El despacho de Lord Alastair Mountcrest desprendía el aroma de la madera vieja y del cuero de los mapas que cubrían las paredes.
No era una estancia lujosa, era práctica. Cada estantería estaba llena de libros de historia, tratados comerciales y viejos pergaminos.
Sobre la mesa descansaba un enorme mapa del reino, marcado con pequeñas piezas de madera que representaban las diez Grandes Casas.
Kael permanecía junto a la ventana, había esperado toda la tarde aquel momento y al fin podría contarle la verdad al padre de Evelyn.
Unos golpes sonaron en la puerta.
—Adelante.
Un soldado entró e inclinó la cabeza.
—Mi señor, el heredero de la Casa Ravenhart solicita hablar con vos.
Alastair dejó escapar un pequeño suspiro.
—Hazlo pasar.
El soldado desapareció y, 5tg segundos después, la puerta volvió a abrirse.
Dárian Ravenhart cruzó el umbral con paso firme, vestía una sencilla sobreveste negra con el cuervo plateado de su Casa bordado sobre el pecho, al ver a Kael, hizo una leve inclinación de cabeza.
—Lord Valenor.
Kael respondió con la misma frialdad.
—Lord Ravenhart.
Ninguno sonrió y Alastair observó la escena con resignación.
—Empiezo a pensar que algún día tendré que encerraros a los dos en una habitación hasta que aprendáis a llevaros bien.
Rowan habría encontrado divertido aquello, pero ninguno de los dos jóvenes parecía dispuesto a reír.
—¿Qué os trae por Mountcrest, Dárian? —preguntó Alastair.
El heredero de Ravenhart dio un paso al frente.
—Voy camino de la corte.
Kael sintió cómo se tensaban sus hombros.
Dárian continuó.
—Mi hermana ha sido reclamada por el rey.
El despacho quedó en silencio. Alastair bajó lentamente la mirada.
—Lady Arianne…
Dárian asintió.
—Tiene trece años desde hace apenas un mes.
Alastair suspiró.
—Lo lamento.
—No necesito consuelo. Necesito despedirme de ella.
Kael observó atentamente al joven, había dureza en sus palabras pero también un dolor que conocía demasiado bien.
—¿Viajáis solo? —preguntó Alastair.
—Con una pequeña escolta. No quiero perder tiempo. Cuanto antes llegue a la corte, antes podré verla.
Kael intervino por primera vez.
—Enhorabuena, siempre es un honor poder servir a la corona pero las damas no suelen recibir visitas.
Dárian clavó en él sus ojos grises, esas palabras de felicitación no eran sinceras.
—Lo sé.
—Entonces quizá estéis haciendo un viaje inútil.
—Eso lo decidiré yo.
Durante unos segundos ninguno apartó la mirada.
Alastair carraspeó.
—Basta.
Los dos obedecieron, como dos muchachos sorprendidos discutiendo.
—Esta casa siempre tendrá las puertas abiertas para los Ravenhart. Pasad la noche aquí. Partiréis descansados al amanecer.
Dárian inclinó respetuosamente la cabeza.
—Os lo agradezco.
Antes de marcharse, se volvió hacia Kael.
—Espero que vuestro viaje también tenga un buen final.
Kael respondió con un gesto apenas perceptible.
—Lo mismo digo.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la estancia. Alastair soltó una breve carcajada.
—Os lleváis igual de bien que dos gatos encerrados en un saco.
Kael dejó escapar una sonrisa cansada.
—No es mal hombre.
—Pero…
—Está convencido de que mi padre vendería el reino entero si el rey se lo pidiera.
Alastair arqueó una ceja.
—¿Y se equivoca?
Kael tardó unos segundos en responder.
—No.
La sinceridad de aquella respuesta hizo desaparecer la sonrisa del señor de Mountcrest. Kael respiró profundamente.
—Mi suegro… necesito vuestra ayuda.
Alastair señaló una silla.
—Siéntate.
El joven obedeció, por primera vez desde que había recibido la carta del rey, sintió que podía dejar de aparentar fortaleza.
—Lyanna no va camino de la corte. Al menos no si puedo evitarlo.
Alastair permaneció en silencio.
—Hace diez años hice una promesa. Juré que nadie decidiría el destino de mi hermana. Y pienso cumplirla
Entonces comenzó a contarle toda la verdad, la orden del rey.
Los años de entrenamiento en secreto,
El plan para hacer desaparecer a Lyanna,
La ayuda de Rowan, Cedric y Evelyn durante todo ese tiempo.
No ocultó nada.
Cuando terminó, el fuego de la chimenea era el único sonido de la habitación.
Alastair permaneció largo rato sin hablar hasta que finalmente se levantó, se acercó a la ventana y observó las montañas que rodeaban Mountcrest.
—¿Sabes cuál es la ventaja de gobernar estas tierras?
Kael frunció ligeramente el ceño.
Alastair sonrió.
—Que llevo toda una vida caminando por ellas.
Se volvió lentamente hacia él.
—Hay valles que no aparecen en los mapas, bosques donde un ejército entero podría perderse durante semanas y antiguos refugios construidos mucho antes de que existieran las diez Grandes Casas.
- Algo parecido me dijo vuestra hija
Alastair sonrió al escuchar esa respuesta.
Por su mente pasó las veces que había llevado a su hija a recorrer las tierras de Mountcrest.
Kael sintió que la esperanza regresaba poco a poco.
Alastair apoyó una mano sobre su hombro.
—Escúchame bien. No permitiré que le ocurra a Lyanna lo mismo que a tantas otras muchachas, mientras respire, Mountcrest será su hogar.
Kael cerró los ojos un instante.
Durante días había sentido que luchaba contra un enemigo demasiado grande, por primera vez desde que abandonó Valenor, comprendió que ya no estaban solos.
Muy cerca de allí, en una habitación de invitados, Dárian Ravenhart observaba la luna desde su ventana, pensando en su hermana, en la corte y en todas las preguntas que llevaba años haciéndose.
Ignoraba que, bajo el mismo techo, otro hermano acababa de confiar su mayor secreto.