Avanzar por el camino rural hacia la finca siempre me genera una sensación de desconexión absoluta del bullicio urbano. Tras cruzar la entrada principal bajo el letrero blanco de Herdade do Sol, el panorama completo de las ciento cincuenta hectáreas se abrió ante mis ojos como una postal viva.
La propiedad estaba diseñada con un orden impecable. En el corazón del terreno se alzaba la imponente casona principal de estilo rústico, con sus muros de piedra clara, techos de teja artesanal y un amplio patio central adoquinado. Hacia el costado derecho, los galpones metálicos resguardaban la maquinaria agrícola y los tractores tras la jornada matutina, delimitando el paso hacia las parcelas de huertos hortícolas distribuidas en franjas verdes milimétricamente trazadas.
A la izquierda, los potreros se extendían en suaves colinas arboladas donde el ganado pastaba tranquilamente bajo la sombra de los robles, rodeando la orilla del reservorio de agua que reflejaba el cielo despejado como un espejo natural. Justo al frente de la vivienda, reluciendo con un verde vibrante que contrastaba con los caminos de tierra, destacaba la joya recreativa del lugar: la cancha sintética de fútbol, cercada con malla metálica y con sus arcos blancos listos para el partido.
Estacioné el vehículo cerca del patio de maniobras, respiré el inconfundible aroma a pasto fresco y tierra húmeda, y me dispuse a bajar para encontrarme con mi abuelo.
«Mi viejo siempre tan impecable... Tiene setenta años encima y trabaja la tierra con la energía de un muchacho de treinta. Mis respetos absolutos. Todo lo que abarca esta propiedad es el fruto de una vida entera de esfuerzo y dedicación».
—¡Hola, abuelo! ¿Cómo estás?
Él me recibió con esa calma y serenidad que resultan imposibles de encontrar en la ciudad:
—Muchacho, me encuentro muy bien. Me da una alegría inmensa verte de nuevo por acá, hijo.
«Qué gran sensación volver a la finca y encontrar a mi abuelo con su optimismo de siempre».
—Yo también tenía muchas ganas de verlos —respondí con una sonrisa—. No me había dado una vuelta estos días porque andaba alistando los materiales y la matrícula de la universidad.
Mi abuelo asintió complacido:
—Me alegra mucho que hayas iniciado esa etapa académica. Aprovecha cada oportunidad y cada recurso que la familia te ha brindado para sacarle el máximo provecho a tu carrera.
«Por supuesto, abuelo... Todo esto se lo debo a ustedes: a ti, a mi abuela, a mi padre y a mi madre. Jamás olvidaré su respaldo constante».
—Así será, abuelo. Pondré todo de mi parte para graduarme como un buen profesional y cumplir mis proyectos.
—Da gusto oírte hablar con esa determinación —dijo él palmeándome el hombro—. Vamos a las gradas a ver a los chicos jugar; el fútbol siempre nos levanta el ánimo.
—De una, vamos.
En ese momento apareció mi abuela en el porche, tan risueña y cariñosa como de costumbre:
—¡Hola, mi muchacho! ¿Cómo has estado?
—Hola, abuelita, todo excelente por dicha. Le traigo el encargo que le mandó mi mamá desde la casa.
Me acerqué a los escalones y le entregué la caja sellada.
—Muchas gracias por traerlo, hijo —dijo ella abrazando el paquete—. Tu madre tiene un talento maravilloso para escribir; me encantan sus historias.
«Olvidé mencionarlo, pero mi abuela es la lectora número uno de las novelas de mi madre. Esta caja contiene los borradores impresos y tomos encuadernados del proyecto en el que ella trabaja actualmente».
—Apenas me desocupe nos ponemos a conversar un rato largo, abuela.
—Ve tranquilo, hijo. Iré a preparar la cena en el fogón de leña para que comas algo caliente antes de irte.
«La comida casera de mi abuela cocinada a leña no tiene comparación con nada en el mundo; es un verdadero manjar».
—Muchas gracias, abue.
Caminé junto a mi abuelo hacia las gradas laterales del campo sintético. Los niños detuvieron el balón un segundo para saludarnos y yo les levanté la mano.
—¡Biel! ¿Vas a jugar? —gritó uno de ellos.
—¡Claro! Terminen ese partidito y armamos equipos para entrar mi abuelo y yo en el siguiente. ¿Les parece bien?
—¡Hecho! —respondieron a coro antes de reanudar el juego.
Nos sentamos en la primera fila de la grada bajo la sombra. Tras unos segundos contemplando los pases, rompí el silencio:
—Oye, abuelo... ¿Cómo fue tu juventud en estos rumbos? ¿Llegaron a aparecer muchas pretendientes cuando tenías mi edad?
Mi abuelo soltó una risa pausada, cargada de experiencia:
—Jo, jo, jo... No me digas que ya apareció cierta muchacha que te anda rondando los pensamientos.
«Viejo sabio... No se le escapa absolutamente nada».
—Bueno... Sí, abuelo. Se llama Acalia. Es muy bonita, inteligente y dedicada a los estudios. Apenas nos conocimos esta mañana y terminamos pasando varias horas juntos. Me puse algo nervioso y por un segundo creí que se me iba a declarar, pero luego se echó a reír; prácticamente terminé en la friendzone en mi primer día de clases.
Mi abuelo negó despacio con la cabeza, mirando el vaivén del balón:
—Yo no estaría tan seguro de eso, muchacho. Me da la impresión de que le causaste una muy buena impresión desde el primer momento. ¿No hubo algún comentario o detalle particular antes de despedirse?
«En ese instante recordé el susurro en el pasillo: "Aún no, tontito"...»
—Ahora que lo mencionas... Juraría haber escuchado que murmuró algo como: "Aún no, tontito". Cuando me volteé a preguntarle, fingió que no había dicho nada y cambió de tema.
Mi abuelo sonrió con picardía:
—¿Te das cuenta? Esa suele ser una señal bastante clara de que hay interés mutuo. Pero escucha bien: ve despacio. En los asuntos del corazón no se debe correr ni forzar situaciones que apenas están naciendo. Estás en una edad donde los sentimientos surgen rápido, pero jamás permitas que la emoción nuble tu juicio. A veces una ilusión precipitada o un afecto no correspondido desvía a los jóvenes de sus metas y los frena en seco. No te ciegues por una mirada bonita; analiza las cosas con serenidad. Ese es mi mejor consejo para ti.