—No se lo voy a poner fácil, Tadeo. Él cree que me iré con las manos vacías y el corazón roto para dejarle el camino libre con Alexa. Pero si quiere su libertad para estar con ella, va a tener que pagarla.
Tadeo la miró con admiración; no le gustaba la Elena sumisa que era cuando estaba casada.
—Necesito que empecemos a trabajar hoy mismo —sentenció ella.
—Es hora de que el mundo deje de verte como la sombra de Alexa y empiece a verte como la heredera del imperio de tu padre.
Cuando Tadeo se fue, ya eran las cinco de la madrugada. Elena se acostó sobre la cama fría de la habitación del hotel. Aunque Tadeo le ofreció ir a su casa, ella no aceptó; quería sentir su libertad. Cuando se casó con Leonardo, vivía con su madre, y ahora tenía la oportunidad de estar sola. Tadeo le buscaría una casa y, en cuanto amaneciera, iría a comprarse ropa nueva. Si iba a empezar una nueva vida, sería sola y con todo nuevo; no quería nada de su pasado, o al menos nada que le recordara a Leonardo.
A las 7:00 AM, estaba leyendo el periódico en el restaurante del hotel. Sobre la mesa tenía la carpeta con el testamento de su padre y los registros de los fideicomisos que Leonardo no podía tocar. Tadeo le había advertido que, si iban por las acciones de Leonardo, no solo lo golpearían en el bolsillo, sino que ella tendría que sentarse cada mes en la junta de socios. También le advirtió que, una vez empezado el proceso, no habría marcha atrás.
Elena le dio un sorbo a su café y apretó los puños al recordar la humillación de la noche anterior. No, no se iba a echar para atrás.
Salió del hotel y entró a la primera tienda que encontró abierta. Para su sorpresa, ya había un par de mujeres comprando. Se dirigió a la sección de vestidos; eran tan hermosos que quería probárselos todos.
—¿Has visto las fotografías? Alexa Fernández está aquí. Anoche estaba en un antro y, al parecer, ya tiene novio —le dijo una chica que miraba lencería a la chica que estaba a su lado.
—Sí, las vi, no podía creerlo. El novio es el más codiciado de la ciudad: Leonardo Gonzaga. Ese hombre es el más guapo y tiene un cuerpazo.
A Elena se le revolvió el estómago al escuchar aquello. Apenas anoche Leonardo le había pedido el divorcio y no había tardado nada en exhibirse con ella.
—Buen día, señorita. ¿Le puedo mostrar algo en especial? —preguntó una empleada de la tienda.
—Deme todos estos vestidos en talla chica, por favor.
La chica creyó escuchar mal. —¿Todos los vestidos?
—Sí, todos. Todos me gustan, así que me los llevo.
Elena era multimillonaria. Con la herencia que le dejó su padre podía vivir sin trabajar ni una sola vez. Desde que se casó, no había tocado el dinero de su herencia porque Leonardo cubría sus pocos gastos. Elena se la pasaba cumpliendo como esposa y pocas veces se preocupaba por sí misma; intentó recordar la última vez que se compró ropa y no pudo hacerlo.
Media hora después, salió con bolsas llenas. No solo llevaba vestidos, sino también ropa para ir a trabajar. Se propuso ser una nueva persona: una que ya no se dejara humillar ni por Leonardo ni por nadie.
Mientras tanto, Leonardo estaba radiante. Había pasado la mañana enviándole flores a Alexa y ya la había instalado en su casa. Hubiera querido quedarse con ella, pero el trabajo solicitaba su presencia.
El sonido de la puerta abriéndose de golpe lo sacó de sus pensamientos. Su asistente entró para informarle que tenía una visita sin cita previa.
—¿Quién es?
—El abogado Valencia.
—Hazlo pasar —ordenó Leonardo. Sabía que era el abogado del padre de Elena
—. ¿Valencia? ¿Qué haces aquí? Mi abogado ya debería haberte contactado para el divorcio de Elena —dijo con arrogancia, recostándose en su silla.
Tadeo no se sentó. Arrojó un documento sobre el escritorio de caoba.
—Vengo en representación de la señorita Elena Ponce Fernández —dijo Tadeo con calma—. Ella ha recibido tu propuesta de divorcio y la rechaza de forma categórica.
Leonardo soltó una carcajada burlona. —¿Ah, sí? ¿Y qué quiere? ¿Más dinero de pensión? ¿La casa? Se la doy con tal de que se largue.
—No quiere la casa, no la necesita, Leonardo —Tadeo se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio—. Ella firmará el divorcio hoy mismo con una sola condición: el traspaso inmediato del 15% de tus acciones en la empresa.
La risa de Leonardo se congeló. Su rostro pasó de la burla a una rojez violenta. Se puso en pie, golpeando la mesa.
—¡¿Está loca?! ¡Esa mujer no sabe ni leer un balance general! ¡Esas acciones son mías! ¡Ella no es nadie, es una mantenida!
—Esa "mantenida" es la hija de Héctor Ponce, ¿se te olvida? —le recordó Tadeo con desprecio—. El hombre que te dio tu primer préstamo. Y si no firmas, Elena llevará este divorcio a juicio. Sacaremos a la luz que la mantuviste oculta, que le fuiste infiel emocionalmente con su prima y que la echaste a la calle a medianoche. La prensa amará la historia... y tus acciones caerán a la mitad antes de que Alexa pueda decir "París".
Leonardo sintió una náusea real. No era solo el dinero; era la idea de Elena teniendo poder sobre él. Por primera vez en su vida, sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No tenía el control, y le molestaba que Elena fuera la razón.
—Dile a Elena... —empezó Leonardo, con la voz temblando de rabia—, dile que no sabe con quién se está metiendo.
—Al contrario, Leonardo —respondió Tadeo mientras caminaba hacia la puerta—. Ella finalmente sabe exactamente con quién se casó y, por eso, ha decidido destruirte.