La Unión De Reinos || Reinos Ii

CAPITULO 3

El palacio había sido lo último que vi antes de la oscuridad absoluta. No supe cómo, ni en qué momento exacto, pero había caído desmayada después de un breve pinchazo en el brazo.

Al abrir los ojos seguía sintiéndome mareada. Los primeros minutos, el mundo no dejaba de dar vueltas a mi alrededor, los párpados se me cerraban solos una y otra vez, y ni siquiera podía hablar con claridad. Pequeñas palabras arrastradas, casi ininteligibles, eran lo único que lograba soltar.

Seguía sin entender por qué me encontraba en ese lugar, porque para mí los cinco minutos anteriores a desmayarme habían sido solo un sueño, uno que habría tenido después de perder la lucha contra el cansancio en la carreta. Pero para mi mala suerte, cuando mi vista por fin se aclaró y comprendí que no estaba en la carreta, todo mi mundo se derrumbó de golpe.

Me encontraba en una habitación de paredes blancas y doradas, sobre una cama tan ancha que cinco personas podrían dormir en ella sin tocarse siquiera. Era una habitación más pequeña que la que tuve en Irkoria, pero bastó un solo vistazo para reconocer que no era una habitación que ni siquiera un noble pudiera permitirse, porque de cada rincón emanaba un poder y una riqueza que no cualquiera tenía la suerte de poseer. Las molduras doradas trepaban por las esquinas del techo como enredaderas talladas, y la luz que entraba por algún lugar que no alcancé a identificar bañaba todo de un brillo que, en cualquier otra circunstancia, me habría parecido hermoso.

Como pude, bajé los pies de la cama y me puse en pie, con la respiración todavía entrecortada. Tallé mis ojos con los puños y me enderecé, obligándome a pensar con claridad, a preguntarme si lo que estaba viviendo era real. Pero entre más lo pensaba, siempre llegaba a la misma respuesta: estaba en el palacio de Karthenia.

Mi estómago se volvió a revolver.

Acababa de salir de un palacio y ya estaba metida en otro.

Parecía el destino empeñado en obligarme a aceptarlo, a aceptar que tal vez, de una forma u otra, mi lugar siempre sería entre los muros de algún reino que no era el mío.

Pero no creo poder aceptarlo.

Al menos no tan fácilmente.

Caminé hacia la puerta, cada vez más rápido, y la empujé con todas mis fuerzas. Inútil. No se movió ni un centímetro. Lo intenté de nuevo, una y otra y otra vez, golpeando la madera con las palmas, pero nunca sucedió nada. Así que solo me quedaba una opción.

—¡Imbéciles! ¡Sáquenme de aquí! —grité, dejando que la desesperación que inundaba mi cuerpo se convirtiera en voz—. ¡Exijo ver al rey Malrec!

Apenas terminé de decir aquello, la puerta se abrió de golpe, como si esa pequeña frase hubiera sido una contraseña.

Era un guardia con armadura brillante y mirada apagada. Me observó como si lo hubiera abofeteado con solo abrir la puerta.

—No está en posición de exigir nada —dijo tajante, con una voz que habría helado la sangre de cualquier otra persona. Pero no a mí, no en ese momento, no cuando la desesperación ya había ocupado el lugar donde antes vivía el miedo.

—Si no me deja ver al rey, me aventaré por esa ventana —amenacé, señalando hacia un lado de la habitación, hacia aquella ventana ancha enmarcada por cortinas blancas que caían hasta el suelo. No era necesario asomarme para saber que estaba en un lugar extremadamente alto; bastaba con ver qué tan lejos se sentía el ruido de afuera.

Seguramente ahora me consideraba una lunática, o una completa idiota, porque nadie en su sano juicio podría decir algo así tan a la ligera. Pero yo lo hice, por desesperación, por el cansancio acumulado de que me trataran como un simple objeto que pasaba de reino en reino sin que nadie se molestara en preguntarme nada.

—Hazlo.

No fue el guardia quien dijo eso.

Fue una voz que venía desde atrás de él, más calmada, casi aburrida, una que parecía no importarle en lo absoluto mi amenaza, como si ya hubiera escuchado cosas peores antes del desayuno.

Cuando el guardia se hizo a un lado, pude verlo.

No hacía falta haberlo conocido en persona para reconocerlo: piel canela, cabello corto y oscuro, cuerpo robusto que llenaba el marco de la puerta sin aparente esfuerzo, ojos grises que recorrían la habitación como si todo lo que veían ya les perteneciera. Y sobre todo eso, una corona.

El rey Malrec.

No hice una reverencia. No lo merecía, y además era él quien me tenía aquí encerrada; de eso estaba completamente segura.

—Sáqueme de aquí —dije apenas reaccioné.

—Creo que eso no puede ser posible, Aeliana —mi nombre sonó horrible cuando salió de sus labios, como algo que no le pertenecía a él ni debería pertenecerle nunca. Comenzó a caminar hacia el interior de la habitación con una calma que me resultó más intimidante que cualquier amenaza directa, y yo fui retrocediendo sin pensar, porque cada instinto en mi cuerpo rechazaba la idea de estar un solo centímetro más cerca de él de lo estrictamente necesario.

—Cualquier cosa que crea, está equivocado —me detuve cuando él se detuvo, al alcanzar la puerta. La cerró despacio, sin apartar los ojos de mí, y se recargó contra ella con una postura que dejaba claro que no tenía ninguna intención de moverse pronto.



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En el texto hay: amorodio, romance, aventura

Editado: 31.08.2026

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