La única constante

13. Máscaras de hierro

❝El orden es una ilusión pasajera en un sistema destinado al caos, donde la energía nunca se pierde, solo se transforma en algo más complejo y ardiente. Es la danza de la entropía: una ley implacable que dicta que el calor siempre fluirá hacia el frío hasta alcanzarnos, recordándonos que en un universo que tiende naturalmente al desorden, intentar mantener la distancia es una batalla perdida contra la misma fuerza que hace que las estrellas brillen antes de consumirse.

Leyes De La Termodinámica

~

Lejos del caos del instituto, en una cafetería elegante y acogedora en las afueras de Kranthos, tres mujeres compartían una mesa circular. El ambiente era radicalmente distinto, aquí no había competencia, solo la calma de quienes han visto pasar muchas tormentas.

Elena Calaghan revolvía su café con elegancia, mientras Mónica, la abuela de Lincoln, acomodaba sus gafas con una sonrisa sabia, pero era la tercera mujer la que atraía todas las miradas del local. Era una mujer de una belleza devastadora, con un cabello rubio platino tan brillante que varios clientes habían susurrado el nombre de Elise Lewis al verla pasar, sin embargo, su mirada era mucho más profunda y astuta que la de cualquier socialité de Kranthos.

—Es fascinante —comentó Mónica, rompiendo el silencio—Lincoln cree que está librando una guerra santa contra los Morgan, y el pobre no sabe que la genética es caprichosa, se parece tanto a su padre cuando intenta ocultar lo que siente.

Elena suspiró, dejando la cucharilla de plata sobre el platillo. —Margaery está igual. Roland la presiona sin querer, y ella cree que el amor es un premio que se gana con medallas de oro.

La mujer rubia, soltó una pequeña risa melodiosa mientras observaba el vapor de su té, sus ojos brillaron con una inteligencia que explicaba de dónde venía el genio de su hijo.

—Los jóvenes necesitan un catalizador para reaccionar, Elena —dijo la mujer rubia con una voz aterciopelada—A veces, la única forma de que dos elementos se fusionen es aumentando la presión y la temperatura hasta el límite.

Elena miró a su amiga con una mezcla de reproche y admiración, sabía que detrás de la apariencia de paz de esa mujer había una mente que siempre iba diez pasos por delante de todos.

—Dime una cosa —preguntó Elena, inclinándose hacia adelante y bajando la voz como si compartiera un secreto de estado— ¿realmente era necesario hacer lo que hiciste? ¿Era necesario forzar ese encuentro?

La mujer no respondió de inmediato. Se limitó a dar un sorbo a su té y luego dirigió una mirada divertida hacia la ventana como si supiera que alguien más estaba observando la escena desde el otro lado, una sonrisa enigmática y llena de travesura se dibujó en sus labios.

—La ciencia necesita experimentación, queridas —respondió simplemente—Y Kranthos siempre ha sido el mejor laboratorio del mundo.

***

El sol de la mañana se filtraba por las grandes ventanas de la cafetería del instituto, pero para Margaery, la luz parecía demasiado brillante, casi agresiva. Estaba sentada a la mesa con su grupo habitual de amigas, rodeada del murmullo constante sobre el próximo festival y los dramas típicos del pasillo, frente a ella, un cuaderno de notas permanecía abierto en una página en blanco, con la punta de su bolígrafo apoyada sobre el papel, creando una pequeña mancha de tinta que se extendía lentamente.

Margaery no escuchaba. En su mente, el sonido del motor a punto de explotar y la sensación de las manos de Lincoln sobre las suyas en la camilla de la enfermería se repetían en un bucle infinito. Podía ver su cara de terror, su preocupación genuina y, luego, la frialdad cortante con la que la había echado de su lado.

—… y por eso creo que el azul eléctrico sería mejor para el stand, ¿no crees, Marge? —la voz de una de sus amigas, una chica entusiasta llamada Sarah, rompió la burbuja.

Margaery parpadeó varias veces, dándose cuenta de que todas la estaban mirando, esperando una respuesta.

—¿Eh? Sí, el azul es un color con una longitud de onda muy estable —respondió ella de forma automática, tratando de recuperar su compostura.

Las chicas intercambiaron una mirada de preocupación. Kendall, que siempre había sido la más observadora del grupo, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—Marge, has estado mirando esa mancha de tinta los últimos diez minutos sin parpadear —dijo Kendall con suavidad—¿Qué te pasa? Estás en Júpiter.

Margaery forzó una pequeña sonrisa, la clase de gesto ensayado que usaba cuando no quería que nadie rascara bajo la superficie. Se pasó una mano por el cabello, asegurándose de que cada mechón estuviera en su sitio, aunque por dentro se sentía desmoronada.

—No es nada, chicas, de verdad —dijo, cerrando el cuaderno con un golpe seco—Todo está bien, es solo que no he podido dormir bien esta noche. El proyecto del festival me tiene un poco agotada, ya saben cómo es mi padre con los plazos.

—Tienes unas ojeras que ni el mejor corrector de Kendall puede ocultar —añadió otra de sus amigas, frunciendo el ceño—¿Segura que solo es el proyecto? Desde lo que sucedió en el laboratorio de ayer te ves diferente.

—Solo fue el susto del accidente —mintió Margaery, sintiendo que la nueva chaqueta de Lincoln que ahora descansaba en su casillero le pesaba en la conciencia—El insomnio es una variable común ante el estrés académico, no se preocupen, esta noche tomaré un té y estaré como nueva mañana.

Mientras sus amigas continuaban hablando, Margaery desvió la mirada hacia la entrada de la cafetería. Justo en ese momento, Lincoln entraba con su paso arrogante, rodeado de su grupo, por un breve segundo, sus ojos se cruzaron en la distancia. No hubo burlas, ni gestos, solo una fracción de segundo de un reconocimiento doloroso.




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