Sentada bajo la sombra de un árbol después de clases, ella cerro su libro de historia. Margaery estiro sus brazos y miro a su alrededor, algunos alumnos tenían clases, otros ya terminaros y se van retirando, sin embargo, ella solo está esperando.
Después de limpiarse y cambiarse de ropa, ella no quiso ir a casa, por lo que con un rápido mensaje a su madre ella decidió estudiar para sus próximas clases, ignorando como su corazón palpitaba de expectación de volver a encontrarse a cierto rubio.
Ella recuerda que en el primer semestre cuando conoció a Lincoln, ella supo lo que era tener un rival. Y no era algo que nunca hubiera tenido, pero, la única que la podía superar en rol de alumnos era su primo Steven, de ahí nadie podía con ella.
Margaery cerró los ojos un segundo y se vio a sí misma en el aula de Física Avanzada, presentando su teoría sobre la estabilidad de los núcleos. Estaba en el punto culminante de su exposición cuando el proyector hizo un extraño ruido digital. De repente, sus ecuaciones perfectas fueron reemplazadas por un código intrusivo que corregía sus decimales con un tono sarcástico:
—¿Segura de ese 0.004, Morgan? Hasta un protón tiene más sentido común.
Lincoln, sentado al fondo con los pies sobre el pupitre, le había guiñado un ojo mientras sostenía una tableta oculta bajo su cuaderno.
—¡Es un error de sistema! —había gritado Margaery, roja de furia, mientras el profesor fruncía el ceño.
Ella se sintió por primera vez avergonzada.
Pero no terminó ahí, porque al día siguiente cuando ella caminaba con su bata de laboratorio impecable, sosteniendo su cuaderno de notas como si fuera un escudo. Sintió que algo estaba mal.
Al entrar al laboratorio, Margaery se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron con horror tras sus gafas. En la pizarra de cristal donde ella había dejado escrita su compleja serie de integrales para el proyecto final, alguien había dibujado un gran triángulo con un ojo sobre su trabajo y había tachado tres líneas de su procedimiento con un marcador rojo permanente.
—¿Buscabas esto, Morgan? —la voz de Lincoln llegó desde la esquina más oscura del aula.
Él estaba sentado sobre la mesa del profesor, balanceando peligrosamente un frasco de permanganato de potasio entre sus dedos. Su uniforme estaba desordenado y tenía una mancha de grasa en la mejilla.
—¡Lincoln Myers! —Margaery explotó, acercándose a él con los puños cerrados—¡Esa pizarra es propiedad académica! ¡He tardado cuatro horas en equilibrar esa ecuación de flujo magnético!
—Cuatro horas desperdiciadas, entonces —dijo Lincoln con una sonrisa letal, saltando de la mesa—Cometiste un error de acarreo en la tercera línea. Tu constante de permeabilidad está mal calculada. Es un error de principiante, muy propio de alguien que confía demasiado en los libros y muy poco en la intuición.
—¡Mi constante es perfecta! —le gritó ella, recuperando su cuaderno de las manos de Lincoln de un tirón—¡Eres un idiota! No aportas nada, solo te dedicas a sabotear el trabajo de los demás para ocultar que tu cerebro es incapaz de seguir un método riguroso.
—El rigor es la prisión de las mentes mediocres, Morgan —replicó Lincoln, dándole un golpecito en la frente con el dedo, lo que la hizo retroceder furiosa—Mientras tú sigues las reglas, yo las rompo para ver cómo funciona el motor del universo. Por cierto. —Lincoln señaló hacia el proyector que Margaery iba a usar para su presentación en diez minutos. El aparato empezó a emitir un zumbido extraño.
—¡¿Qué le has hecho?! —Margaery corrió hacia el equipo.
—Solo una pequeña mejora inalámbrica —rio Lincoln mientras caminaba hacia la puerta—Ahora, cada vez que digas la palabra átomo o cuántico, el proyector mostrará una foto de un hámster comiendo pizza. Considéralo un entrenamiento para que aprendas a mantener la compostura bajo presión.
—¡Te detesto! —gritó Margaery, su voz resonando por todo el pasillo— ¡Juro que el día que presente mi tesis, lo haré sobre por qué tu existencia es el mayor error estadístico de la naturaleza!
Lincoln se detuvo en el marco de la puerta, se giró y le lanzó un beso burlón con la punta de los dedos.
—Estaré en la primera fila, Morgan. No olvides los bocadillos.
Lincoln desapareció por el pasillo soltando una carcajada, dejando a Margaery temblando de una rabia volcánica, con el rotulador rojo todavía en la mano y el firme deseo de demostrarle a ese arrogante que ella era la única fuerza imparable en ese instituto.
Después de eso ella no comprendía porque ese chico rubio la molestaba, pero no se dejaba humillar y le devolvía las puyas, ella era una Morgan, y un Morgan nunca se dejaría intimidar. Durante meses, ella le había devuelto cada ataque, cuando él le robaba los reactivos, ella le bloqueaba la taquilla con un código de encriptación nivel militar; cuando él hackeaba su proyector, ella le enviaba un virus que hacía que su ordenador solo reprodujera música clásica a máximo volumen.
Y quizás por esa estúpida guerrilla ella no pudo sacar la nota que siempre sacaba, y una vez que Margaery salió del aula de Cálculo Avanzado sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. En su mano, la hoja de examen vibraba ligeramente. 99/100. El profesor había marcado en rojo una insignificante coma mal colocada en el resultado final de una integral triple. Un error de transcripción, no de lógica, pero suficiente para arrebatarle la perfección.
Solo era un punto, y ella sintió que un valde de agua fría le caía encima, se sintió desesperada y algo triste, pensando que sus padres se sentirán decepcionados de ella por un error que ella nunca tuvo en sus demás exámenes.
—Vaya, vaya, parece que la corona de la Reina de los Decimales tiene una abolladura —la voz de Lincoln, cargada de esa ironía que la ponía enferma, llegó desde la pared donde estaba apoyado.
Margaery lo miró con fuego en los ojos. No estaba de humor para sus puyas.
#5764 en Novela romántica
#1551 en Chick lit
#2134 en Otros
#604 en Humor
teorias y mentiras, ciencia y tecnología, amor odio deseo rivalidad drama
Editado: 23.04.2026