PARTE 1:
Entonces lo vimos… corriendo como un demente hacia el cadáver de un venado que llevaba quién sabe cuántos días ahí. El cuerpo estaba hinchado, la piel estirada como un tambor podrido. De sus costados salían gusanos gruesos, blancos y húmedos, que se retorcían en un festín silencioso. Las moscas zumbaban como un enjambre enfermo, y cada paso que él daba levantaba ese hedor dulce y podrido que se te mete por la nariz y no se va.
Aquel tipo. No parpadeó. Ni siquiera parecía humano.
A él no parecía importarle. O tal vez no lo percibía. O quizás… solo nosotros lo veíamos así. Sentí náuseas al verlo inclinarse sobre la carne, arrancando pedazos como si fuera un banquete. Cuando hablé, se detuvo un instante y me miró directamente. Sus labios se movieron, murmuró algo, pero no logré escucharlo. Intentó levantarse y simplemente se desplomó.
Nadie dijo nada. Aun así, todos sentimos lo mismo: asco… y pena.
Y de seguro te gustaría saber quiénes somos, ¿no? Pues… empecemos.
Íbamos a toda velocidad escapando de ellos. Dante no quitaba la mirada de los espejos retrovisores; parecía que, por fin, los habíamos dejado atrás. Entonces, sin aviso, escuché un silbido seco y agudo.
—Explosión—
Una de las llantas reventó y el carro dio varias vueltas en campana. Salimos disparados de la pista y terminamos a orillas del bosque. Sobrevivimos de milagro… gracias a Yefrey.
Estábamos de cabeza; Dante seguía con las manos pegadas al timón, con la mirada vacía, en shock. Yo, en cambio, solo podía pensar en Yefrey. En su hermanito.
Intenté soltarme del cinturón de seguridad, pero los motores de otros coches se acercaban a toda velocidad. Entré en pánico. Yefrey, en cambio… estaba tranquilo. Siempre lo fue. Un niño diferente. Como si no entendiera lo que es el miedo. ¿Eso era normal?
Entonces escuché el sonido metálico de sus pasos. Eran ellos. Por suerte —o tal vez por desgracia— no eran los soldados de los que Dante me había hablado.
Voltearon el carro de un solo empujón. Y arrancaron las puertas como si fueran de papel.
—Miren nada más… —dijo una voz burlona—. De verdad intentaron escapar de nosotros. —Su tono se tornó grotesco—. ¿Son retrasados o en serio creyeron que algo así era posible?
Uno de los tres soldados sacó a Dante y lo levantó con una sola mano, como si no pesara nada.
—Así que intentaste proteger a tu hermanito de nosotros… —río con malicia—. Saquen al niño. En lo que llegan los refuerzos, nos encargamos de ellos.
Pero Dante no dijo nada. Aprovechó el descuido, tomó el arma del soldado y le disparó en la cabeza. El segundo apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Dante lo acuchilló una y otra vez, con una velocidad inhumana. Yo temblaba… pero no dije nada.
Aproveché la conmoción para tomar al tercero por el cuello y tratar de asfixiarlo. Era fuerte. Muy fuerte. Estaba a punto de zafarse de mí cuando un disparo retumbó; Yefrey había tomado el arma del suelo y lo derribó. Tenía la misma calma de siempre. No lo pensé demasiado. Llegaban más.
Tomé a Yefrey en brazos y grité:
—¡Dante, entremos al bosque! ¡Los perderemos ahí! —mi voz sonó amarga, seca.
Por un instante volvió en sí y empezó a correr conmigo. Tenía la ropa cubierta de sangre. Corrimos sin rumbo, con los disparos cortando el aire detrás de nosotros. Nos escondimos entre arbustos. Por suerte, no nos hirieron.
Ahí los vi, soldados de Génesis. No sabía mucho de ellos, pero que nos siguieran así significaba que esto era por Yefrey.
—¿De verdad pensaron que el bosque los salvaría…? —dijo la voz, divertida.
Alguien me tomó de los hombros y me estrelló contra el tronco de un árbol. Un pitido agudo me taladró los oídos. Aun así, me incorporé. Yefrey yacía inconsciente en el suelo. Dante intentó atacar, pero otro soldado apareció por detrás, lo tomó del hombro y lo electrocutó.
—Ella es toda tuya… —dijo el, pero su cabeza estalló como si hubieran aplaudido muy fuerte sobre esta. Retrocedí de la impresión, y la sangre caliente me salpicó en la cara.
La velocista —porque eso era— retrocedió confundida. El miedo en su rostro era real.
Algo parecía moverse entre las copas de los arboles con agilidad y rapidez sorprendente.
—¡Y-ya llegarán más refuerzos! ¡No están muy lejos! ¡Se suponía que eran solo tres! —gritó, temblando.
Miraba su brazalete una y otra vez, como si necesitara confirmar que los objetivos éramos solo nosotros tres. Su sadismo inicial se había transformado en pánico.
—No moriré sola, si es lo que crees, perra. Tú vienes conmigo. —Me apuntó directo a la cabeza.
Y entonces apareció él.
Cayo a espaldas de la velocista, era un tipo enorme, más alto que cualquier hombre que haya visto. La tomó de los hombros, la levanto y, sin esfuerzo alguno, la partió a la mitad. Como si rasgara una hoja de papel. El sonido fue húmedo y terrible. Las vísceras saltaron en una lluvia pegajosa; los órganos cayeron al suelo con un chapoteo que me heló la sangre. Un olor ácido y mineral —sangre calentada, hierro y algo más— llenó mi boca. Inmediatamente la escupí.
La sangre me bañó de rojo. Vi cómo sus entrañas quedaban esparcidas entre las hojas; sus ojos aún buscaban algo que ya no encontrarían. No pude ni gritar. Mi garganta se cerró como una llave oxidada.
—¿Qué eres tú? —esas fueron mis últimas palabras.
Un golpe seco en la cabeza me derribó. Perdí la conciencia. Lo último que escuché fueron gritos, disparos y el crujir de ramas bajo botas.
Cuando desperté ya estábamos encadenados y siendo trasladados. Vi a Yefrey y a Dante: estaban vivos. Pero Dante… estaba decaído. Y también estaba él.
Las horas pasaron. Dante y Yefrey durmieron. Yo hablé con el chico nuevo.
Fue ahí cuando entendí quiénes eran realmente… y el lugar al que nos llevaban era el mismísimo infierno.