La única constante

3. Diferencia de potencial

❝En un cosmos en perpetua fuga, las galaxias se alejan unas de otras a velocidades dictadas por la inmensidad del vacío, revelando que el tejido mismo del espacio está en constante expansión. Es la métrica del distanciamiento: una ley que establece que cuanto mayor es la brecha entre dos mundos, más rápido parece que se pierden en el olvido, a menos que exista una fuerza interna capaz de desafiar la inercia del universo y mantenernos unidos contra la corriente del infinito.

Ley De Hubble

~

Margaery repetía esa ley en su mente como un mantra mientras estaba sentada en la colchoneta. Quería aplicar la Ley de Hubble a su situación actual, quería que la distancia entre ella y Lincoln Myers aumentara a una velocidad cercana a la de la luz.

—Muy bien, clase —tronó el entrenador, que también daba clases de apoyo en física, mezclando conceptos de forma extraña—Para la unidad de resistencia, trabajarán la tercera ley de Newton. Acción y reacción. Uno hará de contrapeso mientras el otro se eleva. Si su pareja cae, ustedes fallan ¡Comiencen con las elevaciones de piernas y soporte de equilibrio!

Margaery y Lincoln se ignoraban con una intensidad casi cómica. Ella miraba hacia las gradas como si el color del cemento fuera lo más fascinante del mundo, y él se dedicaba a arrancarse hilos invisibles de su chaqueta, con la mandíbula tensa.

—Morgan, muévete. No tenemos todo el día —masculló Lincoln, sentándose y extendiendo los brazos para el ejercicio de equilibrio— Sujeta mis manos para que pueda hacer el arco de resistencia.

Margaery suspiró, irritada, y se arrodilló frente a él. —Solo hazlo bien, Myers. No quiero que tu falta de coordinación arruine mi promedio de educación física.

Cuando sus manos finalmente se encontraron, algo falló en sus cálculos internos.

En el momento en que los dedos largos y callosos de Lincoln se cerraron sobre las manos pequeñas y firmes de Margaery, no hubo una acción y reacción normal. Fue como si una corriente eléctrica de alto voltaje recorriera sus brazos, subiendo por sus cuellos y terminando en la base de sus cerebros. Margaery sintió un escalofrío violento que le recorrió la columna vertebral, una sensación de hormigueo que no podía explicar con ninguna ley biológica que Steven le hubiera mencionado.

Lincoln, por su parte, experimentó una sacudida similar. Sus ojos ámbar se abrieron de par en par y, por un segundo, perdió su máscara de aburrimiento. Su piel quemaba donde ella lo tocaba.

Ambos se soltaron de inmediato, como si se hubieran quemado con nitrógeno líquido, retrocediendo sobre la lona.

—¡Hey! ¿¡Qué están haciendo!? —gritó el profesor, acercándose con el silbato en la boca—. ¡Myers, Morgan! ¡Les dije que mantuvieran el contacto! ¡Parecen dos imanes del mismo polo! ¡Vuelvan a sujetarse ahora mismo o les pongo un reporte por falta de cooperación!

—¡Es que tiene las manos heladas! —mintió Margaery, con el corazón latiendo a un ritmo que desafiaba cualquier estado de reposo.

—¡Y ella me dio un calambre! —replicó Lincoln, frotándose las manos, luciendo genuinamente desconcertado.

Se miraron por un breve instante. Ya no era una mirada de odio puro; era algo nuevo. Era la mirada de dos científicos ante un fenómeno que no podían replicar en un laboratorio; curiosidad.

¿Por qué su pulso se había acelerado? ¿Por qué el contacto físico había disparado una respuesta del sistema nervioso tan desproporcionada? ¿Por qué sucedió en ese momento y no antes?

—Vuelvan al ejercicio —ordenó el profesor, quedándose ahí para vigilarlos.

Obligados por la autoridad, volvieron a tocarse, pero esta vez con una lentitud cautelosa. El escalofrío seguía ahí, vibrando bajo la piel, pero ninguno de los dos se soltó. Margaery observó de cerca las facciones de Lincoln, notando por primera vez una pequeña cicatriz cerca de su ceja que nunca había visto desde la distancia de sus pupitres. Lincoln, a su vez, se quedó atrapado un segundo de más en el color profundo de los ojos de Margaery, analizando la dilatación de sus pupilas como si fuera un problema de óptica avanzado.

El odio seguía ahí, sí. Pero la curiosidad acababa de plantar su primera bandera en el territorio enemigo.

***

El laboratorio de química estaba inusualmente silencioso, solo interrumpido por el burbujeo de los mecheros Bunsen y el rascado de los lápices. Margaery y Steven compartían mesa, rodeados de matraces y tubos de ensayo. Ella todavía se sentía extraña; el hormigueo en sus manos tras el incidente con Lincoln en gimnasia no desaparecía, así que decidió distraerse con una conversación familiar.

—Oye, Steven —susurró Margaery, vertiendo con cuidado 20 ml de una solución azulada—, ¿cómo está tu madre? No he tenido tiempo de pasar por su casa esta semana con tanto estudio para el festival.

Steven soltó un suspiro mientras ajustaba sus gafas de seguridad. —Ya sabes cómo es. Ayer intentó convencer a un grupo de turistas de que una papa con forma de cara era un fósil de un antiguo dios patata. Sigue tratando de evadir impuestos y quejándose de que los mapaches le roban la señal de la tele. Pero dice que te echa de menos para que la ayudes a organizar los recibos; dice que eres la única Morgan que sabe contar dinero sin intentar quedárselo.

Margaery soltó una pequeña risa. A pesar de que su padre, Roland, y su tía Zenia tenían una relación complicada, ella siempre había sentido un cariño especial por el lado más caótico de la familia.

—Dile que iré este fin de semana. Mis padres están tan sumergidos en sus nuevas publicaciones que la casa parece una biblioteca silenciosa. A veces extraño el ruido de California, pero estar con ustedes y con Zenia lo hace más fácil.

—Se lo diré, aunque probablemente te pida que le limpies los cristales a cambio de un refresco de piña —bromeó Steven.




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