Todos nos encontrábamos reunidos en el aula a la espera del profesor de Botánica. El ambiente era el típico de antes de clase: algunos revisaban sus teléfonos, otros conversaban en pequeños grupos y varios repasaban apuntes. Acalia, sentada a mi lado, navegaba concentrada en sus redes sociales, mientras yo simplemente observaba el panorama general, esperando que el docente hiciera su entrada.
En ese momento, Say y Bastian se acercaron a nuestros pupitres con miradas llenas de curiosidad.
—¿Desde cuándo empezaron a salir ustedes dos? —preguntó Bastian con tono pícaro—. Pareciera como si se conocieran de toda la vida. ¿Acaso vienen del mismo colegio?
«¡¿Qué?! ¿Cómo que “saliendo”? No me digan que estos dos fueron los que nos vieron marcharnos ayer...»
Acalia despegó la vista de la pantalla y respondió de inmediato:
—No estamos saliendo para nada. Ayer solo le pedí el favor de que me acercara a la ciudad porque el autobús salía muy tarde.
—Conque era eso... Ya entiendo —comentó Say asintiendo.
Bastian, sin embargo, no se dio por vencido:
—Pero hoy también llegaron juntos al campus.
Acalia se quedó callada y la vergüenza se le empezó a notar en el rostro, así que decidí intervenir antes de que el interrogatorio escalara:
—Lo que pasa es que fui a dejar a mi hermana menor a su colegio y, de camino hacia acá, me crucé con Acalia en el parque y le ofrecí un aventón. Eso fue todo. Ayer nos tocó hacer equipo, nos llevamos bastante bien y ahora la considero una buena amiga.
Al escuchar la palabra «amiga», las orejas de Acalia se tiñeron de un rojo encendido. Giró la cabeza hacia la pared derecha intentando disimular su sonrojo, aunque el gesto fue completamente inútil.
Bastian soltó una risita y se encogió de hombros:
—Ah, ya veo, je, je, je. Preguntaba porque ayer varios fuimos a las canchas sintéticas a pelotear un rato y queríamos invitarlos, pero cuando volví al salón ya se habían marchado. Salí al estacionamiento y alcancé a ver cómo se iban en tu coche.
«Conque este fue el informante que regó el rumor por todo el curso...»
—Hoy tenemos el evento en el Área 5 y dudo que se pueda jugar —continuó Bastian—, pero ¿qué te parece si mañana nos quedamos después de clases para echar un partido? Los buses tienen varios horarios de retorno a Faenza, así que da tiempo de sobra.
«La propuesta suena excelente para ir integrándome con el grupo... pero tendré que declinar; no puedo dejar a Charlotte botada».
—Me encantaría, de verdad —le respondí con pesar—, pero mañana no podré quedarme. Tengo que pasar recogiendo a Charlotte del colegio.
Bastian asintió con complicidad y soltó:
—Entiendo perfectamente, hermano... Tienes que ir por tu novia. Te comprendo.
«¡¿Espera... qué?! ¡¿Cómo que novia?!»
—¡Te estás equivocando por completo! —lo corregí de golpe—. Charlotte es mi hermana menor.
Bastian abrió los ojos con sorpresa y se puso completamente rojo de la pena:
—¡Perdóname, Biel! Qué torpeza la mía, interpreté todo al revés. Te pido una disculpa.
—Descuida, no pasa nada —le resté importancia—. Yo también debí aclarar desde el principio que se trataba de mi hermana para evitar confusiones.
—No tienes por qué disculparte, el error fue mío por andar insinuando tonterías.
Ambos regresaron a sus respectivos asientos. Apenas se alejaron, Acalia giró sobre su pupitre y me clavó la mirada:
—Oye... ¿por qué les dijiste eso de que somos tan amigos? Ahora la gente va a empezar a murmurar el doble y ya no podré pedirte que me lleves.
—Tranquila —le dije manteniendo la calma—. Precisamente por eso aclaré que te has vuelto una buena amiga; no tiene nada de malo darle una mano a una compañera de confianza para llevarla a Faenza.
«Qué idiota... ¿Por qué me puse tan formal? Ni siquiera sé si ella me considera un amigo todavía, pero al menos con eso evito que sigan sacando conclusiones absurdas».
Acalia entrecerró los ojos y curvó los labios con picardía:
—Entiendo tu punto... pero sonó bastante coqueto de tu parte. ¿Acaso te gusté desde el primer minuto en que me viste ayer?
«¡Oye, oye! Te estoy salvando de un malentendido monumental y me sales con semejante provocación...»
—No seas ridícula —respondí mirando hacia el frente—. Hay que darle tiempo al tiempo.
Acalia parpadeó, sorprendida por mi respuesta:
—¿Y eso qué significa? ¿Acaso me estás tirando una indirecta?
—Olvídalo, solo estaba pensando en voz alta.
Ella sonrió con satisfacción y apoyó la barbilla en su mano:
—Bueno, si tú lo dices... Pero que conste formalmente que ahora somos amigos oficiales.
En ese momento, dos golpes secos resonaron en la puerta de madera. Say se levantó de inmediato de su pupitre y giró la manija.
Al abrirse la puerta, entró un hombre de porte elegante y presencia impecable. Llevaba un atuendo formal clásico compuesto por una camisa de vestir color lila claro de manga larga, combinada con una corbata a rayas diagonales grises y blancas. El conjunto se completaba con un pantalón de vestir negro de corte recto sujeto por un cinturón de cuero oscuro con hebilla metálica, y zapatos formales pulcros.
El docente avanzó hacia el escritorio central, dejó su portafolio y nos dedicó una sonrisa cordial:
—Buenos días, queridos estudiantes.
—¡Buenos días, profesor! —respondimos al unísono.
—Bien. Me presento formalmente: seré su docente en la asignatura de Botánica General. Mi nombre es Liam Mazza, tengo 35 años, me gradué como biólogo hace nueve años y llevo cinco laborando en esta prestigiosa institución. Espero que podamos llevarnos de la mejor manera a lo largo del semestre. Poco a poco nos iremos conociendo en las prácticas de campo, así que mucho ánimo, chicos; esta es una nueva etapa formativa en sus vidas. ¡A darlo todo!
«Se ve que es bastante buena onda y accesible... Ojalá me vaya excelente en su materia. Por cierto, dijo que se llamaba Liam; qué curioso, en nuestra aula también tenemos a un compañero con ese mismo nombre. Son tocayos oficiales».