La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 9: Hermoso ternero

Reanudé el partido tocando en corto hacia mi compañero por la banda izquierda; él descargó de primera intención hacia el pivote y este me devolvió la pared al centro del campo. Al notar que mi abuelo achicaba el espacio con pasos firmes, preferí no arriesgar y apoyé hacia atrás con nuestro portero.

El arquero abrió de inmediato hacia el lateral derecho, quien encaró sin dudarlo pegado a la línea: metió un enganche corto, amagó con mandar el centro al área y, al verme llegar lanzado a toda velocidad desde atrás, me sirvió un pase raso perfecto a la frontal. No lo pensé dos veces y saqué un derechazo potente; sin embargo, el balón se estrelló con un sonido seco contra el poste izquierdo y rebotó hacia un rival.

El contraataque fue inmediato y demoledor. El niño rival despejó hacia el centro, donde mi abuelo volvió a controlar la pelota con una suavidad pasmosa: la durmió contra el césped, levantó la cabeza y, al ver que me había quedado descolgado en ataque, filtró un pase preciso para su compañero, quien remató a placer con el arco libre.

Dos a cero en el marcador en menos de diez minutos.

«Odio perder, pero mi rival es mi abuelo... Un tipo que fue profesional en la Serie C. Aunque no haya jugado en la Serie A ni en la selección nacional, el fútbol corre por sus venas y a sus setenta años sigue siendo una auténtica fiera en la cancha. A su lado solo soy un aficionado entusiasta».

Mi abuelo trotó con calma hacia mí y me dio una palmada en la espalda:

—Hijo, todavía te falta afinar tu lectura en el último tercio. Tienes destellos de ese don, no lo olvides. La jugada previa fue impecable, pero te apresuraste en el remate; la ansiedad te hizo impactar el balón muy por debajo. Golpea con el empeine total y verás la diferencia.

«Tiene toda la razón... Me llenó el orgullo de querer igualar su nivel técnico, perdí la frialdad en la definición y le pegué mal. Debo mantener la mente despejada y trazar una jugada digna de los grandes cerebros tácticos».

Pusimos el balón nuevamente en el círculo central y sacamos rápido hacia nuestro defensor. La pelota circuló hacia el arquero y este me la filtró con ventaja entre líneas. Al recibir con la suela, escaneé el terreno en un segundo: mi obstáculo más difícil era mi propio abuelo, quien ahora se había replegado como último hombre en la zaga central.

«¿Mi abuelo de defensa central? Eso no lo vi venir... Seguro está esperando que encare directo para robarme el balón».

Decidí usar su propia experiencia en su contra. Descargué hacia el extremo derecho, quien tiró una pared rápida con nuestro delantero en la medialuna. El extremo recuperó la posesión, amagó el regate hacia adentro y desbordó por la banda hasta alcanzar la línea de fondo.

«El plan está en marcha... Ahora es mi turno».

Piqué al espacio en diagonal y me planté justo delante de mi abuelo, haciendo una seña sutil con las manos para pedir el centro. Mi compañero envió el balón bombeado al primer palo; en lugar de buscar el remate, salté un segundo antes de tiempo para crear una pantalla visual en el aire. La finta funcionó: mi abuelo se quedó perplejo siguiendo mi salto, el balón nos superó a ambos por arriba y le cayó servido al delantero solitario que entraba por el segundo palo para empujarla al fondo de la red.

—¡Golazo! —gritaron mis compañeros festejando la jugada colectiva.

Mi abuelo me miró con una sonrisa socarrona y asintió con aprobación:

—¿Ves cómo cambia todo cuando utilizas tu visión panorámica? Ese es tu verdadero potencial como creador de juego. Pule esa lectura táctica y ganarás muchísimos partidos en el futuro.

«Gracias, abuelo. Eres un fuera de serie».

Seguimos jugando durante casi una hora bajo el sol de la tarde. Al final el marcador terminó con un contundente 5 a 1 a favor del equipo de mi abuelo. El viejo no perdonó haber caído en la trampa del gol y nos metió tres tantos seguidos con pura categoría profesional. Definitivamente, no le gusta perder a nada.

Al finalizar el partido, los niños se despidieron con alegría y corrieron de vuelta a sus casas, ubicadas dentro de los linderos de la propia propiedad. Mi abuelo siempre ha sido un hombre intachable y un gran jefe: les construyó viviendas dentro de la finca para que vivan cómodamente con sus familias, les entrega todos los equipos de protección y herramientas de trabajo, organiza asados a fin de cada mes y jamás olvida los bonos navideños. Para él, sus trabajadores no son simples empleados, sino una extensión de su propia familia; ellos, a cambio, lo respetan y lo aprecian como a un padre.

Entramos al galpón para cambiarnos y ponernos las botas de caucho.

—Ven conmigo, muchacho —me llamó mi abuelo con un brillo cómplice en los ojos—. Hay una sorpresa que quiero mostrarte.

Caminamos por el sendero lateral hasta la zona de los corrales. Al aproximarnos a una de las divisiones de madera, divisé a una vaca echada sobre paja limpia junto a su cría recién nacida.

—¡Qué lindo, un ternero! —exclamé acercándome a la cerca.

En ese momento apareció el encargado de las vacas, nos saludó con respeto a mi abuelo y a mí, y comentó apoyándose en la valla de madera:

—No es un ternero cualquiera.

—¿A qué te refieres? —pregunté intrigado.

Mi abuelo y el encargado intercambiaron una mirada de complicidad y sonrieron.

—Mírale con atención el pelaje —explicó el encargado—. Es un ejemplar legítimo de la raza Reggiana, una de las famosas vacas rojas.

Me quedé contemplando fijamente al pequeño animal. Su pelaje leonado, de un tono idéntico al del trigo maduro, brillaba bajo el sol de la llanura. Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Una vacca rossa? —pregunté, sin poder ocultar el asombro en mi voz—. ¿De las de verdad? Pensé que ya no quedaba ninguna por aquí, que solo existían en las historias del abuelo.

—Casi no quedan, muchacho —intervino mi abuelo con orgullo—. Estuvieron a punto de desaparecer cuando llegaron las vacas industriales en los años cincuenta. Pero este pequeño de aquí es pura resistencia.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 31.08.2026

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