El refugio era un pequeño claro cerca de los acantilados, donde una vieja cabaña de vigilancia forestal abandonada servía de santuario, lejos de las sirenas, de los flashes de las cámaras y de los gritos de sus madres, el mundo finalmente guardó silencio.
Esa noche, el cansancio los venció. No hubo planes de huida, ni conspiraciones, ni física cuántica, simplemente se envolvieron en un par de mantas viejas que Lincoln guardaba en el compartimento de la moto y durmieron uno al lado del otro, protegidos por el susurro de los árboles. El caos que habían dejado atrás —el gimnasio a oscuras, Carolina humillada, Elena furiosa— parecía pertenecer a otra dimensión.
Durmieron tomados de la mano, con sus corazones unidos, esperando un nuevo amanecer y así cuando el sol de la mañana se filtró por las rendijas de la madera, Margaery se despertó con el sonido de los pájaros y el suave crepitar de una pequeña fogata que Lincoln había encendido afuera.
Salió de la cabaña frotándose los ojos. Ya no quedaba rastro de la chica perfecta, no con esas pintas que lleva, tenía puesta la chaqueta del traje de Lincoln sobre su vestido de gala destrozado, y su cabello era un nido de nudos que tardaría tiempo en arreglar. Se sentó en un tronco caído junto a él.
—Buenos días, Princesa —dijo Lincoln con un tono burlón, aunque sus ojos reflejaban una ternura que nunca habría admitido hace meses. Le tendió una taza de metal con café recalentado.
—Cállate, Myers —respondió ella con una sonrisa cansada, aceptando la taza— Mis padres me van a matar, o peor, me van a enviar a un internado en Suiza.
Lincoln se río, mirando hacia el horizonte donde la neblina cubría la ciudad. —Si sirve de algo, mi madre probablemente esté planeando una invasión militar para recuperarme. Pero hey, al menos el motor funcionó.
Se quedaron en silencio un momento, procesando la magnitud de lo ocurrido, hace apenas unos meses, eran extraños que se odiaban por un decimal en un examen.
—Es increíble, ¿sabes? —comentó Margaery, mirando el vapor de su café—En septiembre solo me preocupaba entrar en el MIT y superar los récords de mi padre, ahora estoy huyendo en una moto con el chico que más detestaba, descubriendo que mi madre ha cambiado de repente y que tú eres un príncipe de un reino que probablemente ni siquiera aparezca en Google Maps.
—Todo ha cambiado demasiado rápido —asintió Lincoln, clavando una rama en las brasas—Pasamos de pelear por ser el número uno a ser los únicos que se entienden. Lo de anoche, el holograma, el beso, la huida. Fue la primera vez que sentí que el motor de mi vida no estaba bajo el control de nadie más.
Margaery lo miró de reojo. —¿Crees que podemos volver, Lincoln? ¿O acabamos de romper Kranthos para siempre?
—Creo que hemos roto su Kranthos —corrigió él, volviendo su mirada hacia ella—La de las apariencias y los secretos. Lo que pase a partir de ahora será nuestra propia investigación, pero Marge, sí vamos a hacer esto, si vamos a ser un equipo de verdad, no puede haber más secretos. Ni de mis títulos reales, ni de los archivos ocultos de los Morgan.
Margaery extendió su mano y la puso sobre la de él. El contacto, bajo la luz del sol, se sentía sólido y real.
—Acuerdo aceptado, sin secretos, solo ciencia y lo que sea que esto sea entre nosotros.
Lincoln apretó su mano, sintiendo que, por primera vez, el futuro no era una ecuación que debía resolver, sino un camino que quería recorrer, pero justo cuando la paz parecía total, el teléfono satelital que Lincoln había tomado prestado del coche de Carolina empezó a vibrar con un mensaje cifrado que solo decía: "El Consultor ha llegado. El juego real comienza ahora".
Lincoln frunció el ceño mientras miraba la pantalla del teléfono satelital. El mensaje parpadeaba con una luz roja persistente, no era un mensaje estándar; el código de encriptación era una mezcla de tecnología militar de Wester y algo que le resultaba extrañamente familiar a Margaery. Ella lo miro con una ceja arqueada.
—Qué es eso. —pregunto ella en voz baja como si fuera un secreto que no debía ser escuchado.
—Un teléfono. —Respondió mostrándole el aparato con una sonrisa divertida.
Margaery rodo los ojos. —Se que es un teléfono genio, pero no es tuyo, ¿de dónde lo sacaste?
—Lo tome en el carro de mi madre, me dio curiosidad y lo tome prestado, no me acordaba que lo tenía encima.
—Déjame ver eso —dijo ella, tomando el dispositivo. Sus dedos volaron sobre la pantalla táctil, entrando en el modo de depuración del sistema—Este protocolo de seguridad solo he visto algo así en los archivos más antiguos de mi padre, es un cifrado de doble entrada que utiliza la constante de Planck como clave dinámica.
—¿En español, Marge? —preguntó Lincoln, inclinándose sobre su hombro.
—Significa que quien envió esto no es solo un burócrata de tu madre, es un científico de élite. Alguien que conoce los secretos de mi familia y de la tuya.
Margaery logró rastrear el origen del mensaje. No venía de la mansión Morgan, ni de la embajada improvisada de Carolina, la señal rebotaba desde un búnker subterráneo ubicado en las coordenadas exactas de lo que solía ser un antiguo laboratorio de investigación forestal, supuestamente destruido en un incendio hace décadas.
—Mira la firma del remitente en el metadato —susurró Margaery, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana.
En la esquina inferior de la pantalla, oculto tras capas de código, apareció un nombre que hizo que a Margaery se le cayera la taza de café al suelo, astillándose contra una piedra.
"S. MORGAN - UNIDAD DE CONSULTORÍA"
—No puede ser —jadeó ella, palideciendo—es mi tío Samuel.
Lincoln se quedó helado, sabía quién era por las historias que leía en internet de la familia Morgan. Samuel Morgan era hermano mayor, de Roland y Zenia, de quien se decía que había fallecido en extrañas circunstancias cuando Roland tenía 9 y Zenia 6 años, fue el primer científico capaz de encontrar la cura sobre el cáncer, pero como toda conspiración decían que el gobierno lo había silenciado, ya que de un día para otro el murió.
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rivalidad intelectual en el instituto, enemies to lovers y juegos mentales, secretos familiares y conspiración
Editado: 14.08.2026