La única constante

5. Correspondencia cifrada

❝Las órbitas de los cuerpos celestes no son círculos de perfección absoluta, sino elipses persistentes donde el equilibrio se encuentra en la asimetría. Es una danza de velocidades variables, un sistema donde el tiempo y el espacio se entrelazan en una armonía matemática inquebrantable, dictando que cuanto más nos acercamos a lo que nos atrae, más inevitable y frenética se vuelve nuestra caída.

Leyes De Kepler

~

Cuando Margaery abrió los ojos, el cielo era una acuarela de violetas y sombras. Parpadeó, desorientada, sintiendo algo suave y cálido envolviéndola. Era una manta de lana gruesa, de un color gris elegante que reconoció al instante como la manta que Kendall siempre llevaba en el maletero de su coche para las noches de campo.

—Vaya, al fin vuelves —dijo una voz tranquila a su derecha.

Kendall estaba sentada en una silla de camping plegable, leyendo un libro bajo una pequeña linterna LED. Un poco más allá, Abigail estaba sentada sobre una raíz, tallando distraídamente un trozo de madera, y Claudia estaba tumbada boca arriba, contando las primeras estrellas que aparecían.

—¿Chicas? —Margaery se incorporó, ajustándose las gafas y aferrándose a la manta de Kendall—¿Qué hacen aquí? ¿Cómo me encontraron?

—Steven nos llamó —explicó Abigail, levantando la vista con una sonrisa de medio lado—Dijo que habías tenido un incidente explosivo y que estabas en modo ermitaña. Vinimos a ver si estabas entera y te encontramos roncando como un motor averiado.

—¡No ronco! —protestó Margaery, aunque su voz carecía de fuerza.

—Un poquito —rio Claudia, sentándose de un salto—Pero Kendall dijo que no te despertáramos. Dijo que tu cerebro probablemente estaba haciendo una desfragmentación de disco después de lo que pasó en el laboratorio.

Margaery miró a Kendall, quien simplemente asintió con elegancia, sin apartar la vista de su libro.

—Parecías necesitar el descanso, Morgan —dijo Kendall con suavidad—Además, el rocío de la tarde no es bueno para tus pulmones después de haber inhalado polvo químico. Quédate con la manta un rato más.

Margaery se envolvió mejor en el tejido cálido. El frío del atardecer no podía atravesar esa barrera de amistad. Allí, bajo el roble, protegida por sus amigas, el desastre del laboratorio y la figura perturbadora de Lincoln Myers se sintieron, por un momento, como problemas que podía resolver mañana.

—Gracias —murmuró Margaery, sintiendo que, por primera vez en el día, su ritmo cardíaco era finalmente una constante perfecta.

Esa misma noche, después de haber sido protegida por sus amigas bajo el roble, Margaery se dio cuenta de que no podía postergar más el estudio. Necesitaba recuperar el tiempo perdido por el accidente del laboratorio, así que se refugió en la biblioteca del instituto, el único lugar donde el silencio era tan absoluto como el vacío del espacio.

Cerca de la medianoche, Margaery buscaba un volumen específico sobre electrodinámica cuántica. Al sacarlo del estante, un fajo de hojas sueltas cayó al suelo. Eran hojas arrancadas de un cuaderno, llenas de una caligrafía angulosa y rápida que reconoció al instante como la letra de Lincoln Myers.

Ella recordó el momento en el que el paso su mano por su mejilla sucia limpiándola y no pudo evitar sonrojarse, luego se preparó para encontrar insultos o dibujos obscenos, pero a medida que sus ojos recorrían las líneas, su respiración se detuvo.

No eran bromas, eran correcciones.

Lincoln había diseccionado una de las teorías más famosas de su padre, sobre la fluctuación de los portales. Con una elegancia matemática aterradora, Lincoln había encontrado un fallo en la lógica de Ford que Margaery misma había pasado por alto. Él no estaba intentando destruir la teoría; la estaba perfeccionando.

—Él no es tan malo—susurró Margaery, pasando los dedos sobre los cálculos.

Se sentó en el suelo, rodeada de libros, comparando las notas de Lincoln con el texto original. Por primera vez en su vida, sintió que no estaba sola en su nivel de comprensión. Había alguien más que veía el código detrás de la realidad.

Mientras tanto, en la penumbra del segundo piso de la biblioteca, oculto tras la barandilla de madera, Lincoln observaba.

Había planeado dejar esas notas para que ella las encontrara y se enfureciera, pero verla allí, con las gafas resbalando por su nariz y el cabello revuelto, lo detuvo. Eran las 3:00 AM. La mayoría de los estudiantes estarían durmiendo o de fiesta, pero Margaery seguía allí, con los ojos inyectados en sangre, pero brillando con una chispa de descubrimiento.

Lincoln la miró anotar algo febrilmente, respondiendo a sus propias notas en los márgenes del libro. Una extraña calidez, algo que no podía cuantificar, le recorrió el pecho.

«Nadie más en esta escuela entiende por qué la constante de estructura fina es tan bella», pensó Lincoln, apoyando la barLincolna en su mano. «Nadie más se quedaría despierta hasta el amanecer solo para entender un decimal. Estás loca, Morgan. Tan loca como yo».

En ese momento, la rivalidad empezó a morir para dar paso a una admiración peligrosa. Lincoln se dio cuenta de que no quería que Margaery fallara; quería que ella fuera la única persona capaz de desafiarlo.

Margaery, por su parte, cerró el libro con cuidado. Ya no veía a Lincoln como el chico que saboteaba su vida, sino como el único arquitecto que hablaba su mismo idioma. La guerra intelectual seguía, pero los términos del tratado de paz acababan de ser redactados en silencio, entre estanterías de libros viejos y el eco de un reloj de pared.

La dinámica entre ellos había mutado. Ya no se lanzaban ataques para destruirse, sino para mantenerse alerta. Sin embargo, el equilibrio de esta paz armada se rompió el día que apareció el Factor X, un tercero en la ecuación según los pensamientos de Lincoln.




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