Margaery llegó a la mesa del rincón más apartado de la biblioteca con las mejillas todavía algo encendidas, pero con una chispa de determinación en la mirada que Lincoln detectó al instante. Él estaba allí, con el suéter azul marino en la silla, solo estaba con la camisa blanca con las mangas arremangadas, tenía el ceño fruncido sobre un libro de cálculo avanzado, ignorando a un grupo de segundo que lo miraba desde lejos como si fuera una exhibición de museo.
—Al fin llegas, Morgan —dijo Lincoln, girando una pluma entre sus dedos con destreza—Estaba a punto de empezar a derivar funciones en las paredes por aburrimiento.
—Lo siento, me entretuve redefiniendo conceptos —respondió ella, sentándose frente a él y sacando un arsenal de resaltadores, post-its de colores y una libreta con un orden milimétrico—Pero si queremos esa beca, tenemos que ser eficientes, no basta con ser genios, hay que ser sistemáticos.
Lincoln soltó una carcajada burlona. —¿Sistemáticos? Marge, yo veo el problema, la solución aparece en mi cabeza y la escribo. Es flujo puro, no necesito pegatinas de colores para saber que la entropía de un sistema cerrado siempre aumenta.
Dos horas después, la confianza de Lincoln empezaba a agrietarse, Margaery no solo estudiaba; ella operaba la información como si estuviera realizando una cirugía de alta precisión.
—No, Lincoln. No puedes saltarte los pasos intermedios solo porque es obvio —dijo ella, golpeando suavemente el papel con su bolígrafo—Si el evaluador de la beca no ve el desarrollo lógico, pensará que lo has hackeado. Ahora, repite el ciclo Pomodoro, veinticinco minutos de concentración absoluta, cinco de descanso, y cambia el color del subrayado para las variables dependientes.
—¿Ciclo qué? ¡Llevo tres cafés y mi cerebro va a mil por hora! —protestó Lincoln, pasándose las manos por el pelo, que ahora estaba totalmente desordenado—Me estás obligando a organizar mis pensamientos en cajitas, Marge ¡Es agotador! Es más fácil pelear con un guardia de mi madre que seguir tu código de colores.
Margaery soltó una risita triunfal, disfrutando de ver al príncipe del caos derrotado por un paquete de notas adhesivas.
—Se llama disciplina, Myers. Tu mente es un motor sin frenos; yo solo estoy instalando la transmisión para que no te estrelles.
Lincoln suspiró, dejando caer la cabeza sobre el libro abierto. Miró a Margaery de reojo, ella estaba concentrada, anotando una fórmula con una caligrafía perfecta, con un mechón de su cabello rojizo cayendo sobre su cara. Recordó lo que había sentido hace tiempo y lo que ella le inspiraba ahora: no era solo admiración por su cerebro, era esa paz extraña de haber encontrado a alguien que podía seguirle el ritmo y, a la vez, frenarlo cuando era necesario.
—Está bien, tú ganas —murmuró Lincoln, incorporándose un poco—Usaré el resaltador naranja para las termodinámicas, pero a cambio —alcanzó la mano de ella por encima de la mesa, entrelazando sus dedos— tienes que admitir que mi método de intuición salvaje nos salvó la vida un par de veces.
Margaery dejó de escribir, sintió el calor de su mano y recordó la pregunta de Kendall ¿Lo amas? Retumbo en su cabeza, el corazón le dio un vuelco.
—Tu intuición nos salvó la vida, Lincoln —admitió ella en voz baja, sosteniéndole la mirada—Pero mi método es el que nos va a dar una vida nueva.
Lincoln sonrió de lado, esa sonrisa auténtica que solo ella conocía. Por un momento, la biblioteca, los susurros de los alumnos y el peso de sus apellidos desaparecieron, solo eran dos chicos compartiendo un sueño y un montón de libros.
—Supongo que por eso somos un equipo —dijo él—El motor y la transmisión.
De repente la bibliotecaria le dejo un sobre sobre la mesa de ellos quienes estaban confundidos, no tuvieron tiempo de preguntarle antes que ella se alejara con una reverencia.
Raro, pensaron ambos.
Lincoln abrió el sobre de papel kraft con cautela, esperando el informe de su madre o una advertencia de Roland, sin embargo, lo que extrajo fue un documento de pergamino grueso, con el sello de lacre rojo de la Cancillería Real de Wester.
Margaery se inclinó sobre la mesa, olvidando por un segundo lo que estaba haciendo.
—No es un mensaje de tu madre —susurró ella, leyendo por encima de su hombro—Es un extracto de fideicomiso.
Lincoln recorrió las líneas con incredulidad. La carta explicaba que, aunque Carolina había sido exiliada y su influencia política en la ciudad revocada, las leyes de sucesión de Wester eran inamovibles. Como primogénito, Lincoln tenía acceso a una cuenta de herencia legítima que su padre—el anterior rey— había blindado contra los caprichos de Carolina.
—Mi padre no era un Rey, era un científico. —Menciono frunciendo el ceño mirando el documento.
—¿Padrastro quizás? Si tu madre se caso con un rey, teóricamente no eres realmente el heredero, pero si ella hizo algo para que lo seas, significa que tienes otro padre. —cuestiono la pelirroja sin saber que más decir.
—Es una fortuna, Marge —dijo Lincoln, con la voz un poco hueca—El fondo educativo es suficiente para cubrir diez doctorados en la universidad más cara del mundo y sobra para una casa, un laboratorio privado y —miró la cifra total y tragó saliva— básicamente cualquier cosa que queramos.
El silencio se apoderó de su rincón en la biblioteca, la presión de las becas, las noches sin dormir estudiando bajo la luz de una linterna y la incertidumbre del futuro podían desaparecer en ese mismo instante. Solo tenían que firmar un papel y aceptar el oro de un reino que habían rechazado, Margaery miró sus notas adhesivas y sus libros usados, luego miró a Lincoln.
—Podríamos irnos mañana —dijo ella, con una mezcla de asombro y duda—No más exámenes, no más peleas por subsidios, podrías comprar el MIT si quisieras.
Lincoln guardó la carta en el sobre, pero no con alegría, sino con una expresión pensativa. Miró sus manos, todavía manchadas de la tinta de los resaltadores de Margaery.
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Editado: 31.08.2026