La noche había caído sobre la Casa Valenor, el castillo, siempre bullicioso durante el día, descansaba bajo el tenue resplandor de las antorchas.
La puerta de la armería se cerró tras él con un leve crujido.
Era un lugar apartado, donde el ruido del acero amortiguaba cualquier conversación indiscreta.
Rowan ya estaba allí sentado sobre un barril haciendo girar una daga entre los dedos.
—¿Sabes? Empiezo a echar de menos las noches en las que nos reuníamos solo para beber cerveza.
Cedric levantó una ceja.
—Nunca has venido por la cerveza.
—Es verdad.
Rowan sonrió.
—Venía porque Lyanna siempre conseguía convencer a la cocinera de preparar esos pasteles de miel.
Kael no respondió, se acercó lentamente a la mesa de trabajo apoyó ambas manos sobre la madera y respiró hondo.
—No pienso llevarla.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, Rowan dejó de jugar con la daga y Cedric se cruzó los brazos. Ninguno de los dos parecía sorprendido.
—Ya imaginaba que dirías eso —murmuró Rowan.
Kael levantó la vista.
—Llevamos diez años preparándonos para este momento.
Ninguno respondió porque era verdad.
Diez años entrenando a Lyanna.
Diez años escondiendo armas.
Diez años estudiando caminos secretos.
Diez años esperando una orden que sabían que acabaría llegando.
—La esconderemos.
La decisión estaba tomada.
Cedric fue el primero en hablar.
—¿Dónde?
Kael guardó silencio.
—Conozco cuevas, bosques, refugios de cazadores, pero tarde o temprano la encontrarán.
Rowan asintió lentamente.
—El rey registrará todas las tierras de Valenor y las de las Casas vecinas.
Kael golpeó la mesa con el puño.
—¡Entonces iremos más lejos!
Cedric negó despacio.
—No existe un lugar suficientemente lejano para esconderse del rey.
Volvió el silencio.
Era la primera vez que los tres aceptaban una realidad que llevaban años evitando, no tenían un plan, durante todos estos años solo tenían una promesa.
La puerta se abrió lentamente, los tres se giraron instintivamente hacia el sonido, en el umbral Evelyn permanecía inmóvil, no había dicho nada ni había hecho ruido, tan silenciosa como siempre.
Ninguno la había oído llegar, era algo que solía ocurrir y durante unos segundos nadie habló.
—¿Cuánto has escuchado? – preguntó Kael.
Ella sonrió con dulzura.
—Lo suficiente.
Entró despacio y cerró la puerta tras ella.
—Perdonadme. No era mi intención espiaros, simplemente os oí discutir.
Rowan se rascó la nuca.
—Discutir es una palabra elegante.
Cedric corrigió con total naturalidad:
—Ha sido un intercambio de opiniones con volumen elevado.
—Gracias por la aclaración —respondió Rowan.
Evelyn dejó escapar una pequeña risa para después dirigir la mirada hacia su esposo.
—Cedric tiene razón. No podéis esconderla en Valenor el rey terminará encontrándola.
Kael bajó la cabeza.
—Lo sé, pero…
Todos levantaron la vista.
—Yo sí conozco un lugar…
Los tres amigos intercambiaron una mirada.
—¿Cuál? —preguntó Kael.
- ¿la abadía? – preguntó Cedric
- Eso es demasiado obvio – contestó Rowan poniendo los ojos en blanco
- ¿Las montañas del este?
Evelyn dio un paso al frente.
— Mountcrest.
Rowan frunció el ceño.
—¿La Casa de tu padre?
Ella asintió.
—Mi familia gobierna una de las Casas más pequeñas del reino, nadie presta atención a nuestras tierras y las montañas están llenas de pasos ocultos, antiguas minas y senderos que solo conocen los pastores.
Cedric comenzó a comprender.
—No hablas solo de esconderla. Hablas de hacerla desaparecer.
—Exactamente.
Kael permanecía en silencio mientras Evelyn continuó.
—Mi padre me quiere y os debe mucho, estoy segura que aceptará ayudarnos.
Rowan ladeó la cabeza.
—¿Y si Lord Aiden descubre que ha sido él?
—Entonces mi padre perderá su título, quizá también la vida.
El silencio volvió a llenar la estancia y Kael dio un paso hacia su esposa.
—No puedo pedirte eso.
Evelyn lo miró directamente a los ojos.
—No me lo estás pidiendo, lo estoy ofreciendo porque Lyanna ya es mi hermana y la familia no se abandona cuando llegan las dificultades.
Kael sintió un nudo en la garganta y Rowan sonrió.
—¿Veis? Siempre os lo digo. La más valiente de nosotros no lleva espada.
Cedric asintió una sola vez.
—Estoy de acuerdo.
Rowan abrió mucho los ojos.
—¿Con ella o conmigo?
—Con ella.
—Algún día conseguiré que me des la razón.
—No hoy.
Los cuatro rieron. Fue una risa breve y necesaria porque sabían que, a partir de aquel instante, ya no estaban hablando de desobedecer una orden.
Estaban hablando de traicionar al rey.
Y en Asteria, la traición solo tenía un castigo.
La muerte.