La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 7: Más o menos

Durante el trayecto por la carretera rumbo a Faenza, Acalia y yo fuimos conversando con bastante naturalidad mientras dejábamos atrás los campos agrícolas.

«Por cierto, se me hizo muy extraño que no hubiera nadie afuera esperando el transporte... ¿Sabrá Acalia algo al respecto?»

—Oye, una pregunta... ¿Tú sabes por qué no había ninguno de nuestros compañeros afuera en la entrada?

Acalia se acomodó en el asiento del copiloto y respondió:

—Como el autobús pasa recién a la una y media, la mayoría aprovechó ese tiempo libre para irse a jugar fútbol a las canchas del campus.

«Conque era eso... Con razón el área estaba tan desierta. Me pregunto si Acalia sabrá jugar, je, je, je».

—¿Y tú sabes jugar fútbol? —pregunté mirándola de reojo.

Acalia soltó una risita burlona:

—Mucho más que tú, de seguro, ji, ji, ji.

«¿Cómo que mejor que yo? ¡No inventes!»

—Eh, espérate un poco... Yo también me defiendo bastante bien en la cancha —reclamé fingiendo indignación—... Bueno, tal vez no tanto, pero algo sé.

Acalia se echó a reír:

—La verdad llevo varios meses sin tocar un balón. Como me mudé a esta ciudad hace apenas unas semanas, todavía no conozco bien los alrededores. Además, del grupito de amigas con las que solía salir a jugar, solo Sarah y yo vinimos a estudiar acá; el resto se quedó en la Universidad de Bolonia.

«Interesante... Así que es nueva en la ciudad. Debería invitarla un día a recorrer los lugares interesantes».

—Por cierto, ¿en qué posición te desenvuelves mejor en el campo?

—Delantera neta —respondió ella con orgullo—. Fui la máxima goleadora de las olimpiadas colegiales tres años consecutivos, aunque en el último año perdimos la final contra el paralelo de Tercero B.

«Tricampeona goleadora... Esta chica definitivamente no es una aficionada cualquiera».

Acalia cruzó los brazos y me devolvió la pregunta con una ceja alzada:

—¿Y tú qué juegas? ¿Delantero o mediocampista?

«Qué bueno que preguntes... Te voy a dejar con la boca abierta».

—Me gusta jugar como mediocampista organizador —dije con tono solemne—. Prefiero ser el cerebro del equipo y distribuir el juego, justo como lo hacía el gran maestro de la selección italiana, Andrea Pirlo.

Acalia abrió los ojos de par en par, gratamente sorprendida:

—¡No inventes! No me estás mintiendo, ¿verdad? ¡A mí también me fascina el estilo de juego de Andrea Pirlo! Su visión de campo y sus pases filtrados eran una obra de arte. Mi padre siempre me recuerda el papel estelar que tuvo en la final de la Copa del Mundo: cómo asistió a Marco Materazzi desde el tiro de esquina para empatar el partido y la frialdad con la que convirtió su penal en la tanda definitiva. Yo ni siquiera había nacido en ese entonces, pero mis padres estuvieron presentes en aquel estadio en Alemania y presenciaron en vivo cómo nuestra selección se coronaba tetracampeona del mundo.

«¡¿Quéeee?! ¡No me digas! ¿También te apasiona la época dorada de Pirlo? Al parecer tenemos muchísimo más en común de lo que imaginaba...»

—Mis padres lo vieron por televisión —le conté con una sonrisa nostálgica—. Mi papá, en cambio, es fanático devoto de Paolo Maldini. Su elegancia para barrerse, la lectura táctica y el liderazgo sin necesidad de recurrir al juego sucio son el estándar absoluto de la defensa italiana.

Acalia asintió con entusiasmo:

—Vaya... Sí que compartimos gustos. Nuestros padres deberían conocerse algún día, je, je; seguro se llevarían de maravilla debatiendo sobre fútbol clásico.

—Sin duda alguna —coincidí—. De hecho, mis abuelos mandaron a construir una pequeña cancha sintética en su finca, así que cada vez que voy de visita me pongo a pelotear con mi abuelo.

Los ojos de Acalia brillaron de inmediato:

—¿Tus abuelos tienen su propia cancha? ¡Eso es legendario! Deberías llevarme un fin de semana a conocerlos y, de paso, te humillo en un duelo uno contra uno, je, je, je, je.

—En tus sueños más salvajes me ganarías —le advertí retándola con la mirada—. El día que vayamos veremos de qué estás hecha con el balón en los pies.

Acalia me extendió la mano con una sonrisa desafiante:

—Trato hecho.

Tras varios minutos debatiendo apasionadamente sobre fútbol y táctica, entramos finalmente a la zona urbana de Faenza. Reduje la velocidad y me orillé junto a la entrada arbolada del Parco Bucci para dejar a Acalia.

—Bueno, nos vemos mañana en la facultad —me despedí con una media sonrisa.

Acalia abrió la puerta, tomó su bolso y se volteó hacia mí:

—Sí. Cuídate en el camino.

—Igualmente.

«Al final no le cobré ni un solo euro por el viaje. Aunque ella insistió con las monedas en la mano, me negué en rotundo. Todo un caballero, la verdad».

Retomé la marcha y conduje con calma hasta mi casa. Metí el auto en la cochera, apagué el motor y entré por la puerta principal. En el comedor ya flotaba un delicioso aroma a comida casera: mi madre me esperaba con el almuerzo recién servido.

Colgué las llaves en el organizador de la pared y me acerqué a la cocina:

—Ya estoy en casa, mamá.

Ella sonrió con ternura al verme:

—Qué bueno verte de vuelta, hijo. ¿Cómo te fue en tu primer día de universidad?

—Se podría decir que bastante bien, je, je, je...

En ese preciso instante, Charlotte apareció por el pasillo y soltó un silbido pícaro:

—Uy, hermanito... Te veo con una sonrisita sospechosa. ¿Acaso encontraste el amor de tu vida en tu primer día o qué? Ji, ji, ji.

El trago de agua que acababa de tomar salió disparado de mi boca.

—¡Cof, cof! ¡No inventes, Charlotte! ¿Cómo me voy a enamorar el mismísimo primer día de clases?

Ella cruzó los brazos con una mirada burlona:

—¿En serio, hermanito? No te creo absolutamente nada, je, je.

«Mi hermana y sus ocurrencias de siempre... Aunque pasaron muchas cosas raras hoy, definitivamente no fueron de la manera que ella se imagina».



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 31.08.2026

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