La única constante

18. Herederos en fuga

Carolina se puso en pie con una gracia felina y se acercó a Lincoln, él retrocedió un paso, pero ella le puso una mano en la mejilla; estaba fría como el mármol, pero firme.

—Mis pequeños, mis valientes hijos —dijo Carolina, y su voz sonaba como una melodía ensayada durante años—Sé que me odian, sé que el silencio ha sido un veneno para ustedes, pero deben saber que cada segundo de estos quince años ha sido un sacrificio por su seguridad.

—¿Seguridad? —estalló Lincoln, apartando la mano de ella de un golpe— ¡Me dejaste creer que estabas muerta! ¡Dejaste que creciera en la miseria mientras tú-!

—Mientras yo protegía un Reino, Lincoln —lo interrumpió ella con una autoridad que lo hizo callar—No desaparecí porque no los amara, desaparecí porque soy la heredera al trono de Wester. Fui llevada de vuelta a mis tierras para asegurar la corona, para evitar que mis enemigos los usaran a ustedes como peones para destruirme.

Lincoln y Luke escuchaban, hechizados por la magnitud de la historia o quizás por la locura que suena las palabras de su ‘madre’, Carolina suspiró, con una expresión de suma tristeza al ver que sus hijos la miran como una extraña, así que, manteniéndose en pie, con sus manos entrelazadas frente a ella hablo con suavidad.

—Soy una Princesa que tuvo que convertirse en Reina en la soledad más absoluta —continuó— Pero ahora el trono es mío, el peligro ha pasado. He vuelto para reclamar lo que es mío, y eso los incluye a ustedes, Lincoln, Luke, no son huérfanos, son Príncipes de Wester y es hora de que empiecen a vivir como tales.

Luke miró a Lincoln con una mezcla de miedo y esperanza, pero Lincoln sentía que algo no encajaba, la historia era demasiado perfecta, demasiado brillante. Era como una historia que no tenía nada que ver con él, era irónico. Miró a su abuela, pero Mónica bajó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.

—Mañana en el festival, el mundo sabrá quiénes son los Myers —sentenció Carolina—Prepárense, el tiempo de esconderse en las sombras de Kranthos ha terminado mis niños.

Luke se acerco a ella y cuando Carolina extendió sus brazos él la abrazo con fuerza, en cambio Lincoln salió de la sala y se encerró en su cuarto, mareado. Pasó de ser un marginado a un príncipe en diez minutos, pero mientras miraba por la ventana, no pensó en coronas ni en tronos, pensó en Margaery. Si él era un príncipe de un reino lejano y ella era una Morgan, el muro entre ellos acababa de transformarse en algo mucho más peligroso: una frontera internacional.

No era como si su nuevo estatus le impida a estar con ella, Lincoln coloco una mano en su corazón al darse cuenta de algo, un sonrojo apareció en su rostro, antes de esconderse en las almohadas de su cama.

En la sala, la atmósfera en la pequeña sala de Mónica se volvió irrespirable, la revelación de Carolina no era solo una noticia; era una orden de demolición para todo lo que Lincoln y Luke conocían, ella se sentó con su hijo al lado quien le preguntaba sobre su vida en la realeza.

—No pueden quedarse aquí ni una noche más —sentenció Carolina, recorriendo con una mirada de sutil desprecio las paredes descascaradas—Este lugar ha cumplido su propósito como refugio, pero un príncipe no duerme entre goteras y recuerdos de pobreza. Empaquen lo esencial, nos mudamos a la residencia oficial que he dispuesto en esta ciudad.

Luke, abrumado por la presencia de esa mujer que desprendía un aura de poder casi místico, asintió mecánicamente, Mónica fue en busca de su nieto para darle la información, Lincoln se plantó en medio de la sala, con los brazos cruzados y los ojos encendidos.

—¿Mudarnos? ¿Así de fácil? —soltó Lincoln, con la voz cargada de escepticismo—Apareces después de quince años con una historia de castillos y coronas y esperas que hagamos las maletas. Tengo preguntas, madre.

Carolina se giró hacia él, lejos de molestarse, le dedicó una sonrisa gélida pero orgullosa. —Adelante, Lincoln, la curiosidad es el rasgo de un heredero, pregunta.

—Si eres una reina y somos tan importantes ¿por qué me dejaste aquí con una abuela que apenas podía pagar las facturas? —preguntó Lincoln, dando un paso al frente— ¿Por qué separarnos? ¿Por qué otra persona crio solo a mi hermano y mi abuela solo a mí? ¿Y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado en Kranthos para que decidas salir de tu escondite?

Carolina entrelazó sus dedos enjoyados, midiendo cada palabra, sabía que a Lincoln no podía alimentarlo solo con fantasías; necesitaba lógica, aunque fuera una lógica manipulada. Quizás eso se deba a que salió idéntico a su padre, desconfiando, pero moldeable, ella sonrió.

—Te dejé aquí porque el Reino de Wester estaba en una guerra civil silenciosa, Lincoln —mintió con una fluidez aterradora—Si los traidores hubieran sabido que Owen, su padre, tenía herederos, habrían enviado asesinos, no cartas. Mónica y Carlos eran mi única garantía de que crecerían como chicos normales, lejos de los venenos de la corte y sobre el por qué ahora —Carolina se acercó a él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto compartido—Porque mis enemigos finalmente han sido derrotados. El trono es seguro y porque he visto lo que has construido en ese taller, tu genio, Lincoln, es la tecnología que Wester necesita para liderar el siglo. No podía dejar que ese talento se desperdiciara en una ciudad que te trata como a un paria.

Lincoln la miró fijamente, había algo en su tono que resonaba con su propia ambición, con su deseo de ser reconocido, era la mentira perfecta: una que le daba una razón noble a su abandono y un propósito brillante a su futuro.

Minutos después, la escena era surrealista. Hans, el guardaespaldas de su madre, cargaba un par de mochilas viejas —lo único que Lincoln y Luke quisieron llevar— en el maletero de una de las limosinas negras, Mónica subió al primer coche con Luke, quien miraba por la ventana con los ojos muy abiertos, como si estuviera entrando en un cuento de hadas.




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