La Unión De Reinos || Reinos Ii

CAPITULO 1

Escapé.

Corrí lejos de ese enorme palacio de paredes oscuras y frías, como si alejarme de él pudiera arrancarme también todo lo que había dejado dentro.

Pero no escapé del maldito reino.

No.

Porque seguía en Irkoria.

El mismo reino que me recordaba, a cada segundo, todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Las decisiones absurdas que tomé. Las guerras emocionales que peleé por algo que jamás me perteneció realmente. Algo que ni siquiera alcancé a sostener entre mis manos antes de verlo desmoronarse.

Tal vez por eso me sentía tan vacía.

Como si hubiera intentado meter a la fuerza algo dentro de mí que nunca encajó.

Y ahora caminaba entre calles que ya no me miraban con extrañeza... siempre y cuando evitara los ojos de los guardias. Porque todavía existía ese miedo. Ese miedo insoportable de volver a donde tanto me costó salir.

Aunque, siendo sincera, nadie me retenía realmente.

Ni un guardia.

Ni el rey Zarek.

Lo que me mantenía atrapada era mucho peor.

Era mi propio corazón.

Ese corazón estúpido que había elegido un camino que nadie le obligó a tomar.

Pero tampoco puedo culparme demasiado.

Porque cuando amas algo... lo único que puedes hacer es esperar. Amar con todas tus fuerzas y aferrarte a la esperanza de que eso que amas sea real algún día.

Aunque termine destruyéndote.

Llevaba casi dos meses fuera.

Dos meses sobreviviendo gracias a Zarek.

Sí. Gracias a él.

Y no porque me hubiera entregado monedas o mandado guardias a buscarme. No. Sobrevivía gracias a los vestidos que me regaló una vez, burlándose de mis propias telas y de mi obsesión absurda por el color verde.

Simplemente los vendí.

Y, sin sorprender absolutamente a nadie, las prendas del rey de Irkoria eran lo suficientemente caras como para pagarme una habitación diminuta y algo de comida caliente de vez en cuando.

Por ahora, eso bastaba.

Al menos mientras seguía pensando en cómo largarme definitivamente de este reino.

Y lo haré.

Juro que lo haré.

Pequeños copos de nieve caían sobre mi cabello y mis hombros. El invierno había terminado de adueñarse de Irkoria durante los últimos días, trayendo consigo esos vientos crueles que parecían atravesar incluso las capas más gruesas.

Pero el frío no era lo que realmente me hacía sentir incómoda.

Ni sola.

Era el fin de año.

Las familias se reunían. Reían. Conversaban alrededor de mesas llenas de comida y calor.

Y mientras todos parecían tener un lugar al cual regresar... yo no sabía siquiera si la mía querría verme de nuevo.

Cada vez que imaginaba volver a Valtoria, las náuseas retorcían mi estómago.

No sabía cómo reaccionarían si me vieran caminar otra vez por esas calles. No sabía si me abrazarían... o si me mirarían como la última vez.

Porque todavía podía escuchar aquellas palabras.

Todavía podía recordar la indiferencia.

La forma en la que reaccionaron cuando Darcy preguntó por mí, como si mi desaparición no importara realmente. Como si yo fuera un problema menos dentro de la casa.

Y supongo que hay personas que simplemente no nacen con la suerte de tener una familia amorosa.

O quizá...

Quizá el problema es que nunca he sabido dónde pertenezco.

El pensamiento me golpeó tan fuerte que tuve que bajar la mirada hacia la nieve para evitar quebrarme ahí mismo.

Mi estómago volvió a revolverse.

No.

Todavía tenía a Darcy.

Mientras la tuviera a ella, el mundo aún no terminaba por completo.

Las calles estaban cubiertas de decoraciones por las festividades. Luces doradas colgaban entre los edificios y figuras enormes adornaban las plazas, muchas más de las que había visto jamás en Valtoria.

La nieve hacía que las calles fueran resbaladizas y que cada subida pareciera eterna, pero al menos esta vez no cargaba bolsas pesadas con comida barata.

Esta vez solo cargaba algo mucho peor.

Unas ganas insoportables de largarme de aquí.

Extrañaba mi hogar de una manera absurda. Extrañaba el lugar donde crecí, incluso después de todo.

Tal vez extrañaba especialmente mi cama.

Porque la de la pequeña habitación donde dormía ahora parecía hecha de piedra.

Los primeros días sola me los pasé huyendo.

Huyendo de los ojos de los guardias, de las armaduras grisáceas que lograba distinguir incluso entre la multitud, de cualquier presencia que pudiera recordarme el lugar del que acababa de escapar.



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En el texto hay: amorodio, romance, aventura

Editado: 31.08.2026

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