Quité el freno de mano, metí primera y saqué despacio el Panda 4x4 del estacionamiento del Área 1. Acalia se acomodó a mi lado en el asiento del copiloto revisando de reojo el retrovisor, mientras Sarah se asomaba con curiosidad entre ambos asientos.
—Bueno, señoritas, abrochen sus cinturones para el gran recorrido de un kilómetro y pico —bromeé mientras dejábamos atrás los pabellones de inducción donde estábamos amontonados todos los novatos del campus.
—Muy gracioso, don piloto —soltó Acalia con una sonrisita irónica—. Solo procura no atropellar a ningún compañero en el camino.
Dejamos el frente principal y nos incorporamos a la vía interna. Apenas cruzamos el límite del Área 1, entramos en el Área 7, correspondiente a los módulos avanzados de séptimo semestre. A nuestra izquierda se extendían las parcelas del Área 8, y más al fondo, en el extremo noroeste, destacaban las imponentes naves industriales del Área 10.
—Miren hacia allá arriba —señalé con la mano hacia los galpones del fondo—. Allá en el Área 10 están los de décimo semestre con los proyectos de grado y la maquinaria pesada... Algún día llegaremos a esa cima.
—Si es que no te reprueban en Química antes, claro está —contraatacó Acalia con picardía.
—Ja, ja. Qué fe me tienes —bufé con una media sonrisa—. Aunque mi verdadero problema no es el décimo semestre, sino que las tres del colegio están atrapadas en nuestra misma Área 1 por ser novatas... No tendré escapatoria en todo el año.
—El drama de tu vida en su máxima expresión —añadió Sarah riendo desde atrás.
Avanzamos un poco más y el camino nos introdujo al Área 9 (el territorio de noveno semestre), donde el paisaje se transformaba por completo en un corredor ecológico y fluvial. Cruzamos el pequeño puente sobre el canal hídrico bajo la sombra fresca de sauces y álamos. Hacia la derecha, cruzando el asfalto de Via Ercolana, se distinguían los invernaderos del Área 3 y las parcelas del Área 2, recordándome las prácticas que tendríamos en los semestres que se avecinan.
—Es genial cómo está pensado el campus —comentó Sarah, mirando por la ventana—. Literalmente vas avanzando por la finca a medida que avanzas en la carrera.
Doblamos hacia la izquierda por la vía lateral y finalmente enfilamos hacia la entrada del Área 5. Apenas nos había tomado cuatro minutos y medio cruzar media carrera universitaria en cuatro ruedas. Frente a nosotros se alzaba el complejo del auditorio central, administrado por la generación de quinto semestre que organizaba la integración general. Los primeros autobuses institucionales ya estaban estacionados en la explanada.
Apagué el motor bajo la sombra de unos árboles.
«Llegamos al Área 5... el comienzo de mi fin».
A través del parabrisas del Panda observé el movimiento incesante en la explanada: varios grupos de semestres superiores iban de un lado a otro cargando vallas, montando carpas plegables y acomodando stands temáticos. A los costados del auditorio principal destacaban carteleras informativas y paneles técnicos de todas las carreras agropecuarias de la facultad. Todo indicaba que la jornada no se limitaría a una simple charla magistral, sino a una auténtica feria de bienvenida universitaria.
«No veo a ninguna de las tres por ningún rincón... ¿Dónde demonios se habrán metido?»
Acalia notó mi cuello estirado y la forma en que escaneaba desesperadamente cada rincón:
—¿Estás buscando a alguien en específico?
—Sí... —respondí en un murmullo sin despegar la vista de las carpas—. Estoy revisando que no estén esas tres merodeando por aquí. Si me ven llegar con ustedes, me van a descuartizar vivo.
Acalia arqueó una ceja, claramente intrigada:
—¿Y por qué te matarían si no somos nada del otro mundo? Apenas somos compañeros de clase. Además, ¿quiénes son exactamente esas tres? ¿Son las mismas que mencionó el profesor Joel en clases?
—Sí, ellas mismas: Yumi Camila Amato, la hija del profesor Joel; Aine Vitali; y Keshia Dietrich. Esas tres han sido mi dolor de cabeza constante durante los últimos tres años de secundaria.
Sarah asomó la cabeza entre nuestros asientos, pensativa:
—Dietrich... ese apellido me suena de origen alemán. ¿Tu amiga es extranjera?
—Así es, sus padres son de Alemania, aunque ella ha vivido toda su vida aquí en Italia. Y déjame advertirte que, de las tres, es por lejos la más impredecible y peligrosa: actúa por puro impulso y se lanza sin pensarlo dos veces.
«Lo sé por amarga experiencia propia... En la secundaria fue ella quien me robó un beso de la nada. Estaba totalmente desprevenido en el pasillo, apareció por la espalda y me estampó los labios sin darme tiempo a reaccionar».
El sudor frío amenazaba con volver. Tenía que trazar un plan de escape de inmediato: bajarme a ciegas era un suicidio táctico; primero necesitaba localizarlas en el mapa para ubicar un punto ciego y moverme sin ser interceptado.
Giré hacia mis dos acompañantes con expresión de urgencia:
—Chicas, necesito pedirles un favor enorme de reconocimiento de terreno. Quiero que bajen primero y visualicen el área general para ver si distinguen a tres chicas en particular: una de cabello plateado, otra de cabello castaño rojizo, y la tercera de cabello castaño oscuro con puntas anaranjadas y un corte bob que le llega a la nuca.
Acalia sonrió de medio lado, divertida por mi paranoia:
—Por mí no hay problema. Viendo tu cara de pánico total, está claro que de verdad son tus némesis juradas.
Sarah analizó la multitud a través de la ventanilla y comentó:
—A la del cabello plateado y a la de puntas anaranjadas podemos ubicarlas fácil por lo llamativas, pero con la de cabello castaño rojizo será más complicado; veo a decenas de chicas con ese mismo tono por aquí. ¿Tienes algún otro rasgo distintivo?
«Tiene toda la razón... A diferencia de Aine y Yumi, Keshia pasa más desapercibida entre el gentío a simple vista».