Volvería a casa.
Esas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza mientras terminaba de empacar las últimas cosas que ya me pertenecían del todo. Todo estaba resuelto.
Me reuniría con el hombre, me escondería en su carreta y desde ahí me llevaría hasta la frontera con Valtoria. Solo quedaba llegar a casa, nada más.
Y la sola idea de volver a ver a Darcy hacía que mi estómago se revolviera, no de mala manera, no porque estuviera nerviosa, sino porque la emoción era tanta que mi cuerpo no sabía cómo manifestarla, y terminaba por sentirse parecido al miedo sin serlo en absoluto.
Al terminar de meter mis pertenencias en la maleta mediana, eché un último vistazo a la habitación que me había resguardado por un tiempo corto, aunque hubiera jurado que fueron años. Las paredes de piedra gris, la ventana angosta que apenas dejaba entrar la luz de Irkoria, el catre duro en el que tantas noches me costó conciliar el sueño pensando en mi reino. No me llevaría nada de eso conmigo, y la sensación de alivio que me provocó pensarlo fue casi física.
Salí de allí sin mirar atrás.
Afuera, las calles de Irkoria bullían de un movimiento que nunca terminé de sentir como propio. La gente caminaba de un lugar a otro envuelta en capas oscuras, con la mirada baja y los pasos rápidos, como si el frío les hubiera enseñado a no detenerse nunca. Eran personas que pertenecían a este lugar, que se sentían en casa entre estas piedras y este cielo gris, que seguramente vivirían aquí toda su vida sin cuestionarlo siquiera. Debo admitir que verlos tan cómodos, tan dueños de su propio mundo, me provocaba un pequeño pinchazo de envidia.
En Valtoria el clima nunca fue tan despiadado. Allí el sol se filtraba entre los árboles incluso en invierno, y el aire olía a tierra húmeda y a las flores que mi madre cultivaba junto a la entrada de casa. Aquí, en cambio, el clima parecía adaptarse al humor del rey: frío, seco, y algunas veces tormentoso, como si el cielo mismo respondiera a los caprichos de Zarek. Me pregunté, no por primera vez, si Irkoria habría sido distinta bajo otro gobernante, o si esta tierra y su rey simplemente estaban hechos del mismo material helado.
Seguí caminando sin detenerme ni un instante, decidida a no perder un solo minuto más de los que ya había perdido en este lugar. Caminé durante lo que no supe cuánto tiempo fue, pero que se sintió como una eternidad completa, esquivando carretas y vendedores que gritaban precios en un acento que todavía me costaba entender del todo, hasta que finalmente llegué al punto que aquel hombre me había indicado.
La vi a lo lejos: ancha, de madera oscurecida por el uso, con la parte de atrás cubierta por una tela gruesa que ocultaba lo que fuera que transportara. Y recargado contra uno de sus costados, con los brazos cruzados y la mirada fija en la calle, estaba el hombre. Nunca me dijo su nombre —por cuestiones obvias de lo que se dedicaba—, pero a mí, sinceramente, lo único que me importaba era que pudiera sacarme de aquí.
Era alto, robusto, con una barba abundante y descuidada que le cubría buena parte del rostro, y una mirada que no invitaba a la confianza. El típico hombre del que cualquiera dudaría por instinto, porque no parecía sacado de un libro de romance ni de aventura, sino de uno al que hay que temerle. Pero como ya lo había decidido, a mí solo me interesaba que me sacara de Irkoria, y no perdería más tiempo dudando de las cosas.
—Sube —ordenó en cuanto estuve lo bastante cerca para escucharlo. Su voz era grave, áspera, como si llevara años sin usarla para nada más que dar órdenes—. ¿Traes las monedas?
Saqué la bolsita donde había estado guardando cada uno de mis zeniths, sintiendo el peso familiar contra mis dedos por última vez antes de entregársela. Cada moneda representaba semanas de sacrificio, pero valía la pena.
Hice a un lado la tela pesada que cubría la entrada de la carreta para poder subir, pero antes de poner un pie dentro me percaté de que ya había personas sentadas en el interior. Eran cuatro hombres casi tan robustos como el transportista, algunos con marcas en la piel, cicatrices que contaban historias que yo no quería conocer.
Volteé hacia el hombre, confundida, buscando una explicación.
—¿Qué? ¿Crees que soy un chofer privado? —bramó, con un dejo de burla ante mi reacción—. Sube o lárgate —dijo, y caminó hacia el otro costado de la carreta, saliendo de mi vista.
Apreté el puño sobre mi propio corazón. Había llegado hasta aquí, no podía darme por vencida tan rápido.
Aeliana del pasado lo haría.
Aeliana de la academia saldría corriendo de esta situación.
Pero esa Aeliana ya no parecía estar aquí.
Presioné ligeramente la pierna contra la tela grisácea de mi vestido, verificando que la daga que había atado antes de salir siguiera en su lugar, y me tranquilicé un poco al sentir el mango pegarse más a mi piel, como un recordatorio silencioso de que no estaba del todo desprotegida.
Subí sin decir una palabra más, abriéndome paso hasta el fondo de la carreta, y tomé asiento justo en medio de los hombres. El olor a cuero viejo y sudor se mezclaba con el del heno que cubría el suelo de madera. Ninguno de ellos pareció prestarme atención; estaban demasiado ocupados acomodándose contra las paredes, buscando la postura menos incómoda para el largo trayecto que nos esperaba.