La única constante

22. Arquitectos del destino

En ese momento, las luces de un convoy negro aparecieron en el camino del mirador, dos coches se detuvieron a pocos metros. De uno bajó Carolina, con su rostro consternado por la desesperación, del otro bajo Elena, con la mirada fija en su hija.

Lincoln guardó el diario de su padre en su bolsillo donde lo encontró, mirando a amabas mujeres con frialdad, ya no era el chico rebelde que buscaba problemas, ni el príncipe de juguete de Carolina, era un chico joven con un propósito.

—¡Lincoln, entrega la clave ahora mismo! —gritó Carolina, acercándose—¡El búnker está colapsando y la tecnología de Wester está en riesgo!

—No hay ninguna tecnología de Wester, madre —respondió Lincoln, caminando hacia ella con una calma que la dejó helada—Solo hay un motor que responde a la verdad y ustedes nunca han dicho una verdad en sus vidas.

Margaery se puso al lado de Lincoln, cruzando los brazos. —Se acabó, mamá. El Proyecto Puente está bloqueado y la única forma de que Kranthos no vuele por los aires por la inestabilidad que ustedes crearon, es que nos escuchen.

La tensión en el mirador era tan densa que parecía distorsionar la luz de los faros. Carolina y Elena, dos de las mujeres más poderosas que Kranthos había conocido, se veían pequeñas bajo la mirada inquebrantable de sus hijos. El mensaje de Owen no solo les había dado la clave técnica; les había dado la autoridad moral para terminar el juego en que estaban sin su consentimiento.

Lincoln dio un paso al frente. —No vamos a negociar, madre —dijo Lincoln, dirigiéndose a Carolina— Y tú tampoco, Elena. El Proyecto Puente es inestable porque está alimentado por sus mentiras, la única forma de que el núcleo no colapse y arrastre a toda la ciudad al vacío, es que nos den el control total, pero con condiciones.

Margaery, con la frialdad analítica de los Morgan y el fuego de los Myers, dio un paso al frente y enumeró los términos con una voz que no admitía réplicas:

—Primero, renuncia al trono, Carolina. Regresa a Wester de inmediato y firmar una abdicación formal de cualquier influencia sobre Lincoln y su hermano, los Myers dejarían de ser peones reales para ser ciudadanos libres. Segundo, Madre, debes renunciar a la dirección de la Fundación Morgan y al patronato del instituto, yo tomare el control de los activos científicos de la familia para asegurar que la tecnología se usara para el progreso, no para el espionaje y, por último, ambas debían abandonar Kranthos antes del amanecer. Si alguna vez intentaban recuperar el motor o contactar con Samuel, Lincoln publicaría el diario de Owen, revelando al mundo que la Reina y la ingeniera eran simples cómplices de un experimento ilegal.

—¡No puedes pedirnos eso! —exclamó Elena, con la voz quebrada— ¡Lo hicimos por el futuro de la ciencia!

—Lo hicieron por su propio ego —replicó Margaery—Y ahora, la ciencia les pide que se aparten.

Carolina miró a Lincoln, buscando un rastro del hijo que pudiera manipular, pero solo encontró los ojos de Owen, derrotada por la misma lógica que intentó usar como trampa, asintió levemente.

—Sin embargo, si renuncio a la corona, quien tomara el trono seria Lincoln, por ley es el heredero y eso no se puede renunciar. O soy la Reina o él será el nuevo rey, eso es lo único que les digo.

Lincoln quería protestar, pero Margaery lo detuvo con una mirada. —Bien, lo del heredero se puede solucionar, pero mis condiciones se cumplen.

Carolina vio por ultima vez a su hijo, luego se metió dentro del carro, sabia que, aunque una cosa no salió bien, el futuro de sus hijos por lo menos será un éxito, todo lo que hizo en ese reino, ya no será su problema, al menos una cosa salió bien.

Elena, sabia que su marido ya no estaba para protegerla y que su hija la había superado, bajó la cabeza, se subió al carro y le pidió que la llevaran lejos, su vida termino arruinada, ahora ya no tiene ni esposo ni hija a la cual convivir, solo quedan sus proyectos y su inteligencia para seguir adelante.

Lincoln y Margaery regresaron al búnker una última vez. Con las madres lejos de ellos y bajo la custodia de Hans (quien, en un giro final, decidió que su lealtad estaba con los chicos y no con la corona), entraron en la terminal. Lincoln insertó el diario de Owen en la ranura de lectura del núcleo. Margaery tecleó el código final, la frecuencia de la sincronía genuina, el zumbido errático se transformó en una nota musical pura, la luz roja del búnker se volvió de un azul suave y estable.

El portal no se abrió para traer reyes ni ejércitos o lo que sea que traería; se cerró para siempre, sellando la anomalía de Kranthos, Lincoln y Margaery salieron de ahí, buscaron un poco si había señales de Samuel, pero solo hacia escombros y las fotos yacían rotas, quemadas o perdidas. Margaery tomo un aceite regando por todos lados, sobre papeles, folders, cartones, sobre todo, se acercó a Lincoln y asintió con la cabeza.

Con un chasquido el fosforó encendió, el rubio lo tiro lejos con todas sus fuerzas, encendiendo todo el lugar, salieron de ahí, dejando al olvido ese bunker lleno de información y secretos que jamás volverán a leerse. Lincoln se subió nuevamente a la moto, miro a su nuevo ‘amigo’ y solo asintió y con Margary detrás volvieron al mirador. Se quedaron mirando como el cielo se empezaba a oscurecer.

—Lo logramos —susurró Margaery, apoyando su cabeza en el hombro de Lincoln—Somos libres.

—Y somos los dueños del taller más avanzado del mundo —sonrió Lincoln, guardando la brújula de Roland en su bolsillo—Aunque creo que después de esto, me vendría bien un descanso de la ingeniería por lo menos unas veinticuatro horas.

Margaery rió, tomándolo de la mano. —¿Solo veinticuatro? Tenemos una ciudad que reconstruir, Lincoln y esta vez, lo haremos con planos que todos puedan ver.

Lincoln se acerco a ella nuevamente, besando sus labios con suavidad y dulzura, que hizo sonreír a Margaery que coloco sus brazos alrededor de su cuello, disfrutando el momento. Se separaron y se fueron a sentar con cuidado en el borde del acantilado del mirador, con las piernas colgando hacia el vacío.




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