Acalia notó que aumentaba la velocidad de mis pasos y me lanzó una mirada de extrañeza:
—Más despacio... ¿Acaso viste un fantasma en la cafetería o por qué caminas tan rápido?
«¿Acaso no ves que se nos hace tarde? ¿Qué clase de percepción del tiempo tienes tú?»
—Se hace tarde para volver al aula —respondí sin frenar el ritmo.
Acalia soltó una pequeña risa y negó con la cabeza:
—¿Era por eso? Tranquilo, todavía nos quedan cinco minutos para entrar.
«Sí, claro... Cinco minutos que se pasan como si fueran cinco segundos. Aunque bueno, es verdad... Además, allá a lo lejos veo al ingeniero Rossi tranquilamente sentado tomándose un café. Ja, me apuro por gusto».
Fue justo en ese instante cuando una extraña sensación me erizó la piel: sentí como si alguien me estuviera observando fijamente. Alcé la vista hacia las barandas del segundo piso y divisé una silueta que parecía tener los ojos puestos sobre nosotros.
Acalia se percató de mi repentina distracción y me preguntó:
—¿Te pasa algo?
No tenía la menor idea de quién me miraba desde aquella altura.
—¿Viste a alguien asomado en el balcón del segundo piso?
Acalia entrecerró los ojos y miró hacia arriba:
—No, no vi a nadie. ¿Por qué lo preguntas?
—Es que... sentí una mirada encima y cuando levanté la cabeza vi a alguien parado ahí.
Acalia no pudo contenerse y soltó una sonora carcajada:
—¿En serio crees que alguien te estaba mirando? ¡Qué buen chiste! Tal vez solo era un estudiante cualquiera asomándose a ver el paisaje. Pobre de la chica a la que le toque verte, je, je, je.
«Oye, oye, no empieces... Ni que fuera la persona más popular del campus. ¿Y por qué dijiste "pobre la chica que te vio"? Esta hija de su...»
En medio de nuestra pequeña discusión, noté que el profesor Rossi terminaba su café y se ponía de pie, dispuesto a descender al nivel subterráneo.
—Oye, Acalia, mejor démonos prisa en serio. El ingeniero ya se levantó de su asiento.
Acalia miró hacia el profesor y asintió:
—Sí, será mejor apurarnos... Así nadie más te observará fijamente desde las alturas, je.
«Y sigues con lo mismo... Ya no te contaré nada, de verdad me sacas de quicio».
Teníamos que llegar antes que el docente, así que apreté el paso y aceleré el ritmo. Sin embargo, por ir mirando de reojo las escaleras, no me percaté de un pequeño desnivel en el adoquín.
Mi pie tropezó de lleno contra el bache. Perdí el equilibrio por completo y, para empeorar catastróficamente la situación, me fui de bruces justo contra otra chica que venía doblando la esquina a toda prisa.
«¡No puede ser! ¡Maldito bache de porquería...! Rayos... Espera, ¿qué es este peso suave que siento contra el pecho?»
Al abrir los ojos y enfocar lo que tenía justo debajo de mí, vi mi vida sentenciada.
«¿Qué demonios hace una chica encima de mí? Y peor aún... ¡¿Por qué siento ese contacto tan directo en mi pecho?! Estoy acabado... Absolutamente acabado».
La chica fue recobrando el sentido poco a poco. Al percatarse de que estaba prácticamente tendida sobre un desconocido, su rostro se tiñó de un rojo intenso, como un tomate maduro. Completamente avergonzada, se puso de pie de un salto, me extendió la mano y se inclinó nerviosa:
—¡Lo siento mucho! De verdad, discúlpame por haber tropezado contigo...
«No tienes nada de qué disculparte... Fui yo quien te arrastró al suelo por torpe».
Acepté su mano para incorporarme y sacudí un poco el polvo de mis pantalones:
—Discúlpame tú a mí. Yo perdí el equilibrio y te hice caer.
Aún con las mejillas encendidas, ella sonrió con timidez:
—Bueno... Supongo que yo también tuve la culpa por venir tan despistada.
«Qué linda es su forma de hablar... Espera un momento. Ella es... ¡Es la chica de cabello rosado que vi en la entrada!»
No podía dejar pasar semejante oportunidad. Tenía que averiguar su nombre sí o sí.
—Descuida, estoy bien —dije tratando de sonar lo más sereno posible—. Por cierto, ¿cómo te llamas...?
Antes de que pudiera terminar la frase, un codazo seco y fulminante impactó directo en mis costillas. Era Acalia.
—Descuida, amiga —intervino Acalia con una sonrisa fingidamente dulce—. Ya tendrán tiempo para charlar con calma, es que a nosotros se nos hace tardísimo para la clase.
«¡Oye! ¡No me quites la oportunidad de saber quién es! ¡No seas envidiosa!»
La chica de cabello rosado pareció reconocer a Acalia en ese instante:
—¡Hola, Acalia! Qué bueno verte por aquí. Sí, no te preocupes, yo también tengo que correr a mi pabellón.
«¿Qué? ¡No me digas que son amigas de antes!»
Sin darme tiempo a procesar nada, Acalia me tomó del brazo con firmeza y empezó a jalarme hacia la entrada del edificio subterráneo.
«¡Nooooo! ¡No alcancé a saber su nombre!»
Justo cuando creí que todo estaba perdido, su voz melodiosa resonó detrás de nosotros:
—¡Mi nombre es Sarah! ¡No lo olvides, ¿sí?!
Giré la cabeza por encima de mi hombro y, con una sonrisa que me salió del alma, le grité de vuelta:
—¡Sí! ¡Ya nos veremos luego, Sarah!
En cuanto doblamos la esquina, Acalia soltó mi brazo y me lanzó una mirada burlona:
—Ja... "Ya nos veremos luego". Vaya, qué gran técnica de coqueteo, don galán.
«¡Oye, espera! ¿En qué momento dije que estaba coqueteando con ella? Solo quería saber su nombre por educación. ¡No malinterpretes las cosas!»
—Por supuesto que quería su nombre —me defendí—. Tengo que disculparme bien con ella después. Además, no estaba coqueteando, solo fui cortés tras el accidente.
Acalia desvió la mirada y bufó entre dientes:
—Uy, sí, claro... Cómo no. Idiota.
«Espera... ¿Me acaba de llamar idiota otra vez?»
—Oye, ¿qué fue lo que dijiste? —le reclamé.
Acalia miró hacia la pared contraria, con los brazos cruzados y un puchero evidente: