La única constante

16. Punto de no retorno

El silencio que siguió fue absoluto. Margaery sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del taller. Pensó en su propia madre, en Elena, y en lo perfecta y predecible que era su vida comparada con el abismo que acababa de abrirse bajo los pies de Lincoln.

—Lincoln —susurró ella, sin saber qué decir.

¿Cómo consuelas a alguien que acaba de descubrir que su vida es una mentira desde hace quince años?

—Dijo que ha vuelto a Kranthos —Lincoln soltó una risa seca, carente de humor—He pasado toda mi vida intentando ser alguien de quien mi padre estuviera orgulloso, intentando llenar el vacío de una madre que creía que era un ángel en algún lugar. Y ahora resulta que es una persona real, caminando por estas mismas calles, y ni siquiera se ha molestado en llamarme.

Margaery vio la vulnerabilidad en él, la grieta en la armadura del genio rebelde, instintivamente, quiso acercarse y poner una mano en su hombro, pero se detuvo. Sabía que Lincoln no buscaba lástima; buscaba un ancla.

—Si ella ha vuelto ahora, debe haber una razón, Lincoln —dijo ella con firmeza, tratando de inyectar algo de lógica en el caos de él—Las personas como nosotros no hacen movimientos al azar, si está aquí, es por algo.

Lincoln la miró por fin, y por un segundo, Margaery vio al niño perdido detrás de la máscara de Myers.

—Eso es lo que me asusta, Morgan. Que la razón sea algo que no quiero conocer y que eso cambie mi vida.

Margaery sintió que algo dentro de ella se quebraba al ver a Lincoln así. No era el genio arrogante que la desafiaba en los exámenes, ni el chico cínico que se burlaba de las reglas; era simplemente un joven que acababa de descubrir que el suelo bajo sus pies era de cristal.

Por primera vez, las leyes de la física y la ingeniería no le sirvieron para entender qué hacer. Así que, movida por un impulso que desafiaba toda su lógica de hija perfecta de los Morgan, dio los dos pasos que los separaban.

Sin decir una palabra, Margaery rodeó a Lincoln con sus brazos, fue un abrazo firme, un intento de ofrecerle un ancla en medio de la tormenta que él estaba viviendo. Que no estaba solo en medio de su tormento, y que al igual que ella, él podía confiar.

Lincoln se quedó rígido al principio, como si su sistema hubiera sufrido un cortocircuito, pero, tras un segundo de duda, dejó caer su cabeza pesadamente sobre el hombro de Margaery, permitiéndose ser sostenido. No hubo palabras, solo el sonido de sus respiraciones y el zumbido distante de la maquinaria del taller, en ese abrazo, la rivalidad de años se disolvió, dejando paso a una empatía humana que ninguno de los dos sabía que podía sentir por el otro.

Cuando finalmente se separaron, el aire entre ellos se sentía diferente, más ligero pero cargado de una electricidad nueva. Margaery se apartó un poco, sintiendo el calor subiendo por su cuello, e intentó recuperar su compostura profesional mientras empezaba a recoger sus últimas cosas.

—Gracias, Morgan —murmuró Lincoln, dándole la espalda para que ella no viera el rastro de vulnerabilidad en sus ojos y el leve sonrojo que apareció en su rostro— Yo realmente necesitaba eso.

—No te preocupes, Myers —respondió ella, con la voz un poco temblorosa—Los sistemas bajo demasiada presión necesitan una válvula de escape. Es física simple.

Caminaron hacia la salida en silencio, apagando las luces del taller una a una. Al llegar a la puerta pesada de metal que daba al estacionamiento, Lincoln se detuvo y sostuvo la puerta para ella, Margaery cruzó el umbral, pero antes de que pudiera avanzar hacia el coche que la esperaba, escuchó la voz de Lincoln, clara y decidida.

—Margaery, espera.

Ella se giró, envuelta en el aire frío de la noche. Lincoln estaba allí, bajo el marco de la puerta, con la luz amarillenta del pasillo silueteando su figura, se armó de valor, inhalando profundamente como si fuera a sumergirse en aguas profundas.

—Solo quería que supieras una cosa antes de irnos —dijo Lincoln, mirándola directamente a los ojos con una honestidad que la desarmó—Aunque siempre nos hemos lanzado cuchillos y competido por cada decimal nunca te vi como una enemiga, de hecho, fuiste la única razón por la que este lugar no me pareció un aburrimiento total.

Sin esperar una respuesta, Lincoln le dio media vuelta y desapareció en la penumbra del pasillo interior, dejando que la puerta se cerrara con un golpe sordo.

Margaery se quedó allí de pie, bajo la luz de la luna, sintiendo cómo sus mejillas se encendían en un rubor intenso que no podía culpar al frío, sus palabras resonaban en sus oídos, rompiendo la última barrera que ella misma había construido.

—Vaya —susurró para sí misma, tocándose la mejilla caliente—Eso no estaba en los planes

***

Margaery se encontraba en su habitación, rodeada de planos de ingeniería, libros de cálculo y un orden que, por primera vez en su vida, le resultaba asfixiante, se había cambiado por su pijama, pero el sueño era un concepto físico inalcanzable.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión del hombro de Lincoln contra el suyo y escuchaba su voz confesando que nunca la había visto como una enemiga.

—Concéntrate, Margaery —se regañó a sí misma, sentada en el borde de su cama—Es solo una fluctuación emocional debida al estrés del festival.

Pero su mano, casi por voluntad propia, buscó el teléfono en la mesita de noche. Desbloqueó la pantalla y abrió el chat de Lincoln, la última interacción eran datos técnicos sobre la aleación de titanio de hacía días, el cursor parpadeaba, desafiante, esperando que ella rompiera el equilibrio.

Margaery empezó a escribir, borrando y reescribiendo compulsivamente:

Margaery: Lincoln, espero que estés bien. Lo que dijiste en el taller, yo también siento que no somos enemigos. (Borrado, demasiado sentimental).

Margaery: Sobre lo de tu madre, si necesitas ayuda para investigar en los archivos de mi familia, cuenta conmigo. (Borrado, demasiado entrometido).




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