La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 1: Una nueva aventura

Ahí estaba yo, parado frente a la entrada de la Universidad Agroecológica, Tecnológica Los Cimientos (UATC), en Emilia Romagna, Italia. Quién diría que mi vida se convertiría en un caos luego de pasar esa puerta.

Hace tres horas.

Estaba durmiendo plácidamente cuando la alarma comenzó a sonar. Intenté apagarla a ciegas, tanteando el velador sin éxito, pero en el intento terminé enredándome con las sábanas y rodando fuera de la cama. El golpe contra el piso me sacó de golpe del sueño.

—Cariño, ¿estás bien? ¿Qué pasó? —escuché la voz de mi madre llamándome desde la cocina.

Me levanté lo más rápido que me permitieron los mareos, sobándome la cabeza.

—¡Nada, mamá, estoy bien! —respondí intentando sonar digno, aunque la triste realidad era que acababa de perder una batalla contra mis propias cobijas.

—Ven a desayunar, tienes que ir a tu primer día en la universidad.

—¡Ya bajo!

Me cambié de ropa, tendí mi cama y salí de mi cuarto. Al poner un pie en el pasillo, escuché nuevamente la voz de mi madre desde el piso de abajo:

—Biel, ¿puedes llamar a tu hermana también? Ya sabes cómo es cuando se le pega la cobija.

Mi hermana menor, Charlotte... Creo que ella vive en una guerra perpetua contra el sueño. Ni aunque le pongan la alarma con el volumen al máximo se levanta; estoy convencido de que su cerebro interpreta el timbre como una canción de cuna. No le encuentro otra explicación. Esa alarma puede sonar y sonar hasta derretirse, y ella ni se inmuta. Al final, siempre tiene que ser mi mamá la que vaya a despertarla a la fuerza.

Me dirigí hacia la habitación de mi hermana y toqué tres veces la puerta.

—Charlotte, despierta. Se te va a hacer tarde para las clases.

Desde el otro lado solo escuché un murmullo sordo:

—Cinco minutos más...

—¿Cómo que cinco minutos más? Se te va a hacer tarde. Mira que si no te apuras te dejo botada; yo salgo en media hora en el auto.

Ella sabía perfectamente que no era una amenaza vacía. Tenía que recorrer media hora de camino para llegar a la universidad. Al ser una institución enfocada en el sector agrícola, las instalaciones se encontraban a las afueras de la ciudad, en una zona abierta y amplia ideal para las parcelas de campo y los laboratorios. Siempre me había gustado la agricultura, y por eso me postulé para la carrera de Agronomía sin dudarlo.

El pánico pareció surtir efecto, porque de inmediato escuché otro murmullo apresurado:

—¡No me dejes, hermanito! Ya me levanto...

Escuché el crujido de las sábanas y el ruido de Charlotte levantándose a toda prisa para acomodar su cama, así que, dando mi misión por cumplida, decidí bajar a la cocina a desayunar.

Al bajar encontré a mi padre, quien estaba leyendo el periódico en el sofá. Él trabaja como abogado y, aunque a primera vista parezca una profesión que absorbe todo el tiempo del mundo, siempre se las arregla para estar presente con la familia. Es un hombre increíblemente trabajador y cercano a nosotros.

—Biel, ¿a qué hora sales de clases en la universidad? —preguntó sin apartar del todo la mirada del papel.

Hice un repaso mental de mi horario. Hoy lunes me tocaba Biología y Metodología de la Investigación: tres horas para la primera y dos para la segunda.

—Hoy tengo cinco horas de clase, así que salgo a la una de la tarde.

Mi padre pasó la página del periódico con elegancia y tomó un sorbo de su taza de té.

—Entiendo. Entonces yo iré por tu hermana al colegio para recogerla.

Como dije, mi padre siempre encuentra tiempo para nosotros y este era un claro ejemplo. Aunque, a decir verdad, solo los lunes tengo clases hasta la una; de martes a viernes mi jornada termina a las doce. Como Charlotte sale a las doce y media, el resto de la semana seré yo quien pase por ella.

No se los había contado, pero mi madre trabaja desde casa. Se graduó en Literatura, escribe novelas y trabaja como traductora. A diferencia de mí, ella domina varios idiomas: italiano, inglés, portugués y español. Yo, en cambio, solo domino el italiano por ser mi lengua materna, además de un nivel aceptable de español e inglés. Todavía me queda un largo camino para estar a la altura de mis padres, y por eso los admiro tanto.

Mi madre, que terminaba de organizar la mesa, sirvió el desayuno justo cuando mi padre se levantaba del sofá.

—Ya tengo que irme, nos vemos luego —dijo él, acercándose a ella.

—Ve con cuidado, cariño —respondió mi madre mientras se secaba las manos con un paño.

—Sí, nos vemos.

Sin más, salió de la casa rumbo a su oficina. Yo me acomodé en la mesa para desayunar y, pocos minutos después, apareció Charlotte arrastrando los pies.

—Buenos días, mami... Buenos días, hermano... Buen provecho... —soltó entre un bostezo tan grande que parecía que quería tragarse la casa entera.

Mi madre la miró con una sonrisa paciente.

—Mi niña, ve a lavarte la cara y ven a desayunar.

—Sí, mami... —murmuró dando media vuelta hacia el baño.

Por mi lado, tomé un sorbo de mi café mientras mi madre se sentaba al otro lado de la mesa para acompañarme.

—Biel, ¿no estás nervioso por ingresar a la universidad? —preguntó mirándome con atención.

La verdad era que sí. Estaba bastante nervioso; después de todo, era el inicio de una etapa completamente nueva en mi vida.

—Un poco... Dime, mamá, ¿cómo fue tu primer día de clases? ¿Tú estabas nerviosa cuando ingresaste?

Mi madre pareció viajar en el tiempo por un segundo. Tomó un sorbo de su té, esbozando una sonrisa melancólica antes de responder:

—Sí, estaba aterrorizada. En ese entonces casi nunca salía de casa, y cuando entré al campus casi me perdí entre los edificios. Fue justo en ese momento cuando conocí a tu padre; él me vio desorientada y me ayudó a encontrar mi aula. Fue bastante romántico... Él ya estaba en el tercer semestre de su carrera y yo solo era una novata, pero gracias a ese encuentro nos conocimos y, poco a poco, nos enamoramos.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 10.08.2026

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