La realidad la golpeó de frente al entrar al salón. Lincoln no estaba en su clase ese día, y Margaery fue emparejada con Justin, un chico que presumía de tener un promedio alto pero que, como Margaery bien sabía, basaba su éxito en memorizar respuestas y hacer trampas en los exámenes.
—Tranquila, Morgan. Yo me encargo de la titulación, esto es pan comido para alguien de mi nivel —dijo Justin con una suficiencia que no tenía fundamentos.
Margaery observó con creciente horror cómo Justin manipulaba la bureta. Estaba vertiendo el ácido a una velocidad que desafiaba cualquier norma de seguridad, ignorando el cambio de pH.
—Justin, la estequiometría de la reacción requiere un goteo lento, estás superando el punto de equivalencia —advirtió Margaery, sintiendo que una vena empezaba a latirle en la sien.
—Relájate, Morgan. Sé lo que hago —respondió él, dándole un giro brusco a la llave.
No fue una explosión masiva, pero sí lo suficiente para que el matraz burbujeara violentamente, lanzando una nube de vapor corrosivo y salpicando la mesa de un líquido azul pegajoso. El sensor de temperatura empezó a pitar con desesperación creando un sonido demasiado estridente.
—¡Oh, rayos! ¡El equipo debe estar defectuoso! —exclamó Justin, retrocediendo y dejando que Margaery se encargara de contener el desastre con una manta de seguridad.
Mientras Margaery limpiaba el desastre y neutralizaba el vertido, una punzada de nostalgia amarga la golpeó. Se dio cuenta de que, cuando Lincoln estaba cerca y saboteaba sus experimentos, lo hacía con una exactitud que solo alguien capacitado sabría; Lincoln sabía exactamente qué cable cortar para que el resultado fuera interesante, pero nunca peligroso. Lincoln entendía la ciencia; Justin solo pretendía entenderla.
«Prefiero mil veces a Lincoln» pensó Margaery con furia mientras se quitaba los guantes manchados. «Prefiero sus bromas pesadas, sus acertijos imposibles y su caos brillante que la incompetencia vacía de alguien que se cree inteligente. Al menos con Lincoln, todo tiene sentido».
Se dio cuenta de que extrañaba la presencia de Lincoln. Extrañaba el desafío, extrañaba a alguien que no tuviera miedo de admitir que la química era un lenguaje salvaje. En ese momento, la tregua se sintió pequeña, Margaery ya no quería solo un amigo; quería a su igual de vuelta en el laboratorio.
***
Al volver a casa, sintió una pesada carga sobre sus hombros, la residencia Morgan no era una casa común; era un santuario al conocimiento. Las paredes no estaban decoradas con fotos familiares típicas, sino con pizarras llenas de esquemas de propulsión y diagramas de estados cuánticos, mucho arte abstracto, diplomas de cursos y trofeos de ferias de ciencias. El aire siempre olía a café recién hecho y sopas instantáneas.
Era muy bien sabido que cuando los dos Señores Morgan se centran en un problema o ejercicio, tienden a descuidarse, y solo comen algo rápidamente para descansar su mente, la Señora Morgan era buena cocinando si, pero prefiere tener personas que le ayuden a esa tarea para su familia, sin embargo, de vez en cuando ella cocina para su hija.
Margaery entró en el comedor, todavía sintiendo el rastro del escalofrío de la tarde en sus dedos. En la mesa, sus padres estaban inmersos en sus propios mundos, aunque conectados por un hilo invisible de genialidad. Roland, con sus dedos tamborileando sobre una tableta digital, corregía un artículo sobre cuerdas cósmicas, mientras Elena, con las gafas de protección sobre la cabeza, revisaba unos planos de aleaciones ligeras para satélites.
—Hola, cariño —dijo Elena, levantando la vista con una sonrisa cálida—Te hemos dejado la cena en el horno. ¿Cómo ha ido el laboratorio hoy? He oído que hubo un pequeño incidente en el Instituto.
Margaery se tensó, sentándose a la mesa sin probar bocado. Un poco frustrada que el profesor o el director les haya llamado a sus padres por el accidente, de todos modos la conocen y saben que todo lo que hace, ya sea algo bueno o malo, debe ser informado como si ella fuera la quinta maravilla del mundo, miro su plato intacto.
—Fue un error de cálculo, una distracción de mi compañero de química. No volverá a ocurrir —respondió ella con voz monótona, casi como si estuviera dando un informe oficial—Estoy rediseñando los imanes del motor para el festival. Si logro aumentar la eficiencia en un 15%, nadie podrá superarme, ni siquiera Myers.
Roland dejó su tableta y miró a su hija con sus ojos cansados. —Margaery, el festival es una excelente plataforma, pero no te obsesiones con la perfección. La ciencia es, en un noventa por ciento, el arte de cometer errores hasta que algo sale bien.
—No para un Morgan, papá —replicó ella rápidamente— Tú nunca te permitiste errores. Por eso rechazaste a Myers, ¿no? Porque su trabajo era caótico, egocéntrico e imperfecto. Si yo no soy la mejor, si permito que alguien como él me supere, entonces no soy digna de este apellido.
Elena y Roland intercambiaron una mirada de suma preocupación, una mirada que Margaery no captó, pues estaba demasiado ocupada revisando sus propias notas mientras daba pequeños bocados a su comida.
—Cariño —intervino Elena suavemente, extendiendo la mano para tocar la de su hija—tu padre y yo no te pedimos que seas una eminencia antes de los veinte años. Nos encantaría que un día salieras con tus amigas y volvieras hablando de música o del baile del instituto, en lugar de leyes de termodinámica.
—Lo haré —mintió Margaery, levantándose de la mesa una vez terminada su comida, con su carpeta apretada contra el pecho—Después de que gane el festival y después de que humille a Lincoln Myers en su propio terreno.
Subió las escaleras a zancadas, encerrándose en su habitación. Roland suspiró con pesadez, quitándose las gafas y masajeando su entrecejo.
—Lo hemos hecho mal, Elena —susurró Roland—Cree que nuestro amor es proporcional a sus aciertos académicos. Ese chico, Lincoln, tiene un talento bruto increíble, pero me preocupa que la rivalidad con él esté consumiendo a Margaery.
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Editado: 19.05.2026