No tenía idea de cómo salir de aquí.
Me había asomado por la ventana ya varias veces, apoyando las manos en el marco de piedra fría y asomando la cabeza lo suficiente para calcular la caída. En todas esas ocasiones llegaba a la misma conclusión: saltarla quedaba descartado por completo. No porque fuera a morir necesariamente, sino porque era casi seguro que una pierna, un brazo, o ambos, terminarían en un estado que haría imposible cualquier intento de huida posterior. Y un hueso roto no era precisamente lo que necesitaba en este momento.
También había recorrido la habitación entera en busca de algo que pudiera servirme de algo, cualquier cosa. Pero no había nada útil. En realidad, no había nada en absoluto: los armarios estaban vacíos, los cajones también, las superficies limpias de cualquier objeto que no fuera estrictamente decorativo. Claro que era una tontería haber esperado otra cosa. Quienquiera que hubiera preparado esta habitación sabía exactamente lo que hacía.
Habían pasado horas desde mi conversación con Malrec y yo no había probado bocado en todo el día. Mi estómago empezaba a doler con ese dolor sordo y constante que precede al verdadero hambre, retumbando en momentos de silencio como un recordatorio de que el cuerpo tenía sus propias prioridades independientemente de las mías. Así era imposible concentrarme en buscar una escapatoria.
Fue en ese momento preciso cuando la puerta volvió a abrirse.
No era el mismo guardia de la mañana. Este era completamente distinto: más joven, con una expresión abierta y una luz en la mirada que delataba de inmediato que no llevaba demasiado tiempo en este oficio. Veintitrés años, tal vez. El tipo de edad en que uno todavía no ha aprendido a borrar las emociones de la cara. Tenía el cabello rubio y medianamente largo que caía a ambos lados del rostro, ojos del color del caramelo claro y una estatura que lo hacía llenar el marco de la puerta sin la intimidación calculada con la que Malrec lo había hecho horas antes.
—Hola, señorita —saludó, cordialmente, achicando los ojos al sonreír como si estuviera genuinamente contento de estar aquí—. Me pidieron que le avisara que es hora de cenar, así que la acompañaré hasta el comedor principal del palacio.
Me quedé mirándolo un instante.
¿Cena? ¿Ya?
Miré hacia la ventana, hacia la oscuridad que había ido cayendo sin que me diera cuenta mientras recorría la habitación en círculos.
—No, gracias —dije—. No tengo hambre.
Mentira. Mi estómago eligió ese momento exacto para retumbar lo suficientemente fuerte como para que el silencio de la habitación lo hiciera perfectamente audible. Prefería morir de hambre antes de tener que sentarme a cenar con aquel hombre, y eso seguía siendo cierto a pesar de todo.
—Entiendo... —apretó los labios en un gesto que parecía genuinamente incómodo, como si la orden le pesara más de lo que quería admitir—. Lo siento, pero no fue una invitación. Me ordenaron que la llevara a rastras si se negaba, y sinceramente no me gustaría hacerlo de esa manera. Así que se lo pido como un favor: venga conmigo.
«Me ordenaron que la llevara a rastras.»
Me quedé callada un instante, procesando esas palabras.
Pero ni quedarme callada ni ninguna otra cosa resolvería nada. Si intentaba negarme, terminaría en el comedor de todas formas, solo que sin dignidad de por medio. Y este guardia, a diferencia del de la mañana, al menos tenía la decencia de advertirme antes de obligarme. Si iba a terminar ahí de cualquier manera, prefería que fuera por mi propia voluntad caminando sobre mis propios pies.
Además, pensé, quedándome en esta habitación no podía resolver absolutamente nada. Nunca encontraría la forma de volver a casa encerrada entre estas cuatro paredes. En cambio, si salía, tendría algo que hasta ahora me había faltado: información. Conocería los pasillos del palacio, las distancias, las salidas posibles. Cada minuto fuera de esta habitación era un minuto que podía usar para planear algo útil.
Asentí.
—Entonces vamos —me puse de pie, dejé la cama y toda la habitación atrás sin mirar una sola vez hacia atrás.
El guardia se hizo a un lado para dejarme salir primero, con un gesto que en cualquier otra circunstancia habría parecido cortés, y cerró la puerta detrás de nosotros con el mismo sonido definitivo de la llave que ya me resultaba familiar. Comenzamos a caminar, uno al lado del otro, dejando que sus pasos me guiaran por los pasillos de un palacio que todavía no conocía hacia el lugar donde me esperaban. Hacia ese lugar donde tendría que sentarme a cenar con un rey al que hace apenas dos días ni siquiera conocía en persona, al que nunca tuve la intención de conocer jamás.
Los pasillos de Karthenia eran distintos a los de Irkoria: más amplios, más iluminados, con paredes que alternaban entre el mármol blanco y detalles dorados que brillaban bajo la luz de los candelabros. Otro palacio, otra jaula con decoración distinta.
—¿Hizo enojar al rey? —preguntó el guardia de pronto, con una curiosidad que sonaba completamente honesta, casi desarmante viniendo de alguien en su posición.
Lo miré de reojo. Parecía que genuinamente no sabía nada, que no estaba aliado con quienes habían diseñado este plan absurdo en el que yo era la pieza principal sin haberlo pedido ni aceptado.