La undécima casa

El camino hacia el oeste

El sol apenas había comenzado a elevarse cuando las puertas de la Casa Valenor se abrieron.

El puente levadizo descendió lentamente mientras los cascos de los caballos rompían el silencio del amanecer.

Los habitantes de las aldeas cercanas se habían reunido junto al camino principal para despedir a la hija de su señor, algunos llevaban flores, otros agitaban pequeños estandartes con el emblema de la Casa y todos sonreían.

—¡Que Dios os acompañe, Lady Lyanna!

—¡Traednos historias de la corte!

—¡Volveréis siendo toda una dama!

Lyanna saludaba a cada persona como si conociera a todas desde siempre, detuvo su caballo junto a una anciana que apenas podía mantenerse en pie.

—¿Cómo está vuestra rodilla?

La mujer abrió mucho los ojos.

—Mucho mejor, mi señora.

Gracias por las hierbas que me trajisteis la semana pasada.

—Os dije que funcionarían. Pero no olvidéis caminar un poco cada día.

La anciana sonrió emocionada.

—Que Dios os proteja.

Lyanna tomó su mano unos segundos antes de despedirse.

Un grupo de niños corría tras los caballos orgullosos de la dama que había sido llamada por el rey.

- ¡Lady Lyanna! Traedme una espada de la corte – gritó uno de los niños.

Lyanna paró el caballo para dirigirse a los niños.

- Lo prometo, y si puedo traeré más de una.

Su hermano observaba la escena desde unos metros más atrás.

—Todo el reino la quiere.

Murmuró más para sí mismo que para los demás aunque Evelyn que iba a su lado lo escuchó.

—Porque ella quiere al reino.

La comitiva avanzó durante toda la mañana, cinco caballeros escoltaban discretamente al grupo, Kael los había elegido personalmente y todos eran de su absoluta confianza.

A ojos de cualquiera, el viaje transcurría con total normalidad, nadie sospechaba que el heredero llevaba años esperando precisamente aquel recorrido.

Al mediodía atravesaron un pequeño pueblo, la noticia había corrido por todas las aldeas de Valenor, unos niños corrieron detrás de los caballos.

—¡Lady Lyanna!

Ella se volvió.

—¿Qué ocurre?

Un pequeño levantó una espada de madera.

—¡Cuando vuelva quiero luchar como vuestro hermano!

Rowan carraspeó teatralmente.

—¿Y yo qué?

El niño lo observó unos segundos.

—Vos podéis ser el bandido.

Las carcajadas resonaron por toda la plaza, incluso varios aldeanos comenzaron a reír.

Rowan se llevó una mano al pecho.

—Eso duele.

Cedric pasó junto a él sin detener el caballo.

—Ha sido bastante preciso.

—¿También tú?

Lyanna ya no podía contener la risa.

—No os preocupéis, Rowan. Estoy segura de que algún niño querrá parecerse a vos algún día.

—Gracias.

—Cuando aprenda a contar chistes malos.

Esta vez fue Kael quien soltó una carcajada tan espontánea que hasta él mismo pareció sorprenderse.

Aquella noche decidieron acampar junto a un arroyo.

El fuego crepitaba mientras Rowan removía el contenido de una pequeña olla.

Lyanna se acercó.

—¿Qué cocinas?

—Un estofado.

Ella miró el interior.

—Eso parece barro.

—Todavía le falta cariño.

Cedric se aproximó.

Observó la olla.

—Y comida.

—No necesitaba tanta sinceridad.

Evelyn repartía platos de madera mientras Kael terminaba de asegurar los caballos.

Por primera vez en muchos años, ninguno tenía prisa, ningún soldado los vigilaba, ningún noble exigía protocolo, solo eran cinco amigos alrededor de una hoguera.

Cuando terminaron de cenar, Lyanna se tumbó boca arriba y levantó la vista hacia el cielo.

—Nunca me acostumbraré a esto.

Rowan siguió su mirada.

—¿A qué?

—A las estrellas. Parece que cada noche cambian de sitio.

Cedric negó lentamente.

—No cambian, somos nosotros quienes nos movemos.

—Eso era mucho menos poético.

—Pero correcto.

Rowan lanzó un pequeño trozo de pan.

—¿Un día aprenderás a mentir un poco?

Cedric lo atrapó al vuelo.

—No.

Lyanna comenzó a reír.

Evelyn observó al grupo en silencio.

Aquellos cuatro jóvenes parecían niños cuando estaban juntos y precisamente por eso resultaba tan difícil imaginar que todos cargaban con un gran peso a sus espaldas.

Kael se sentó junto a ella.

—¿En qué piensas?

—En que ojalá esta noche no terminara nunca.

Él comprendió perfectamente lo que quería decir, porque, al igual que ella, sabía que cada paso los acercaba a una decisión de la que ya no habría marcha atrás.

Al amanecer desmontaron el campamento, el camino comenzó a ascender entre bosques de pinos y enormes paredes de roca.

El aire se volvió más frío, los caballos avanzaban con dificultad por la pendiente hasta que, al alcanzar la cima de una colina, Evelyn detuvo su montura.

Todos hicieron lo mismo.

Frente a ellos, recortado entre las montañas y bañado por la luz del sol naciente, se alzaba un castillo de piedra gris, más pequeño que el de los Valenor, pero sólido y elegante.

Sus torres parecían surgir directamente de la roca, banderas azules y plateadas ondeaban sobre las almenas.

Lyanna sonrió.

—Así que ese es el lugar donde creciste.

Evelyn asintió con un brillo de nostalgia en los ojos.

—Bienvenidos a Mountcrest.

Kael contempló la fortaleza en silencio, aquel castillo no era solo el hogar de la familia de su esposa, era la única esperanza que tenía para cumplir la promesa que se había hecho diez años atrás.




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