La undécima casa

Prólogo

Nunca la lluvia había golpeado con tanta fuerza el castillo de la Casa Valenor. Era como si el cielo quisiera impedir lo que estaba a punto de suceder.

En el gran salón no ardía ninguna chimenea. El frío se había instalado entre aquellas paredes mucho antes de que llegara el invierno.

El señor de la Casa permanecía inmóvil frente a la puerta principal. Vestía su capa de ceremonia y sostenía entre las manos el bastón que simbolizaba su autoridad. Ni siquiera miraba a la muchacha que esperaba a pocos pasos de él.

Ella acababa de cumplir la edad en la que la corona reclamaba a las primogénitas de las grandes Casas.

Llevaba un vestido azul oscuro que su madre había cosido durante semanas. Las manos le temblaban, pero mantenía la cabeza alta. Había aprendido que llorar solo conseguía que su padre frunciera aún más el ceño.

A su lado permanecía un niño de apenas once años. Su hermano que no entendía por qué debía vestir la ropa de las grandes ceremonias ni por qué todos los criados evitaban mirarle a los ojos.

—Acércate.

El niño obedeció.

Su padre le entregó una pequeña caja de madera, tallada con el escudo de la Casa que pesaba muy poco.

—Cuando lleguen los enviados del rey, serás tú quien la entregue.

El muchacho levantó la vista, confundido.

—¿Yo…?

—Eres el heredero de esta Casa. Debes aprender cuál es nuestro deber.

El niño dirigió la mirada hacia su hermana que intentó sonreír. Fue una sonrisa pequeña, rota, nacida únicamente para tranquilizarle.

Él sujetó la caja con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.

—Padre… ¿cuándo volverá?

Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia. El señor de la Casa tragó saliva antes de responder.

Entonces habló con una voz fría, procurando no dejar escapar la menor emoción.

—No hagas preguntas cuya respuesta no cambiará nada.

El muchacho sintió un nudo en la garganta, quería protestar, quería decir que aquello estaba mal, quería abrazar a su hermana y esconderla en cualquier rincón del castillo pero el miedo pesaba más que el valor.

Desde la escalera principal, dos pequeños ojos observaban la escena.

Una niña de seis años permanecía escondida entre los barrotes de piedra, había bajado buscando a sus hermanos para jugar y en lugar de eso, escuchó la última orden de su padre.

—Recuerda bien este día. Algún día, cuando tu hermana pequeña tenga la edad que exige la corona, también serás tú quien la acompañe.

El niño quedó inmóvil.

La caja resbaló entre sus dedos antes de que lograra sujetarla de nuevo.

La niña, oculta en la escalera, dejó de respirar por un instante.

No comprendía del todo aquellas palabras.

Solo sabía que aquellas palabras estaban marcando su futuro.

Algún día tendría que ir a la corte, igual que su hermana estaba a punto de hacer.

Pero no quería ir sola. Elena era fuerte; ella no. Tenía miedo. Y, además, no tenía un vestido tan bonito como el de su hermana.

Por eso, sin pensarlo, corrió escaleras abajo.

Si su destino era ir a la corte querría hacerlo con su hermana.

-¡Elena!

La joven se dio la vuelta, su hermana pequeña corría hacia ella con la cara manchada por las lágrimas.

- ¿Por qué te vas? Quédate conmigo, no necesitas ir a la corte

La muchacha cogió a su hermana en brazos, la quería como una hija.

Desde que su madre había fallecido dos años atrás Elena se había encargado de cuidarla.

- No te preocupes pequeña, prometo volver pronto a visitaros y traeré hermosos regalos de la capital

- ¿Por qué no puedo ir contigo?

- Porque alguien tiene que cuidar el castillo. Ahora tú eres la señora de la casa

Su padre miraba la escena con un nudo en la garganta, esa era la orden que más le había costado cumplir en toda su vida.

En ese momento sonaron los cuernos anunciando la llegada de la comitiva real.

Todo el palacio quedó en silencio. Solo el golpeteo de los cascos rompía la quietud mientras la comitiva se acercaba.

Elena bajó a su hermana de su regazo y sonriendo a su familia subió al carruaje.

Su padre vio como se alejaba. Su primogénita marchaba a cumplir la orden real convencida que era lo correcto.

El sonido de los caballos volvió a resonar en el patio y con ellos comenzó a romperse en silencio, el corazón de aquella familia.

El niño pasó un brazo por el hombro de su hermana pequeña.

- No te preocupes Lyanna, ahora yo te cuidaré

Aquel día Kael hizo una promesa.

🕌¡¡¡Bienvenidos a todos!!!⚔️

Os invito a leer esta novela. Me está gustando mucho escribirla y quiero compartirla con todos vosotros.

Me gustaría que mientras la escribo podamos comentar el desarrollo de la trama, hablar de los personajes y quee dejéis vuestras impresiones para ir mejorandola.

Hare las actualizaciones los lunes, miércoles y viernes.

⚔️¡¡¡Espero que os guste!!!🕌




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