Han pasado treinta minutos desde que empezó la actividad y, joder, apenas llevo la mitad desarrollada. Solo nos quedan veinte minutos en el reloj. Debo apurarme o empezaré con el pie izquierdo en esta materia.
«Miré de reojo a Acalia, quien parecía estar a nada de concluir su resumen. Sin embargo, no me ha dirigido la palabra en todo este tiempo... ¿Tanto me odia? Tampoco soy adivino ni mago para evitar tropezar con un bache. Además, ¿por qué demonios estaría tan enojada si en primer lugar no somos nada? Apenas nos conocimos esta mañana...»
Acalia hizo un ligero movimiento de muñeca, cerró su cuaderno y se puso de pie con elegancia.
«¡¿Quéeee?! ¿Ya terminó? ¿Acaso tiene un motor en la mano o qué? Yo apenas voy por la mitad...»
Caminó con paso firme hasta el escritorio del docente, entregó su hoja sin titubear y regresó a su lugar ignorándome por completo, con la vista clavada al frente.
Seguidamente, el resto de mis compañeros empezó a levantarse en fila para entregar sus trabajos. Me estaba quedando peligrosamente atrás. La desesperación comenzaba a devorarme por dentro: de los veinte alumnos del aula, ya había entregado más de la mitad y solo quedábamos cinco rezagados contándome a mí. Definitivamente hoy no era mi día de suerte.
Aun con la presión en el cuello, no me rendí. Apreté el paso del bolígrafo y logré culminar el informe faltando diez minutos para el límite. A decir verdad, me demoré tanto porque llevaba meses enteros sin escribir a mano; pasé todo este tiempo trabajando duro en el campo con mis abuelos y descuidé por completo la caligrafía, dejando una letra espantosa que parecía código morse. Siendo realistas, con esta presentación seguro me saco un ocho, pero bueno... Peor es la nada.
Me levanté de mi asiento, caminé hacia el frente, le entregué la hoja al docente y regresé a mi pupitre a recuperar el aliento.
Minutos después, la campana dio por finalizada la sesión. El ingeniero Rossi guardó sus pertenencias en el portafolio y, antes de cruzar la puerta, se dirigió a nosotros con voz firme:
—Queridos jóvenes, nos vemos mañana con la asignatura de Química. Por favor, traigan calculadoras científicas porque realizaremos varios ejercicios prácticos; recuerden que el día miércoles tendremos una actividad individual evaluada en clase.
«Apenas logré sobrevivir a esta clase de Biología y ya nos advierte sobre Química... Y para rematar, con ejercicios de cálculo numérico. Pero bueno, no queda de otra que entrarle con todo lo que tengo».
El profesor abandonó el aula subterránea y varios de mis compañeros se levantaron a estirar las piernas. Por mi parte, simplemente dejé caer la cabeza rendido sobre el pupitre.
En medio del murmullo general, escuché un susurro diminuto cerca de mi oído:
—...Tonto.
Me levanté de golpe buscando al responsable, pero todos a mi alrededor actuaban con normalidad. La voz sonaba idéntica a la de Acalia, aunque ella se encontraba absorta mirando la pantalla de su teléfono móvil con total indiferencia.
«Qué extraño... Juraría que escuché a alguien decir "tonto". Pensé que me lo decían a mí. ¿Será que me lo imaginé por el estrés? No lo creo... Seguro fue Acalia. ¿Quién más podría haber sido? En fin, ya ni modo, qué le vamos a hacer».
En ese instante, dos golpes secos resonaron en la puerta. Say se levantó de inmediato para abrir. Al otro lado del umbral apareció el docente de Metodología de la Investigación, listo para iniciar su bloque.
«Y aquí vamos de nuevo, je...»
El profesor ingresó al aula con paso enérgico y se colocó frente a la pizarra para presentarse:
—Hola a todos, jóvenes. Mi nombre es Joel Amato, tengo cuarenta y cinco años, provengo de Florencia y será un verdadero gusto trabajar con ustedes. Yo les impartiré la asignatura de Metodología de la Investigación.
«Espera un momento... No, no puede ser cierto. Esto tiene que ser una maldita broma de mal gusto».
El profesor Amato paseó la vista por las filas hasta que sus ojos se toparon de lleno conmigo.
—Vaya... Conque al final sí decidiste entrar a la universidad, joven Biel.
El salón entero se quedó boquiabierto ante la repentina familiaridad.
—¡¿Quéee?! ¡¿Ya se conocen?! —exclamó uno de mis compañeros desde el fondo.
El docente sonrió con nostalgia:
—Sí, claro. Yo le di clases durante su etapa colegial. Es un estudiante bastante excepcional...
Sin embargo, en una fracción de segundo, vi cómo se le marcaba una vena palpitante en la sien y su expresión cambiaba a una mueca de fastidio mal disimulado.
«¡No! ¡Por favor no saques ese tema a colación aquí enfrente de todos!»
El profesor continuó sin el menor pudor:
—...Aunque un día cualquiera lo encontré encerrado con mi hija en su habitación.
El aula cayó en un silencio sepulcral. Todos los presentes me clavaron la mirada al unísono. Incluso Acalia giró la cabeza lentamente para fulminarme con los ojos entrecerrados.
«¡¿Qué estás diciendo, viejo loco?! ¡Me vas a hacer quedar como un degenerado ante todo el curso! ¡Las cosas no pasaron de esa manera!»
Al notar que yo estaba completamente pálido y sudando frío por el pánico, el profesor Amato soltó una estruendosa carcajada:
—¡Ja, ja, ja! ¡Te asustaste feo, mi buen Biel! Solo era una pequeña broma de viejos amigos.
«¿En serio crees que me hace gracia tu jueguito? ¡Me acabas de pintar como el villano de la historia!»
El docente se secó una lágrima de la risa y añadió dirigiéndose al grupo:
—No se tomen tan a pecho nuestras bromas, muchachos... Aunque lo de haberlo encontrado en la habitación de mi hija sí fue cien por ciento real.
«¡Oye! ¡No sigas empeorando las cosas! ¿Acaso no ves que una revelación más y de aquí salgo en camilla?»
El profesor Amato me miró de nuevo, esta vez con una sonrisa cargada de malicia: