La Unión De Reinos || Reinos Ii

CAPITULO 5

Después de que Kael me llevara de vuelta a la habitación, la noche fue larga. Interminable, en realidad.

Me pasé horas girando en la cama, incapaz de mantener los ojos cerrados más de cinco minutos seguidos. El techo blanco y dorado de Karthenia se convirtió en lo único que veía cada vez que lo intentaba, y eventualmente dejé de intentarlo. Me quedé mirándolo en cambio, con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras mi cabeza no paraba de girar en círculos igual que mi cuerpo había girado en esa cama.

Pensé en las probabilidades que tenía de salir de aquí.

Eran pocas. Eso no era pesimismo, era una evaluación honesta: en cada rincón del palacio había un guardia, y ninguno de ellos haría algo por mí que no hubiera sido ordenado previamente por el rey. Cada puerta que había visto en el trayecto al comedor tenía alguien del otro lado. Cada pasillo tenía ojos.

También pensé en lo que había hecho durante la cena.

En el momento en que decidí atacar a Draven, sabiendo perfectamente que nada de lo que había en esa sala estaba a mi favor.

¿Me arrepentí?

No.

Ni un instante.

Porque solo le di una pequeña probada de lo que le espera cuando yo salga de aquí. Él mismo lo eligió. Yo se lo había advertido cuando todavía estaba encerrado en Irkoria, con palabras que en ese momento tal vez no tomó en serio. Bien. Yo haré exactamente lo mismo cuando me esté rogando por su vida.

Lo que nunca había cruzado por mi mente, en todo el tiempo que pasé fuera del palacio de Zarek pensando en lo imbécil que era Draven después de haber conocido su verdadera cara, era que llegaría al punto de unirse con el rey de Karthenia para vengarse. Eso requería un nivel de rencor que yo no le había calculado, o tal vez simplemente no quise calcular.

Y jamás voy a perdonarlo por haberme metido en esto.

A ninguno de los dos.

Draven y Malrec.

Mi estómago llevaba horas rugiendo, cada vez con menos paciencia. Ya había pasado la hora del desayuno y después la de la comida, y ninguna de las dos había significado nada para mí dentro de estas paredes. Se me había prohibido recibir alimento, y no esperaba que nadie cruzara esa puerta con una charola en las manos. No como en Valtoria, no como en Irkoria, donde al menos eso nunca me había faltado.

Traté de ignorarlo. De concentrarme en lo que importaba.

Tenía que conocer el palacio. Memorizar los pasillos, los turnos de guardia, los horarios del rey. Cada detalle que pudiera recopilar desde esta habitación o fuera de ella era una pieza que eventualmente formaría algo útil. Era mucho más difícil que cualquier cosa que hubiera enfrentado en los otros dos palacios donde había estado, porque ahí, a pesar de todo, nunca fui realmente una prisionera. Había restricciones, sí, pero también había espacios, movimiento, momentos en que podía respirar sin sentir que alguien contaba mis pasos.

Aquí no.

Era extraño que estos pensamientos llegaran ahora, en este momento, pero no podía evitarlo. Porque a pesar de todo, este también era un palacio, y los palacios me traían recuerdos. Algunos buenos. Muchos que preferiría no cargar.

El silencio de la habitación fue interrumpido de golpe por una voz que llegó desde mis espaldas, justo después del sonido de la puerta cerrándose.

—Qué bien que no has muerto de hambre, Lina.

El tono burlón era inconfundible.

Di media vuelta despacio, casi esperando que fuera una alucinación provocada por el hambre y el cansancio acumulado. Pero no. Era él, recargado contra la puerta, bloqueando la salida con una comodidad que me resultó insoportable, como si supiera perfectamente que esa puerta era lo único que yo miraba cada vez que escuchaba abrirse.

—He pasado muchos más días sin comer —dije, con una calma que no tuve que fingir del todo, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Lo gracioso es que esa vez también fue gracias a Karthenia. O mejor dicho, al rey Malrec.

Draven asintió, apenas. Un gesto pequeño que dejaba claro que ese detalle le resultaba completamente irrelevante, que el tiempo que yo pasé encerrada en una cueva sin comer no era algo que mereciera siquiera una respuesta.

Y eso, de alguna manera, lo dijo todo sobre quién era realmente.

—Sé que no me querrás escuchar, porque estás un poco irritada por todo lo que has pasado —dijo, sin moverse de donde estaba, con esos ojos que yo conocía y que ahora me costaba reconocer. Perdidos. Desalmados. Como si alguien hubiera apagado algo dentro de ellos en algún momento que yo me perdí—. Pero hoy vengo a hablar en paz. Solo quiero que me escuches. Que me entiendas.

—¿Que entienda qué? —interrumpí, sin suavizar el tono ni un centímetro—. ¿Que entienda que me vendiste al reino de un rey inhumano?

—En primer lugar, yo no te vendí —cruzó los brazos, soltando un suspiro que sonó casi cansado, como si fuera él quien llevaba el peso de esta conversación—. No tengo todavía los contactos suficientes para hacer algo así, ni aunque quisiera. —Hizo una pausa breve—. Aunque... no voy a negar que sí di cierta información sobre ti para que todo esto resultara más sencillo.



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En el texto hay: amorodio, romance, aventura

Editado: 31.08.2026

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