“La llevarás tú.”
Diez años despertándose algunas noches empapado en sudor, recordando el llanto contenido de Elena mientras él sostenía aquella pequeña caja de madera.
Diez años prometiéndose que jamás volvería a repetir aquella escena.
Y ahora…
Su padre acababa de pedirle exactamente eso.
- Ey, hermanito ¿Problemas con el jefe?
Kael miró a su hermana que en ese momento pasaba por el pasillo.
- No es nada importante – dijo poniendo su mejor sonrisa – problemas cotidianos del castillo.
- Buff, Que rollo – dijo Lyanna poniendo cara de horror – ser heredero es aburrido.
- Ni que lo digas
- No te preocupes – le susurró – siempre nos quedarán nuestros entrenamientos secretos donde no existen los herederos. Así puedo ganarte sin remordimientos.
- No me ganas
- Pero lo haré
Y salió corriendo, riendo antes de que su hermano pudiese despeinarla, algo que el tenía costumbre de hacer y ella odiaba.
Cuando la vio alejarse susurró para si mismo
- ¿Cómo voy a ser yo quien destruya esa sonrisa?
Sus pasos lo condujeron, casi sin pensar, hasta la biblioteca privada de sus aposentos, empujó la puerta.
Evelyn estaba sentada junto a una ventana abierta.
Un rayo de sol iluminaba las páginas de un grueso libro escrito en una lengua que pocos en Asteria podían comprender.
No levantó la vista de inmediato, solo sonrió.
—Has tardado menos de lo habitual.
Kael cerró la puerta, aquella simple acción bastó para que Evelyn comprendiera que algo iba mal.
Dejó el libro sobre la mesa y no preguntó, simplemente esperó.
Kael permaneció inmóvil unos segundos antes de dejar escapar el aire que llevaba conteniendo desde que salió del despacho.
—¿Lyanna?
Él asintió lentamente
Evelyn sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
Se levantó, se acercó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper al hombre que tenía delante.
—¿Qué dice?
Kael apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Debo llevarla a la corte.
Aquellas palabras parecieron aplastarlo, por primera vez desde que se conocían, Evelyn vio miedo en los ojos de su marido.
No el miedo de un guerrero antes de una batalla, el miedo de un hermano.
—No puedo hacerlo, Eve…
Su voz apenas fue un susurro.
—No otra vez.
Evelyn rodeó la mesa y tomó sus manos entre las suyas.
—Mírame.
Kael obedeció.
Ella acarició con el pulgar la cicatriz que cruzaba uno de sus nudillos.
—Hace diez años eras un niño al que obligaron a cargar con una culpa que nunca debió ser tuya.
Él bajó la mirada.
—Si hubiera dicho que no…
—Habríais muerto los dos.
Kael guardó silencio.
—No has dejado de castigarte desde entonces.
—Porque fui yo quien abrió la puerta.
—No.
La voz de Evelyn fue firme por primera vez.
—Quien abrió aquella puerta fue tu padre. Quien dio la orden fue el rey. Tú solo eras un niño que obedecía para salvar a su familia.
Los ojos de Kael comenzaron a humedecerse, no lloraba, nunca lloraba, pero delante de Evelyn nunca necesitaba fingir.
Ella apoyó la frente contra la suya.
—Y esta vez no estás solo.
Él cerró los ojos.
—Tengo que decírselo.
—Lo sé.
—No sé cómo mirarla a la cara.
Evelyn sonrió con esa serenidad que siempre conseguía devolverle la calma.
—Entonces iremos juntos.
Kael abrió los ojos.
—No permitiré que afronte esto sola. Ni que tú lo hagas.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Creo que eres mucho más valiente que cualquiera de nosotros.
Evelyn negó divertida.
—No se lo digas a Rowan. Lleva años convencido de que el más valiente es él.
Kael sonrió por primera vez desde que abandonó el despacho de su padre.
Mucho antes de llegar a las cocinas pudieron escuchar las carcajadas.
—¡Lady Lyanna! ¡Así no!
—¿Así cómo?
—¡La masa no se lanza!
—¡Pues ha volado perfectamente!
Cuando cruzaron la puerta encontraron un espectáculo que habría horrorizado a cualquier maestro de protocolo.
Las cocineras reían mientras intentaban atrapar pequeños trozos de masa que Lyanna acababa de lanzar al aire.
Una anciana cocinera tenía harina en el pelo, otra sostenía una cuchara de madera como si fuera una espada y en medio de todas ellas estaba Lyanna con el delantal completamente blanco, harina en la punta de la nariz y una enorme sonrisa iluminando el rostro.
—¡Victoria! —gritó levantando un pan redondo—. ¡No se ha quemado ninguno!
Las mujeres aplaudieron entre risas hasta que una de ellas vio entrar a Kael y su expresión cambió al instante.
—Mi señor…
Todas hicieron una reverencia, entonces Lyanna se giró y al ver a su hermano sonrió con entusiasmo.
—¡Kael!
Corrió hacia él sin importarle que llevaba las manos cubiertas de harina y lo abrazó con fuerza dejando la mitad de su camisa completamente blanca.
Kael miró las manchas y después a su hermana que se mordió el labio antes de decir
—Ups…
Evelyn no pudo evitar sonreír y Kael suspiró con resignación.
—Cinco minutos.
Lyanna arqueó una ceja.
—¿Cinco minutos para qué?
—Para que aparezca Rowan y se ría de mí.
Como si el destino hubiera decidido darle la razón, una voz sonó desde el pasillo.
—¡Por todos los dioses! ¿Quién ha atacado al heredero con un saco de harina?
Lyanna rompió a reír, incluso Kael dejó escapar una sonrisa.
Evelyn, que conocía demasiado bien a su marido, vio que aquella sonrisa apenas duró un instante.
Sabia que venía después.