A lo lejos, vieron a un Theodore furioso, pateando inútilmente el panel eléctrico antes de ser escoltado fuera por los guardias de seguridad tras ser delatado por las luces que parpadeaban señalándolo.
Lincoln soltó un suspiro largo, mirando cómo el pequeño villano desaparecía por la puerta.
—Theodore nunca cambiará —dijo Lincoln, volviendo a centrar sus ojos en Margaery con una sonrisa cansada pero satisfecha—Siempre tratando de apagar el fuego ajeno en lugar de encender el suyo propio, es un error de sistema persistente.
Margaery apoyó la cabeza en el hombro de Lincoln, dejando que la música —que ahora sonaba a través de los altavoces secundarios que ella misma había activado— los guiara hasta el final de la noche.
—Déjalo, Lincoln —susurró ella—En nuestro universo, él ya no es más que ruido de fondo.
Bajo las luces que ellos mismos habían diseñado, el baile terminó no con un aplauso, sino con la certeza de que, sin importar quién intentara apagarles la luz, ellos siempre encontrarían la forma de brillar más fuerte.
Mientras el gimnasio del instituto retumbaba con la música y las luces estroboscópicas, Lincoln tomó la mano de Margaery. Por un momento, su mirada se cruzó con la de Kendall, Abigail y Steven, que estaban cerca de la mesa de ponche, Kendall le guiñó un ojo y Abigail levantó un pulgar en señal de aprobación. Lincoln, a pesar de estar en su mejor apariencia y su aire de príncipe rebelde, tenía las manos ligeramente húmedas; un detalle que solo Margaery notó.
—Salgamos de aquí, Morgan. Hay demasiado ruido y poca ciencia —susurró Lincoln.
La guio por los pasillos vacíos hasta la parte trasera del campus, donde un pequeño lago artificial, rodeado de sauces llorones, reflejaba la luna plateada. El sonido de la fiesta se convirtió en un eco lejano, reemplazado por el croar de las ranas y el susurro del viento.
Lincoln se detuvo bajo el sauce más grande, el resplandor de los drones que aún orbitaban a lo lejos iluminaba su rostro, revelando una tensión que nunca mostraba frente a los demás.
—Margaery—empezó, y su voz, siempre tan segura y cargada de sarcasmo, tembló por primera vez—He pasado toda mi vida construyendo muros. Muros para que mi madre no me controlara, muros para que la ciudad no me juzgara, muros para sobrevivir.
Margaery lo miraba fijamente, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que pensó que su vestido se volvería de fibra óptica y empezaría a parpadear frenéticamente.
—Pero tú —continuó Lincoln, dando un paso hacia ella—Tú entraste en mi vida y derribaste cada uno de esos sistemas de seguridad sin siquiera usar una herramienta. Solo siendo tú, solo con tu lógica, tu terquedad y esa forma en la que miras el mundo como si fuera un rompecabezas que vale la pena resolver.
De repente, Lincoln hizo algo que nadie en Kranthos —ni siquiera la propia Carolina— hubiera imaginado jamás. El chico que no se doblegaba ante nadie, el heredero del trono de Wester, se puso de rodillas sobre la hierba húmeda.
Sacó una pequeña caja metálica, pero no contenía un anillo de diamantes de la corona, ni tampoco un anillo de compromiso, muy joven para ese paso en su vida, sino que dentro había un pequeño componente electrónico bañado en oro, una pieza esencial del motor que habían diseñado juntos, grabada con sus iniciales.
—Margaery Morgan —dijo Lincoln, mirándola a los ojos con una honestidad desgarradora—no quiero irme a esa universidad solo como tu socio o tu compañero de laboratorio. Quiero ser el que te tome la mano cuando los experimentos fallen y el que celebre contigo cuando descubras algo que cambie el mundo. No sé mucho de protocolos reales, pero sé lo que siento por ti ¿Puedo ser tu novio?
Margaery sintió que las lágrimas empañaban sus gafas. El silencio del lago se llenó de una emoción que ninguna ecuación podría describir, se arrodilló frente a él, quedando a su misma altura, y le tomó el rostro con ambas manos.
—Lincoln Myers —dijo ella con la voz quebrada pero firme—Mi lógica dice que somos un desastre estadístico, de dos familias enemigas, con un búnker explotado y un exilio voluntario creado por nosotros, pero mi corazón dice que eres la única constante en la que quiero creer. Sí, mil veces sí.
Se abrazaron allí mismo, en la orilla del lago, mientras los drones en el cielo formaban un pequeño corazón de luz azul que solo ellos dos podían ver desde esa posición.
—¿Estás bien? —preguntó Margaery después de un rato, notando que Lincoln soltaba un suspiro de alivio profundo—Estabas temblando.
—Morgan, he desactivado bombas y he escapado de agentes internacionales —rio Lincoln, ayudándola a levantarse mientras le ponía su chaqueta sobre los hombros— pero pedirte que fueras mi novia ha sido, por mucho, la misión más aterradora de mi vida.
Ella se rio por su intento de broma y después del momento en el lago, Lincoln y Margaery regresaron al gimnasio, pero no para unirse al baile lento bajo la bola de espejos, sino para una despedida. Lincoln divisó a su antiguo grupo en las sombras de las gradas traseras, chicos con chaquetas de mezclilla y botas gastadas que no encajaban con la seda y el tul de la graduación.
—Espera aquí un segundo, Marge —dijo Lincoln con suavidad.
Margaery asintió comprendiendo la situación, él se acercó y le dio un beso en la frente antes de irse hacia ellos, Margaery se quedó viendo cómo Lincoln caminaba hacia ellos. Ya no caminaba con la cabeza gacha o buscando pelea; caminaba con la espalda recta, con la calma de alguien que ha encontrado su centro.
Theodore estaba allí, apoyado contra la pared, intentando mantener su máscara de desprecio, pero los demás se enderezaron cuando Lincoln se acercó.
—Pensamos que ya te habías ido en un carruaje de oro, Alteza—soltó uno de los chicos, aunque había una sonrisa genuina tras la broma.
—Sabéis que el oro no sirve para arreglar carburadores —respondió Lincoln, chocando los puños con ellos—Escuchad, me voy mañana, pero no me voy porque el apellido Myers me lo exija, ni porque los Morgan me hayan convencido. Me voy porque por fin sé quién soy fuera de todo este caos.
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rivalidad intelectual en el instituto, enemies to lovers y juegos mentales, secretos familiares y conspiración
Editado: 31.08.2026