La Última Resistencia

CAPÍTULO 5 El Viejo Teris

"Estoy demasiado viejo para esto".

Sentado cerca de uno de los hornos de fundición, Teris miraba a los trabajadores con ojos cansados mientras se secaba, de forma periódica, el sudor de su frente. El viejo acababa de despedir al jefe de la fragua y a Lady Malena hacía apenas unos minutos. La conversación con ellos había sido un poco desalentadora.

Su visita tenía como intención revisar y controlar el estado actual de la fábrica, así como también ordenar el aumento de la producción de metal fundido y de piezas de maquinaria. Los señores no habían compartido mucho con él, tampoco era que lo necesitaran; sin embargo, Teris había logrado deducir algunos hechos gracias a las peticiones de los señores y a sus indicaciones sobre a qué piezas debía darle más importancia. El Gran Señor, o los grandes señores, tenían la intención de aumentar la cantidad de centinelas que custodiaban la Torre Negra.

Teris no sabía exactamente para qué querían aumentar las defensas de la ciudad, pero fuera lo que fuera, no podía ser bueno para él y su gente. Sabía que debía ser algo importante, pues la misma Lady Malena en persona había venido a ordenar dichas medidas. Teris estaba tenso; el Gran Señor rara vez aumentaba la producción de centinelas a menos que previera que los necesitaría.

La última vez que ordenó su incremento, hace más de veinte años, una horda de monstruos salvajes atacó el domo de oscuridad, sobrepasando las defensas principales y creando un caos en las colonias humanas. Muchos humanos murieron ese día, junto con algunos de los señores. No fue hasta que Lord Mortis, acompañado de un séquito entero de centinelas, acudió en nuestro rescate que la situación pudo revertirse.

Mirando hacia el techo de la fragua, el viejo suspiró y luego se puso de pie.

"Sea lo que sea que esté pasando o que va a pasar, me preocuparé de ello cuando llegue el momento".

Teris miró a los trabajadores y luego sonrió ligeramente. A partir de ahora, los trabajadores de la fragua tendrían mucho más trabajo por delante; sin embargo, no era demasiado problema, pues ya estaban acostumbrados al trabajo pesado y a las largas jornadas.

El viejo entró en pánico al ver a Lady Malena en la fragua, pues temía por su querida sobrina Emma. El viejo ya había escuchado algunos rumores esa mañana sobre la nueva metida de pata de Emma; sin embargo, esta vez había llegado demasiado lejos. Insultar a un señor, por más valiosa que fuera para el Gran Señor, era una ofensa grave, y una que por lo general los Lores no dejaban pasar.

"En serio, ¿qué tiene esa niña en la cabeza?".

La joven había perdido a sus padres a una edad temprana por culpa de la corrupción, por lo que desde pequeña había tenido que valerse por sí misma para sobrevivir un día más mientras cuidaba de su hermana pequeña. Teris había querido ayudarla, pero en ese momento no poseía los recursos suficientes para mantenerla mientras se hacía cargo de su propia familia; sumado al hecho de que ambos eran de colonias distintas, la ayuda que podía ofrecerle era poca. Para cuando logró ganarse la confianza del señor Lares para que lo dejara a cargo de la fragua y así obtener los recursos suficientes para cuidar de su sobrina, ya era demasiado tarde.

Sin nadie que la guiara correctamente, Emma había crecido resentida contra los señores, en especial con Lady Malena, a la cual odiaba profundamente. Teris entendía y comprendía los sentimientos de su sobrina, pues él también sentía ciertas emociones difíciles hacia la portavoz del gran Señor.

Durante los años siguientes, en donde Teris por fin había podido cuidar de Emma, había intentado sin éxito corregirla; era como si la muchacha poco a poco se acercara a un peligroso punto de no retorno. Cada intento por frenarla solo alimentaba más su marcha y le daba más fuerzas para continuar.

A pesar de su actitud, Emma no era tonta, o bueno, no del todo; era joven y aún algo inocente; aun así, sabía lo que le convenía y lo que no, pero su impulsividad muchas veces ganaba sobre su razón, llevándola a cometer una que otra tontería que le valió el apodo de "La Revoltosa del Distrito Este". Sin embargo, nunca había metido tanto la pata como hoy.

"En serio, ¿qué voy a hacer con ella?".

Teris miró a sus trabajadores uno por uno hasta que, por fin, encontró a quien estaba buscando. Ubicada casi al final de la fragua, Emma empujaba un carrito repleto de hierro en bruto y chatarra sin mucho esfuerzo. El viejo la observó por unos momentos y luego sus ojos se centraron en las marcas negras, parecidas a venas hinchadas, que de vez en cuando sobresalían por debajo de la piel que cubrían las mangas de su camisa.

Por norma general, la mayoría de los trabajadores de la fragua eran hombres; esto se debía a que la mayoría de las labores, desde el transporte hasta la fundición del metal, requerían el uso constante de fuerza bruta. La fragua no era otra cosa que un gigantesco edificio dividido en cuatro zonas, cada una con una función específica.

La primera de ellas era el almacén; allí era donde los transportistas llevaban y traían los pedazos de chatarra y menas de metal que serían posteriormente fundidos en la segunda zona, conocida como la "cocina". Allí, los diferentes metales eran clasificados y derretidos en los gigantescos hornos de las instalaciones. La misma fragua contaba con calefacción y filtros especializados que absorbían el humo y los gases tóxicos generados por los hornos; sin embargo, dichos dispositivos no eran del todo eficientes.

Dentro de la fragua era normal que los trabajadores se desmayaran o enfermaran por la continua exposición al calor o a las toxinas que desprendían los metales al ser quemados. La tercera zona era la de moldeado, donde el metal aún derretido era transportado para crear todo tipo de materiales, desde chapas metálicas hasta tuercas y tornillos, que luego serían almacenados en la cuarta zona, que servía como otro almacén.



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En el texto hay: monstruos, misterio, peleas epicas

Editado: 27.03.2026

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