Las instalaciones de la universidad son sencillamente enormes. La cafetería, de hecho, se encuentra en un complejo independiente fuera del edificio principal, lo cual le da un toque bastante único. En esa misma zona hay un restaurante donde puedes pedir tanto almuerzos como meriendas, ya pocos metros se aprecian una cabaña de descanso y varias canchas para distintos deportes. Sinceramente, este campus lo tiene todo.
Y fue justo ahí donde la vi: la chica de cabello rosado del primer día. Estaba bajando por las escaleras exteriores del segundo piso.
«Es realmente linda... No tengo la menor idea de qué carrera estudia, pero me encantaría averiguarlo».
Acalia no tardó ni dos segundos en notar hacia dónde estaba desviando la mirada, así que me dio un ligero codazo en el costado:
—Oye, Biel... No olvides la apuesta, ¿eh? Tienes que pagarla.
Obviamente no lo había olvidado, pero es que apenas íbamos cruzando la puerta de salida del edificio. ¿Tanto le costaba esperar a que llegáramos al mostrador?
—Claro que no lo olvido —respondí tratando de recuperar la compostura—. Soy un hombre de palabra y siempre cumplo mis promesas.
Acalia apresuró el paso:
—Bien, entonces démonos prisa o la cafetería se va a llenar de gente.
Sabía perfectamente que a esta hora los estudiantes de todos los bloques salían a comprar, pero lo que me llamó la atención fue la soltura con la que se movía. Yo apenas estaba reconociendo el terreno, mientras que Acalia parecía conocer el campus como la palma de su mano. Por supuesto, no me iba a quedar con la curiosidad.
—Parece que conoces muy bien este lugar... ¿Has venido antes a la universidad?
Acalia se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y me sonó:
—Sí, yo vine a rendir el examen de admisión directamente aquí. Después de terminar la prueba me quedé un buen rato explorando las instalaciones.
«¡¿Quéee?! Pero ¿por qué ella dio el examen aquí? A mí me mandaron a rendirlo a la sede central de la ciudad... ¿Por qué no me enviaron a mí también para acá desde el principio?»
—Ah, ya lo entiendo. Con razón te sabes el camino de memoria.
—Sí, aunque honestamente desconozco qué hay más allá —admitió Acalia señalando hacia los senderos del fondo—. Solo conozco esta zona. Me encantaría explorar la finca completa.
«Muy pronto la vas a conocer cuando pasemos de semestre...»
—Tranquila, apenas es nuestro primer día —le dije para calmar su entusiasmo—. Ya nos tocará ir para allá tarde o temprano. El ingeniero Rossi mencionó que tendríamos una práctica en el laboratorio del Área 3.
Las "Áreas" eran las distintas zonas en las que estaba dividida la inmensa finca de la UATC. Nosotros nos encontramos en el Área 1, que abarcaba las aulas de los primeros semestres; las demás áreas estaban destinadas a los semestres avanzados, además de albergar los laboratorios especializados, los invernaderos y los campos de cultivo.
Acalia asintiendo con la cabeza:
—Sí, es verdad. No hay por qué adelantarse.
«Efectivamente. Me alegra que comprendas la situación... Aunque, por favor, ¡deja de caminar tan pegada a mí!»
En ese momento noté una sonrisa de satisfacción en el rostro de Acalia. Lo estaba haciendo completamente a propósito. Demonios... Esta chica de verdad está jugando conmigo.
Mientras caminábamos hacia la cafetería, divisé a Easton a lo lejos. Ya estaba instalado allí, y en cuanto me reconoció entre la multitud, alzó la mano para saludarme:
—¡Hola de nuevo, chico perdido del primer día! —dijo soltando una risita burlona.
«Muy chistoso, ¿eh? Aunque, a decir verdad, el apodo de "chico perdido del primer día" no suena tan mal... Pero igual, ¡qué vergüenza!»
—Eh... Hola de nuevo, Easton —respondí devolviéndole el saludo.
Easton analizó el panorama en un segundo y notó que no venía solo, sino perfectamente acompañado por Acalia. Su rostro cambió de inmediato y dibujó una sonrisa pícara:
—Vaya, vaya, amigo... Primer día y ya andas paseando con una chica tan linda. ¡Pero qué galán me saliste!
Note cómo a Acalia se le encendían levemente las mejillas de la pena. Yo, por mi parte, sentí cómo el ardor me subía a las orejas.
«¡Oye! ¡Yo también estoy avergonzado! Por favor no digas cosas que no son, Easton...»
—Para nada —me apresuré a aclarar agitando las manos—. Simplemente perdí una apuesta en clase y ahora tengo que pagarle un aperitivo a ella. Eso es todo.
Easton se cruzó de brazos, divertido:
—Ya veo... Conque una apuesta, ¿eh? Ja, estos jóvenes de hoy en día y sus vidas dramáticas.
Y justo en ese instante, como invocada por mis peores temores, apareció Xantle a su lado.
«Rayos... Ella era exactamente con quien menos quería cruzarme en este momento».
Easton miró a su hermana menor con cariño y le preguntó:
— ¿Cómo estás, hermana? ¿Qué tal te fue en tu primera clase con el ingeniero Rossi?
Xantle me clavó una mirada asesina que casi me atraviesa el pecho, antes de volverse hacia su hermano con el ceño fruncido:
-Fatal. Primer día y ya pasó la peor vergüenza de mi vida por culpa de uno de por ahí.
«Lo sabía... Está furiosa conmigo. Trágame, tierra».
Easton soltó una carcajada limpia:
—¡No puedo creerlo, hermana! ¿En serio? A ver, cuéntame quién fue el valiente que te pasó semejante vergüenza.
Xantle se inclinó hacia él y le susurró la verdad al oído. Viendo la oportunidad, empecé a dar pequeños pasos hacia atrás, intentando moverme con disimulo para que me perdieran de vista entre la gente.
Sin embargo, mi plan de fuga fue un fracaso rotundo.
De un momento a otro, sentí un peso firme y pesado posarse sobre mi hombro. Era la mano de Easton. Al levantar la mirada, descubrí que a su sonrisa falsamente amable se le marcaba una enorme vena palpitante en el frente, digna de un villano a punto de estallar.
Easton presionó levemente su agarre y me dijo: