La única constante

1. La física de los opuestos

❝El universo, en su origen, fue un punto infinitesimal de densidad y temperatura infinitas, para luego expandirse en un evento cósmico que creó el tiempo, el espacio y la materia. Una singularidad. Una colisión primigenia de proporciones inimaginables donde el caos y el orden nacieron del mismo estallido, demostrando que, para crear un mundo entero, primero es necesario que dos fuerzas opuestas colisionen con la fuerza de mil soles.

Big Bang

~

Margaery consideraba que cada mañana en la Academia Changwesth era una versión microcósmica de esa singularidad. El caos inicial del pasillo, el estruendo de los casilleros, la aglomeración de mentes jóvenes, todo convergiendo en un punto en especial, el aula de Ciencias Avanzadas.

Y, casi siempre, culminando en una colisión personal con Lincoln Myers.

Hoy no era la excepción. La Profesora Nuñez, una mujer con el cabello tan desordenado como las ecuaciones de la pizarra, anunció el tema del debate semanal: La Viabilidad de la Colonización Intergaláctica.

Margaery sintió una punzada de emoción. Había pasado las últimas noches devorando libros sobre propulsión warp y terraformación de exoplanetas. Estaba más que lista para arrasar en la clase.

—Bien, equipo A contra equipo B —dijo la profesora, y sus ojos se posaron, casi con un suspiro resignado, en los dos alumnos estrella de la clase—Calaghan, liderarás el Equipo A. Y Myers, el Equipo B.

Una corriente eléctrica invisible recorrió el aula. La mayoría de los estudiantes se encogieron en sus sillas, preparándose para el espectáculo habitual. Para ellos, era simplemente otra mañana de Margaery vs. Lincoln, tan predecible como la salida del sol, o las notas perfectas de ambos. Unos pocos, en la fila de atrás, intercambiaron miradas y sonrisas cómplices.

—Te digo que terminarán juntos— susurró una chica pelinegra a su novio, quien asintió con fervor, limpiándose las gafas.

—Es la ley universal de los opuestos, Cassy. Solo mira la física.

Margaery se puso de pie, su postura tan recta y definida como una línea en un gráfico de coordenadas.

—Mi equipo argumentará a favor de la viabilidad, basándonos en la constante expansión del universo que nos ofrece recursos ilimitados, la promesa de superar la extinción terrestre y los avances en nanotecnología para la adaptación ambiental.

Lincoln se levantó con una indolencia calculada, apoyándose en el pupitre como si el suelo mismo le aburriera. Su chaqueta negra de cuero que le hacía parecer un chico malo en la academia hacia destacar en toda el aula, ya que era el único que usaba chaquetas de cuero negro todos los días sin falta alguna.

—Mi equipo refutará, destacando la inviabilidad energética de cualquier viaje interestelar significativo, las barreras biológicas insuperables para la supervivencia humana fuera de la Tierra y la insostenible inversión de recursos que sería una distracción de los problemas urgentes en nuestro propio planeta.

El debate comenzó. Margaery citó a Dyson y Karda-shev, hablando de esferas de energía y civilizaciones tipo III. Explicó los pormenores de los motores de curvatura teóricos, la posibilidad de utilizar agujeros de gusano y la imperiosa necesidad de un plan B para la humanidad. Cada palabra era un martillo que clavaba su punto de vista con precisión que no dejaba replicas a su argumento.

Lincoln, con su voz calmada y un brillo travieso en el ojo, desmanteló cada argumento con una facilidad exasperante. Habló de la entropía del universo, de la Segunda Ley de la Termodinámica y de cómo la energía necesaria para mover una nave del tamaño de una ciudad a velocidades relativistas superaría con creces la producción energética actual de todo un continente. Discutió la ética de abandonar un planeta en agonía por un futuro incierto. Su lógica era implacable, sus palabras, tan fáciles de comprender que hacia que le dieran la razón.

La pizarra se llenó de ecuaciones, gráficos y diagramas. Los demás estudiantes se esforzaban por seguir el ritmo, algunos asombrados, otros simplemente mareados. La Profesora Nuñez apenas intervenía, limitándose a anotar puntos, con una sonrisa casi imperceptible.

—Señorita Calaghan, sus últimos tres puntos han sido excepcionales— concedió Lincoln, con un tono que casi sonaba sincero —Pero, ¿no está sobrestimando la capacidad de supervivencia del ser humano en un entorno desconocido? ¿Ignora las implicaciones de la radiación cósmica, los peligros de la microgravedad y las enfermedades exógenas que aún no podemos ni siquiera conceptualizar?

Margaery respiró hondo, su mente ya formulando la refutación.

—Señor Myers, ¿no está subestimando la capacidad de adaptación humana, nuestra resiliencia y nuestra infinita curiosidad? La misma que nos ha llevado a explorar cada rincón de este planeta, y la misma que nos impulsará a ir más allá. ¿Es que acaso la dificultad es una razón para no intentarlo?

Sus miradas se encontraron, un choque de voluntades tan palpable como el aire entre ellos. Ninguno cedía. Ambos tenían razón, y ambos lo sabían.

El timbre resonó en el aula con la violencia de una alarma de emergencia, cortando la tensión eléctrica justo antes de que alguien pudiera decir la última palabra.

La Profesora Nuñez miró su reloj —Parece que nos hemos quedado sin tiempo. Ambos equipos han presentado argumentos extraordinarios, respaldados por una investigación impecable. Declaro un empate técnico.

Un murmullo de expectación recorrió el aula. Un empate, de nuevo.

Margaery sintió una punzada de frustración mezclada con un extraño respeto. Odiaba empatar con Lincoln. Pero no podía negar la maestría con la que había presentado sus argumentos.

Lincoln solo le dirigió una pequeña sonrisa, una mueca apenas perceptible que Margaery ya conocía: significaba ‘buena pelea, Calaghan, pero la próxima vez te ganaré’.




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