Domingo, 14 de Junio de 2026 - 14:00
14 días antes
«Hay momentos que solo
adquieren importancia cuando
ya no podemos volver a ellos.»
Ribeira era un pequeño pueblo pesquero en la costa oeste de A Coruña. Un lugar tranquilo, con su puerto siempre en mar- cha, sus bares alineados frente al mar y un bosque que se asomaba al final del paseo marítimo, oscuro incluso en los días claros. Ribeira contaba con un gran faro que coronaba la cima y que guiaba a los barcos en las oscuras noches.
Había un dicho en aquel lugar, decían que allí todo el mundo era bueno. Lo repetían con una convicción casi mecánica, como si nombrarlo bastara para mantenerlo cierto. Con el tiempo, cualquiera podía terminar creyéndolo. Había gente que incluso se lo había tatuado pero debajo de la piel, lo llevaba consigo como un dicho del día a día.
Sin embargo, al caer la noche, cuando las persianas bajaban y el murmullo del puerto se apagaba, el pueblo parecía contener la respiración, como si supiera que no todas las historias estaban hechas para contarse en voz alta, como si quizás esta historia merecía la pena contarla lentamente.
Todo el mundo en el pueblo sabía que en aquel lugar solo habitaban personas buenas, nobles. O al menos eso era lo que se decía. Lo que muchos no sabían —o preferían no saber— era que las peores personas se concentraban siempre en el mismo sitio, a las puertas de la iglesia. Allí estaban a la vista de todos, con la sonrisa ensayada y traída de casa de gente afable, mientras a sus espaldas escondían el veneno de una cobra real, silencioso, mortal y mientras la gente moría de hambre ellos preferían mirar para otro lado. Esa era la verdadera naturaleza de la sociedad en la que vivía Julian. Un hombre de mediana edad, tan mediana que sus cuarenta años reflejaban con exactitud la dureza de la vida. El tiempo le había pasado factura sin prisas, día tras día, castigándolo de una forma implacable, de esas contra las que no se puede luchar ni retroceder.
Ribeira era un pueblo de veintisiete mil habitantes. El código postal era el quince mil novecientas sesenta para ser exactos y por si algún día queréis mandar una carta —nunca se sabe cuando te va hacer falta y ademas si dices que lo sabes por un libro puedes quedar como un genio delante de esa partida de trivial con los amigos un domingo lluvioso por la tarde—.
Allí, al contrario de lo que muchos creían, las cosas no se movían por arte de magia. Se movían porque alguien las empujaba desde la sombra.
Julian y su hijo después de una mañana frenética en la playa había decidido ir esa tarde de domingo a comer a un restau- rante cuyo logo era una letra y el cual tenía un pasado un tanto turbio con un payaso que sonreía demasiado, que jugaba con los niños, tenía el pelo rojo y cuyo nombre era Ronald. Ambos se encontraban delante del quiosco eligiendo que iban a comer. Julian eligió una simple hamburguesa de esas pequeñas que te dejan con más hambre incluso después de comertela. y para su hijo Bruno, de ocho años. Una caja de esas que te viene con un juguete y con cuatro o cinco cosas más.
Para Julian, esas máquinas en las que pedían la gente no eran tan sencillas como otros hacían creer. Pese a que no era muy mayor, sus cuarenta años le pesaban a la hora de enfrentarse a las nuevas tecnologías, no comprendía cómo todo se estaba volviendo más frío e inhóspito.
Una vez completado todo el pedido, solo tuvo que esperar a que un alma caritativa les llevara la comida hasta la mesa donde se encontraban sentados, mientras Bruno aguardaba con evi- dente impaciencia.
A Julián le daban bastante pena aquellos chicos que se tiraban largas jornadas de trabajo, jornadas que no tenían fin hasta que la última familia cansina decidía levantar el culo, lo que normalmente ocurría cuando esas personas, cansadas de esperar, comenzaban a barrer y fregar la estancia.
Desde el ventanal del McDonald's —que era como se llamaba aquel restaurante, por si no lo habíais adivinado— se alcanzaba a ver el puerto. Los barcos pequeños se mecían, golpeando suavemente el muelle. Algunos hombres con chu- basquero descargaban cajas de marisco mientras el viento movía las banderas. Al fondo, el bosque se recortaba contra el cielo gris. Parecía que iba a llover, aunque en Ribera la gente ya no se asustaba por eso.
Al fin después de unos minutos, no muchos, llegaron los dos menús. Julian le agradeció el trato mientras ayudaba a aquel muchacho a dejar las bandejas, al menos quería hacerle un poco más fácil su jornada.
Bruno, con sus zapatillas llenas de arena, mordía una patata frita mientras observaba a su padre. Julian sabía que no había sido buena idea ir a la playa pero quién era él para negarle aquel deseo. Bruno llevaba también una sudadera blanca con un estampado de Spiderman y unos pantalones rojos acorde con la sudadera.
Mientras Bruno abría el juguete del menú, Julian pensó en la factura de la luz, en el alquiler, en los días sin trabajo fijo.
"Dos meses más así y me quedo en la calle", se dijo. Miró a su hijo, concentrado en el muñeco de plástico, y sintió una punzada de culpa. A veces tenía la sensación de que todo lo que hacía era llegar tarde a todo.
—Papa, ¿tú eres feliz? —preguntó Bruno sin mirarlo, pero que se había dado cuenta del rostro triste que estaba poniendo Julian.
Mientras este permanecía absorto en sus cosas jugando con la pajita de refresco la cual a alguien se le ocurrió la gran idea de hacerla de cartón el cual convertía cualquier sabor en algo bastante desagradable.
—Claro que sí. ¿Por qué lo dices?
—Porque a veces pareces triste.
Julian se quedó callado unos segundos.
—No estoy triste campeón. Solo cansado.
—Entonces duerme más.
—Ojala fuera tan fácil —dijo él, sonriendo.
—Papá, ¿puedo quedarme más rato cuando me toque ir contigo?