía separarse en varios tentáculos enrollados. Su cabeza, si es que se podía llamar así, era una masa circular carente de ojos, con una gran hendidura en forma de medialuna de la cual pequeños pelos negros danzaban como si tuvieran vida propia.
Aquel ser era el verdadero jefe de la fragua.
El otro ser era completamente diferente: tenía la apariencia de una mujer extremadamente hermosa. No parecía superar los 30 años, con una piel pálida adornada con marcas grises en sus brazos y pecho, y unos ojos cautivadores del mismo color. A diferencia de otros señores, ella vestía despreocupadamente una camisa y pantalón negros.
-Malena -susurró Emma, reconociéndola como una de las portavoces del Gran Señor.
Emma miraba a la mujer con atención mientras el odio, la tristeza y la rabia crecían en su corazón. Obligándose a ahogar esos sentimientos antes de que la mujer pudiera percibirlos, apartó la mirada y respiró el aire caliente del lugar.
"¿Qué carajo hace ella aquí? ¿Por qué vino a la fragua?".
La mente de Emma sufrió otro golpe. No sabía por qué esa mujer visitaba la fragua personalmente, pero sabía que no podía ser por nada bueno.
Editado: 27.03.2026