El amanecer bañaba con tonos dorados las murallas de la Casa Valenor.
Situada sobre una colina rodeada de bosques y campos de trigo, la fortaleza despertaba lentamente.
A ojos de cualquier viajero, aquel castillo representaba la prosperidad de una de las diez Grandes Casas de Asteria.
El acero chocó contra el acero.
—¡Más rápido! —rio Rowan mientras desviaba con facilidad el ataque.
Lyanna resopló, apartando un mechón de su largo cabello cobrizo que se había escapado de la trenza.
—Deja de hablar y lucha.
—Eso ha sonado mejor de lo que esperaba.
La muchacha atacó de nuevo.
Esta vez fingió un golpe alto para cambiar la trayectoria en el último instante y barrer las piernas del caballero.
Rowan cayó de espaldas sobre la hierba. Durante unos segundos permaneció inmóvil, después levantó ambas manos hacia el cielo.
—Me rindo. Creo que he creado un monstruo.
Una carcajada resonó entre los árboles. Kael, apoyado contra un viejo roble con los brazos cruzados, observaba la escena intentando aparentar seriedad, cosas que no consiguió.
Una sonrisa, pequeña pero sincera, apareció en su rostro.
Cedric fue el único que no sonrió. Se acercó a Lyanna, recogió la espada de entrenamiento que había quedado en el suelo y se la devolvió.
—Has bajado la guardia después del golpe.
Ella resopló.
—He ganado.
—No.
Cedric negó despacio con la cabeza.
—Sobrevivir no significa ganar. Si hubiera habido un segundo enemigo, ahora estarías muerta.
Lyanna hizo una mueca.
—Siempre consigues estropear mis victorias.
—Por eso sigo vivo.
Rowan, todavía sentado en el suelo, señaló a Cedric.
—¿Ves? Por eso nadie le invita a bailar en las fiestas.
—No me gustan las fiestas.
—Precisamente.
Lyanna volvió a reír.
Aquel claro del bosque era el único lugar donde podía olvidarse de quién era, no era la hija de Lord Aiden, no era una dama obligada a aprender protocolo y bordados.
Era simplemente Lyanna, una joven con una espada en la mano.
Kael dio un paso al frente.
—Otra vez.
—¿Contra quién?
Él desenvainó lentamente su espada de entrenamiento.
—Contra mí.
Los ojos de Lyanna brillaron.
—¿Seguro?
—Sorpréndeme.
El combate apenas duró unos instantes.
Lyanna era rápida, mucho más de lo que cualquiera esperaría de una muchacha criada entre nobles.
Había aprendido a aprovechar su agilidad para compensar la diferencia de fuerza.
Atacó tres veces y Kael desvió las tres, intentó una estocada, él giró sobre sí mismo y colocó la punta de su espada de madera sobre el hombro de su hermana.
—Muerta.
Lyanna dejó escapar un suspiro exagerado.
—Algún día conseguiré tocarte.
Kael sonrió.
—Ese día dejaré de dormir tranquilo.
Ella guardó silencio unos segundos antes de abrazarlo de improviso.
—Gracias.
Kael tardó un instante en reaccionar, después la rodeó con un brazo.
—No me des las gracias.
—¿Por enseñarme?
—Por confiar en mí.
Rowan y Cedric intercambiaron una mirada, los cuatro sabían por qué entrenaban. No era un juego. Era una promesa. Una promesa nacida diez años atrás.
Cuando regresaron al castillo, la vida recuperó su habitual formalidad.
Los criados saludaban inclinando la cabeza.
Los soldados golpeaban el pecho con el puño al paso del heredero.
Kael volvió a colocarse su máscara, su sonrisa desapareció, su espalda se irguió, su voz se volvió firme, el heredero perfecto había regresado.
Lyanna se despidió de su hermano en la puerta del castillo, ambos conocían las obligaciones del heredero
- Te veré luego Lord Kael – dijo mientras se giraba en un ágil movimiento para dar un empujón con el hombro a Rowan.
- El último que llegue a la cocina es un gorrino con falda – gritó a sus amigos.
- Eso es trampa, me has empujado – protestó Rowan
- Es tres veces más pequeña que tú y aun así ha conseguido empujarte – dijo Cedric poniendo los ojos en blanco mientras adelantaba a su amigo para llegar antes.
En la galería principal Evelyn esperaba a su esposo viendo la escena y sonrió al ver a Lyanna corriendo por el patio, vestía un sencillo vestido azul y sostenía un libro entre las manos. Al verlo, inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi señor.
Kael esperó a que el último criado desapareciera tras una esquina y solo entonces tomó con delicadeza la mano de su esposa y besó sus nudillos.
—¿Cómo está mi esposa hoy?
Ella sonrió con dulzura.
—Mucho mejor ahora.
—¿Mi padre?
Kael notó que su esposa apretaba el libro que llevaba en las manos. La conocía perfectamente y eso no le gustó.
—Está reunido con los administradores desde el amanecer.
Evelyn observó discretamente que nadie pudiera escucharlos.
—Ha llegado un mensajero con el sello real.
La sonrisa desapareció del rostro de Kael.
—¿Lo ha visto Lyanna?
—No.
—Que siga siendo así.
Evelyn asintió. Conocía demasiado bien el miedo que escondía aquella familia, llevaban diez años esperando la orden.
El anuncio de que el rey reclamaba a Lyanna, pero nunca llegaba y precisamente por eso cada día resultaba más inquietante.
El despacho de Lord Aiden estaba en silencio, solo el crepitar de la chimenea rompía la quietud.
Cuando Kael entró, encontró a su padre contemplando una carta abierta sobre la mesa. No levantó la vista.
—Cierra la puerta.
Kael obedeció.
—¿Me habéis mandado llamar?
Aiden tardó unos segundos en responder.
Finalmente tomó la carta y la dejó frente a su hijo. El sello negro de la corona destacaba sobre el pergamino.
—Ha llegado una orden de Su Majestad.
Kael sintió cómo el corazón golpeaba con fuerza su pecho.
Diez años esperando aquellas palabras.
Respiró hondo.
—¿Debo preparar a Lyanna?