La undécima casa

Caminos que convergen

El castillo de los Valenor se había transformado por completo en apenas dos días.

Los establos bullían de actividad.

Los herreros revisaban las herraduras de los caballos.

Los criados embalaban baúles con vestidos y provisiones para un viaje que duraría varias jornadas.

Todo el mundo sonreía, todo el mundo hablaba del inmenso honor que suponía que el rey hubiera reclamado la presencia de Lady Lyanna en la corte.

Todo el mundo…

Excepto quienes conocían la verdad.

Lord Aiden contemplaba el ir y venir de los sirvientes desde el balcón de su despacho, una leve sonrisa endurecía su rostro.

Un capitán se acercó para entregarle un inventario del equipaje.

—Mi señor, todo estará preparado antes del amanecer.

Aiden asintió satisfecho.

—Excelente.

El capitán dudó unos instantes.

—Permitidme deciros que toda la Casa se siente orgullosa.

No todos los días Su Majestad distingue de esta manera a una familia.

Por primera vez en mucho tiempo, Lord Aiden sonrió con auténtico orgullo.

—El rey nunca olvida a quienes le sirven con lealtad.

Observó el patio.

Lyanna cruzaba corriendo entre los criados ayudando a cargar pequeños sacos en un carro.

Dos soldados dejaron escapar una carcajada cuando la muchacha intentó levantar uno demasiado pesado, ella respondió sacándoles la lengua antes de volver a intentarlo.

Aiden negó lentamente con la cabeza.

—Todavía tiene mucho que aprender sobre cómo debe comportarse una dama.

El capitán sonrió.

—Tiene buen corazón.

—Eso es una virtud, pero no basta para gobernar.

Mientras tanto, en los establos, la realidad era muy distinta.

—No.

Rowan volvió a sacar una capa del equipaje.

—Esto tampoco.

Lyanna apoyó las manos sobre las caderas.

—¿Qué tiene de malo esa?

—Pesa demasiado.

—Es una capa

—Precisamente.

Cedric levantó la vista.

—Rowan lleva diez minutos discutiendo con una capa.

—Porque es una mala capa.

—No existen las malas capas.

—Claro que sí.

Evelyn observaba la escena intentando contener la risa y Kael terminaba de revisar discretamente las alforjas de uno de los caballos.

Nadie habría imaginado que, entre la ropa y las provisiones, ocultaban armas ligeras, mapas y varias bolsas con monedas.

Todo formaba parte del plan preparado,, solo necesitaban encontrar el momento.

Lyanna se acercó a su hermano.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Siempre.

—¿Por qué llevamos provisiones para casi un mes si el viaje dura apenas una semana?

El silencio fue tan breve que cualquier otra persona no lo habría notado pero Evelyn sí.

Kael respondió con absoluta naturalidad.

—Porque Rowan come por tres hombres.

—¡Eso es una calumnia!

—Ayer te comiste ocho pasteles.

—Eran pequeños.

—También un pollo entero.

—También era pequeño.

Lyanna rompió a reír.

—Creo que Kael tiene razón.

Rowan señaló a Cedric.

—Díselo.

—Kael tiene razón.

—Nunca volveré a preguntarte nada.

A varios días de allí las enormes puertas del Palacio del Sol se cerraron tras un hombre vestido completamente de negro.

Lord Malrec Voss caminó por los largos corredores con la tranquilidad de quien conocía cada rincón de aquel lugar, dos guardias inclinaron la cabeza, él ni siquiera los miró.

Al llegar al salón privado del rey, un chambelán abrió las puertas.

—Su Majestad os espera.

El rey Aldren permanecía junto a un enorme ventanal contemplando los jardines, no se giró cuando el hombre entró.

—¿Vendrán?

Malrec hizo una elegante reverencia.

—Lord Aiden jamás desobedecería una orden mía. Siempre fue el más leal de mis amigos.

Hubo un instante de silencio, después Malrec habló con cautela.

—Han pasado diez años.

El rey apoyó ambas manos sobre la balaustrada.

El rey se volvió lentamente.

—¿La recuerdas?

Los ojos grises de Malrec permanecieron impasibles.

—Perfectamente, esa niña pelirroja escondida detrás de una columna.

El rey soltó una breve carcajada.

—Ya no será una niña.

Malrec guardó silencio, no había olvidado ni un solo detalle de aquel día.

El rey se acercó hasta quedar frente a él.

—Ha llegado el momento de cumplir mi promesa.

Los labios de Malrec dibujaron una sonrisa casi imperceptible.

—Es un honor que no olvidaré jamás.

El rey apoyó una mano sobre su hombro.

—En cuanto llegue anunciaremos vuestro compromiso. Quiero que todo el reino contemple cómo la Casa Valenor recibe el mayor favor que la corona puede conceder.

Malrec inclinó la cabeza.

—Como deseéis, Majestad.

Pero mientras abandonaba el salón, un pensamiento cruzó su mente, diez años de espera estaban a punto de terminar.

Ignoraba que, mientras soñaba con controlar el futuro de Lyanna, en Valenor cinco amigos acababan de decidir desafiar al hombre más poderoso de Asteria.




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