El castillo de Mountcrest despertaba lentamente. Los primeros rayos de sol teñían de dorado las montañas mientras el patio comenzaba a llenarse de soldados, sirvientes y caballos.
Lyanna respiró profundamente.
—Definitivamente aquí el aire sabe mejor.
Había salido temprano para explorar los jardines antes del desayuno y como era costumbre en ella no tardó en perderse o, según ella, en encontrar caminos nuevos.
Mientras recorría un estrecho pasillo exterior escuchó la voz de un soldado buscando a Lord Dárian, el padre de su amiga lo reclamaba en su despacho.
Lyanna sonrió, siguió andando hasta que una idea cruzó por su cabeza.
¿Qué querría el lord de ese hombre de mirada penetrante y aspecto serio?
—Pues ya que voy hacia allí…
Sonrió para sí misma.
- Total, solo es curiosidad.
Cambió de dirección silbando distraídamente.
Dárian llamó dos veces a la puerta.
—Adelante.
Al entrar encontró a Lord Alastair solo. El señor de Mountcrest le indicó una silla.
—Sentaos.
Dárian obedeció.
—¿Ocurre algo?
Alastair permaneció unos segundos observándolo.
—Quiero hablaros como un viejo amigo de vuestra familia. No como señor de esta Casa.
Dárian asintió.
—Os escucho.
Alastair respiró hondo.
—No vayáis a la corte.
El silencio cayó sobre la estancia. Dárian tardó unos segundos en responder.
—¿Perdón?
—Habéis oído bien. Daos la vuelta y regresad a Ravenhart.
Dárian negó lentamente con la cabeza.
—No puedo hacerlo.
—Sí podéis.
—No quiero hacerlo.
Alastair apoyó los codos sobre la mesa.
—Conozco al rey desde hace muchos años, no le agradan los desafíos. Si os presentáis allí sin haber sido convocado, podría interpretarlo como una falta de confianza hacia la Corona.
—No me preocupa lo que piense de mí.
—A mí sí, porque las consecuencias no las pagaréis solo vos, las pagará vuestra familia, vuestro pueblo, vuestra hermana.
Dárian permaneció inmóvil.
—Aun así iré.
Alastair suspiró.
—¿Por qué?
Dárian bajó la mirada por primera vez.
—Porque Arianne tiene trece años y desde hace veinte años todas las muchachas de las Grandes Casas desaparecen cuando llegan a la corte.
Alastair no respondió.
—¿Sabéis cuántas han vuelto?
Silencio.
—Yo tampoco. ¿Sabéis cuántas familias reciben cartas escritas por ellas?
Silencio otra vez.
—Ninguna. ¿No os parece extraño?
Al otro lado de la puerta Lyanna había dejado de respirar. No pretendía escuchar. Simplemente había llegado al pasillo cuando oyó el nombre de Dárian y después las palabras la habían mantenido inmóvil.
“Todas las muchachas desaparecen…”
Su sonrisa fue desapareciendo poco a poco.
Elena.
Recordó el día en que preguntó por su hermana, recordó las respuestas evasivas que nadie pronunciaba su nombre y sintió un escalofrío.
Dentro del despacho, Dárian continuó hablando.
—Dicen que sirven como damas de compañía. Entonces decidme…¿Por qué ningún noble las ve durante las recepciones? ¿Por qué nunca regresan a visitar a sus familias? ¿Por qué nadie habla de ellas?
Alastair cerró lentamente los ojos.
—No tengo respuestas para esas preguntas.
—Yo pienso encontrarlas aunque tenga que registrar cada rincón del Palacio del Sol.
Alastair comprendió entonces que ya era imposible convencerlo. Dárian había tomado una decisión y muy pocos hombres eran tan tercos como él.
Lyanna retrocedió despacio por el pasillo, necesitaba pensar.
Sin mirar por dónde iba chocó contra alguien.
—¡Ay!
Dos libros cayeron al suelo.
—Otra vez vos.
Lyanna levantó la vista.
Dárian.
Perfecto.
—No ha sido culpa mía.
Él arqueó una ceja.
—Habéis chocado conmigo.
—Porque estabais ocupando todo el pasillo.
—El pasillo mide tres metros de ancho.
—Pues vos ocupabais dos.
Dárian la observó con incredulidad.
—¿Discutís incluso cuando os equivocáis?
Lyanna se agachó para recoger los libros.
—No, solo cuando tengo razón.
Él suspiró.
—Esto no tiene ningún sentido.
Cuando terminó de recoger los libros, uno de los pergaminos resbaló entre sus manos.
Dárian se agachó al mismo tiempo, sus manos rozaron el mismo papel y los dos levantaron la vista al mismo instante.
Durante un segundo ninguno dijo nada, los ojos grises de Dárian quedaron atrapados en los verdes de Lyanna que fue la primera en apartarse.
—Gracias.
Murmuró casi sin pensar.
Él carraspeó.
—De… de nada.
Lyanna recogió el pergamino y comenzó a alejarse.
Después se volvió con una sonrisa traviesa.
—Por cierto…
—¿Sí?
—Hoy habéis empezado la conversación sin gritar. Es un gran avance.
Y echó a correr antes de que él pudiera responder.
Dárian permaneció inmóvil. Negó lentamente con la cabeza.
—Insoportable…
Pero, para su propia sorpresa sonrió,
Un rato después, Lyanna caminaba deprisa por los jardines, ya no pensaba en Dárian y en esos ojos grises que tanto la perturbaban, solo en las palabras que acababa de escuchar.
Si ninguna de aquellas muchachas había regresado jamás ¿Qué estaba ocurriendo realmente en la corte?