Este profesor lleva hablando más de treinta minutos. Para resumirlo en pocas palabras, desglosó todo el sílabo de la asignatura, las normas de convivencia y la extensa lista de temas que abordaremos a lo largo del semestre.
«¿Qué voy a hacer con mi vida? Biología siempre ha sido mi peor enemigo, junto con Matemáticas, Física y Química. ¡Qué carajos! Lo peor de todo es que se me juntaron absolutamente todas en este mismo semestre. Trágame, tierra...»
En medio de mi espiral de pánico, una voz suave comenzó a llamarme desde un lado. Era Acalia:
—Biel... Biel. Oye, ¿me escuchas?
Estaba tan atrapado en un trance existencial que tardé un par de segundos en recuperar la compostura.
—¿Eh? ¿Qué sucede, Acalia?
Fue justo en ese momento cuando sentí un escalofrío recorrer mi espalda: el aula entera estaba en absoluto silencio y todos mis compañeros me estaban mirando fijamente.
«Espera... ¿qué sucedió? ¿Por qué todos me están viendo así?»
Por estar hundido en mis pensamientos no le presté atención a la clase, así que no tenía la menor idea de qué acababa de decir el profesor.
Desde el frente del salón, una voz madura e imponente rompió el hielo. Era el ingeniero Kael Rossi:
—Joven, su nombre, por favor.
«Rayos... Apenas es el primer día y ya voy a empezar a perder puntos por no prestar atención».
Giré la cabeza hacia Acalia buscando un salvavidas, pero ella rápidamente giró el rostro hacia la pared, ignorándome por completo.
«No me digas que todavía estás molesta por lo de hace rato...»
Sin más remedio, me puse de pie despacio y le respondí al docente:
—Mi nombre es Biel Benassi, profesor.
El ingeniero tomó su libreta de apuntes y comenzó a anotar algo con su bolígrafo.
«Adiós a mis primeros puntos del semestre... Fue un placer».
Luego de un par de segundos, cerró la libreta de golpe y volvió a mirarme:
—Bien, señor Biel Benassi. Dígame un número del 1 al 20.
«¿Eh? ¿Un número?»
Apreté los ojos con confusión. Pensé que me iba a regañar o a sancionar por estar distraído. Acalia se inclinó levemente hacia mí y me susurró entre dientes:
—El profesor llevaba como un minuto señalándote para que le digas un número y tú ni te movías. Por eso te llamé, tonto. Eres demasiado distraído.
«Ah... Si supieras que esta materia es un verdadero dolor de cabeza para mí, entenderías por qué mi cerebro se apagó».
Le devolví una sonrisa nerviosa y me dirigí de nuevo al profesor:
—Eh... El 18.
El ingeniero Rossi tomó la tableta digital que reposaba sobre su escritorio, deslizó el dedo por la pantalla y leyó en voz alta:
—Bien. El número 18 en la lista oficial corresponde a la señorita Xantle Tamburini.
«¡¿Quéeee?! ¡No puede ser! Ella es la hermana de Easton... ¿Y ahora qué le irá a preguntar el profesor? Definitivamente, este día no puede ir peor».
Xantle me clavó una mirada asesina desde su lugar, hábilmente camuflada tras una de esas sonrisas fingidas con los ojos cerrados que gritaban un claro: «Ya verás después».
Cerró el libro que estaba leyendo y se puso de pie:
—Sí, ingeniero, dígame.
El profesor Rossi la observó con serenidad y dijo:
—Señorita, por favor dígame otro número del 1 al 20, que no sea el 18 ni el 2, que pertenece a su compañero Biel.
«¿Eh? ¿Otra vez lo de los números? Rayos, ¿por qué no presté atención a las indicaciones?»
Hice un ligero movimiento de manos hacia Acalia y le susurré con disimulo:
—Oye... Dime una cosa, ¿de qué trata todo esto de los números?
Acalia me miró con incredulidad:
—¿Acaso no oíste nada?
—No... Estaba completamente distraído.
—Se te nota bastante —soltó ella con una sonrisita burlona.
—¿Qué cosa?
—No, nada —respondió negando con la cabeza—. Mira, el ingeniero dijo que quería ir memorizando nuestros nombres, por eso empezó por ti. Como somos exactamente veinte en este salón, está eligiendo números al azar para ir relacionando nuestras caras con la lista oficial.
«Conque era eso... Y yo pensando que nos iba a tomar un examen sorpresa o algo por el estilo».
Desvié la mirada hacia donde estaba Xantle.
—El número 5 —dijo ella con voz clara.
El ingeniero consultó su tableta:
—Bien. El número 5 en la lista es la señorita Acalia Evangelisti.
Acalia se levantó de inmediato de su asiento. Yo me la quedé mirando un segundo.
«Conque su apellido es Evangelisti... Qué bonito. Suena bastante elegante».
El profesor Rossi alzó la mano para hacer un gesto de calma y añadió:
—No es necesario que se pongan de pie, jóvenes, aunque aprecio que sigan el ejemplo de educación de su compañero Biel.
«¡¿Quéee?! ¿No era necesario levantarse? ¡Rayos! No tenía ni idea... Bueno, es que de verdad no escuché nada».
Giré a ver a Acalia y noté que estaba roja como un tomate por la pena de haberse parado por gusto. Al mismo tiempo, al otro lado del salón, Xantle escondió el rostro sobre sus brazos cruzados en el pupitre, muriéndose de la vergüenza por el mismo motivo.
«¡No me jodas! ¿No me digas que me acabo de ganar una enemiga en mi primerísimo día? Bueno, aunque con Acalia ya arreglé las cosas, esto sigue siendo un desastre... Definitivamente ya me quiero ir a casa».
La dinámica de los números continuó durante varios minutos hasta que todos los integrantes del salón terminamos de presentarnos.
El ingeniero Rossi acomodó las carpetas sobre su escritorio y se dirigió a la clase:
—Bueno, jóvenes, para finalizar el bloque de hoy debo realizarles una pequeña evaluación diagnóstica para medir qué nivel de conocimientos manejan respecto a la materia. Esta calificación no afectará en nada a sus promedios finales, solo es un registro interno.
«Y empezamos con las evaluaciones... Y para colmo, con la materia que más dolor de cabeza me da».
Acalia se inclinó levemente hacia mi lado y me lanzó una mirada desafiante: